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Polémica

Libertad, liberalismo y democracia (y 3)

Libertad, liberalismo y democracia (y 3)

Bernat MUNIESA 

¿Puede hablarse de democracia en sociedades donde existen amos y esclavos? ¿En sociedades donde parte de la ciudadanía está excluida por razones de sexo o condición social? ¿Puede hablarse en la actualidad de democracia en sociedades donde unos pocos controlan los mecanismos que permiten influir poderosamente en la opinión pública?

La democracia sigue siendo una aspiración de la humanidad.

Hannah Arendt

 

El tema de la democracia en sí misma, como forma de gobierno, reviste complejidad. Cuando a la democracia se le colocan apellidos, entonces deja de ser la democracia para ser otra cosa, pero ya no es la democracia. El fascismo italiano y la variante franquista impuesta en el Estado Español tras la Guerra Civil (1936-1939) se definían en ocasiones como «democracia orgánica». No eran la democracia. A las naciones de Europa oriental que, tras la II Guerra Mundial (1939-1945), quedaron integradas por la URSS en el llamado bloque soviético, se las catalogaba de «democracias populares». Tampoco eran democracias. El sistema capitalista que se desplegó en Estados Unidos desde finales del siglo XVIII y en Europa occidental a lo largo del siglo XIX adoptó, por temor a la potencia del Movimiento Obrero, un sistema democrático al que sumó el apellido de liberal. Naturalmente, tampoco eran democracias ni lo son en la época actual dominada por el neoliberalismo, a pesar de la intoxicación de los poderes políticos y mediáticos. Esa confusión fue y es letal para la democracia.

Repasando la historia, sabemos que es necesario remontarse a la Grecia clásica (siglos -VI a -IV) para hallar los orígenes del concepto democracia: fusión de demos (pueblo) con cracia (aproximadamente, poder). Fue en Atenas donde se instaló ese sistema, mientras que la vecina Esparta era una aristocracia. Sin embargo, la democracia ateniense era una falacia, pues la mujer carecía de acceso a las decisiones que sólo tomaba una élite masculina. Además, una democracia donde había esclavos, los ilotas, no podía ser una democracia. Conclusión: la tan exaltada democracia ateniense es un mito: fue una democracia oligárquica al servicio de unas élites privilegiadas que se turnaban en el poder, la pancracia. En Roma, durante la etapa de la República, es decir, hasta el siglo 1, cuando Octavio el Augusto proclamó el Imperio, funcionó asimismo un remedo del sistema político ateniense, esto es, una democracia oligárquica dominada por la casta militar.

Luego, con la descomposición del Imperio Romano se abrió la larga etapa de la Edad Media fundada en las alianzas entre los linajes de la nobleza feudal y la teocracia instalada en Roma con el Papado, que dio lugar a la fundación del Sacro Imperio Romano Germánico. Dos dichos populares definen bien esa etapa: a) cuando Adán araba y Eva tejía, entonces no habían caballeros; b) el destino de los pobres es el mismo de las cabras, o vivir como cabrones o morir como cabritos. Sería necesario llegar al Renacimiento (siglos XIV-XV) para asistir a la reaparición del sistema democrático-oligárquico con las ciudades-estado mediterráneas, como la República de Venecia, o Génova, en las que funcionaba un Senado censitario al estilo greco-romano, dominado por los mercaderes. No fueron democracias.

Un corto paso: la Revolución Inglesa

En el siglo XVII la Inglaterra de Marlowe, Shakespeare, Hobbes, Locke, Milton, Newton... vivió un largo proceso revolucionario contra la monarquía absoluta, que representaba los intereses de la alta nobleza: el rex est lex, es decir, el Trono acumulaba los poderes moderador, ejecutivo, legislativo y judicial. Este sistema fue contestado violentamente por la emergente burguesía, muy poderosa económicamente pero sin capacidad de participar en las decisiones políticas y que, además, mantenía los dispendiosos gastos de la Corona con sus impuestos. El conflicto generó el largo proceso de la Revolución Inglesa, con permanentes enfrentamientos militares. Inicialmente entre el rey Carlos y la alta nobleza frente a la alianza de la baja nobleza con la burguesía dirigida por Oliver Cronwell, quien tras una de sus victorias capturó e hizo decapitar al monarca. Sin embargo, el episodio no fue el final del conflicto, sino que este cubrió todo el siglo XVII y, a medida que la confrontación se desplegaba, emergieron otras fuerzas sociales con sus propios proyectos: los levellers o niveladores, artesanos y pequeño burgueses, comandados por Lilburne, que exigían lo que más adelante sería la democracia liberal, y también los diggers de Winstanley, que propugnaban un comunismo agrarista. Finalmente, ante el peligro que representaban Levellers y Diggers, la alta nobleza y la gran burguesía pactaron un nuevo sistema político: la monarquía constitucional, que destruyó a sangre y fuego a sus adversarios. Fue, pues, la primera revolución burguesa: nobleza y gran burguesía monopolizaron el Parlamento: sólo hablaban ellos.

Un paso largo: el nacimiento de los EE UU y las revoluciones de Francia

En 1770, las Trece Colonias inglesas establecidas en el norte de América proclamaron su secesión de la matriz Inglaterra y fundaron lo que serían los Estados Unidos. La nueva nación surgió como una República con un sistema «democrático» que inicialmente excluía a la mujer y, desde luego, a los nativos de aquel continente: las comunidades indígenas, con las que los usurpadores blancos sostendrían cien años de guerras. Fue un genocidio que ha permanecido impune. Esa nueva República nació directamente burguesa, es decir, liberal, y preñada de la teología protestante, especialmente la calvinista: el éxito en la tierra supone el éxito en el cielo, y ese «éxito» acabó siendo identificado con la riqueza. También anticipó lo que muy pronto en Europa sería el darwinismo social: la famosa «lucha de todos contra todos», prevista por Thomas Hobbes, y el «derecho» a la posesión de la riqueza por parte de «los más aptos », los más poderosos y los más astutos. Es decir, los peores.

La Revolución Francesa, iniciada con la toma de la Bastilla en 1789, dio un nuevo giro a la situación histórica occidental. Todavía resuena el célebre discurso de Saint-Just en el juicio para destruir el absolutismo: «Ciudadanos y ciudadanas, estoy aquí –dijo– para demostrar que un rey (se trataba de Luis XVI) puede ser juzgado». Danton postuló una democracia liberal estrictamente al servicio de la gran burguesía; Robespierre, un sistema de rasgos socialdemócratas, es decir, un reformismo social sin salirse de los márgenes del capitalismo; y Marat, el poder para el pueblo, sin distinciones. Instigado por el astuto Talleyrand, un general, Napoleón Bonaparte, asumió todos los poderes y se proclamó emperador de un nuevo imperio que conservó la ideología liberal (el capitalismo), pero, naturalmente, desterró la democracia. Las tensiones no cesaron y fue el desarrollo del Movimiento Obrero el factor que motivó el resurgir de la cuestión de la democracia que, uno de sus líderes, Pierre-Joseph Proudhon, hacía 1870 llamaba democracia integral (mientras, Karl Marx propugnaba el «comunismo estatalista»): un sistema que aceptaba la pequeña propiedad y se fundaba en la autogestión y el apoyo mutuo, fundamento este último de la teoría anarquista. El movimiento revolucionario obrero que dio lugar a la Comuna de París (1874) se fundó en aquellas ideas y, una vez más, la gran burguesía recurrió al ejército para aplastar la «democracia integral». Tras la masacre de 30.0000 comunards (hoy puede contemplarse el monumento erigido en su memoria en 1 cementerio parisino de Pére Lachaise), el general Adolphe Thiers lo explicó con una claridad salvaje cuando compareció ante el Parlamento para justificar la masacre por él dirigida: «señores diputados, estoy aquí para defender la libertad, pero no cualquier libertad; estoy aquí para defender la libertad de la propiedad contra la calle [el Movimiento Obrero] y el trono [la reacción aristocrática]». Pocas veces la historia se ha manifestado con tanta evidencia: él era el portavoz de la gran burguesía.

Paisaje en el siglo XX

Concebida como un hombre un voto (la mujer fue inicialmente excluida), la democracia se impuso en parte de Europa occidental como sistema político propio del capitalismo y sobre esa base se generó la democracia partitocrática (véase el lúcido trabajo del sociólogo alemán de principios del siglo XX Robert Michels: Los partidos políticos). Sin embargo, el Movimiento Obrero y las urnas, ahora democratizadas, amenazaban los intereses del sistema y sus burguesías, primero en Italia hacia 1920, y luego en EE UU y el resto del viejo continente hacia 1929, cuando el big crack capitalista estalló en Occidente. En EE UU, la inteligencia del presidente F.D. Roosevelt y las recetas intervencionistas en la economía del profesor británico J.M. Keynes, es decir, la socialdemocracia, salvaron el sistema, pero, en cambio, parte de la gran burguesía europea descubrió una nueva forma política de proteger sus intereses: el liberalismo abrió las puertas del fascismo y del nacionalsocialismo. Italia y Alemania fueron el banco experimental, con consecuencias funestas para el planeta: en 1939 estalló la 11 Guerra Mundial entre las dos formas de capitalismo, con la intervención marginal, pero efectiva, de la URSS aliada a las potencias occidentales.

Tras la derrota nazi y fascista, desde 194sla «democracia liberal» se extendió en el sector occidental del Viejo Continente (excepto en España y Portugal, donde perduraron formas fascistas). La expansión hacia el resto de Europa debió esperar a 1989-1990: el colapso de la URSS y con ella del sistema «estatalista» fundado políticamente en el partido único, llamado «comunista». Con la instalación del capitalismo liberal en los antiguos espacios soviéticos, las personas sensibles tuvieron ocasión de poder comprobar cómo nace el capitalismo, pues allí surgió de forma muy parecida a cómo lo hizo en Europa occidental, o sea, bajo los auspicios de las mafias y oligarquías (de hecho, es lo mismo) dominantes.

¿Mundo feliz, pues? Pues sí: mundo feliz, pero en la perspectiva de Aldous Huxley. El capitalismo reina en la Tierra. y con él, la hegemonía del liberalismo como corruptor de la democracia, una vez más, pero ahora, en el siglo XXI, expandida incluso por la vía militar (Afganistán, Irak...), porque bajo la máscara democrática, convertida en mera apariencia, lo que en realidad se instala es el sistema político que interesa al sistema, ahora la variante democracia neoliberal, con la hegemonía del capital financiero, un fascismo blanco o fascismo posmoderno, cuyo fundamento básico es el control de los medios de información/comunicación, que convierten al ciudadano/a en un mero espectador (véase Guy Debord, La sociedad del espectáculo; también los escritos de Noam Chomsky sobre el tema). Fascismo posmoderno, repito, que, de momento, ni quema libros ni los proscribe ni tampoco condena a los heterodoxos: basta con silenciarlos a todos. Para ello, los poderes liberal-democráticos mantienen los criterios del siempre oculto y ocultado Informe Lippmann.

El Informe Lippmann

Explica Chomsky que la función que ejercen los medios de información en la política contemporánea obliga a preguntarnos acerca de en qué mundo y en cuál tipo de sociedad queremos vivir los ciudadanos. Existen dos respuestas:

  1. aquel en el que la sociedad civil tiene a su alcance los recursos para participar significativamente en la gestión de los asuntos públicos, en un contexto con medios de información/comunicación libres e imparciales;
  2. aquel en que el Poder considera que la sociedad civil no debe interferir en su gestión, salvo en el acto de votar cada x años a sus «delegados».

Como ayer, hoy el Poder sigue actuando según las líneas maestras del célebre (y siempre ocultado) Informe Lippmann que, en 1968, el presidente de EE UU Lyndon B. Johnson encargó al afamado periodista Walter Lippmann, de origen judío-alemán. En ese informe, un equipo de sociólogos dirigidos por Lippmann introdujo el concepto del «arte de la democracia para fabricar consensos entre las élites del poder, modernas técnicas de propaganda para conseguir –dice el Informe– la aceptación ciudadana de incluso cuestiones que le son lesivas, pero que, previamente manipuladas, le son presentadas como necesarias y favorables». El punto de partida –sigue– es considerar que en la sociedad hay dos niveles: primero, el de los hombres de la «élite sabia» (textual), la cual analiza, toma decisiones, las ejecuta, las controla y dirige, tanto en el ámbito político como en el económico; segundo, el «rebaño descarriado» (textual en el Informe), es decir, la población civil, frente a la cual «la élite debe proteger los intereses de la nación» .

Con evidentes raíces en el pensamiento y la práctica de Goebbels, jefe de propaganda en la Alemania nazi, el Informe Lippmann considera que a la sociedad civil se le debe «ofrecer algo»: la fabricación de consensos, fundados en opiniones previamente inculcadas por la masiva acción de los mass media. De ese modo, hacia el «rebaño» los medios deben potenciar el emocionalismo y el sentimentalismo, para combatir la funesta manía de pensar. Como afirma el sociólogo S. Lippset (estadounidense, desde luego) a la mayoría de ciudadanos se les debe tener sentados ante el televisor durante el mayor tiempo posible, para que puedan digerir sumisamente los mensajes que se les envían bajo apariencias y estéticas diversas, siempre buscando su pasividad.

En esa línea, la «élite sabia» debe cooptar a los intelectuales: se les compra si conviene. y a quienes no se venden, se les silencia. Al sistema le interesan sólo aquellos intelectuales que son ingenieros del consenso, o sea, «que sepan justificar incluso lo injustificable, como ocurrió con las intervenciones militares en Vietnam, Laos, Camboya...» (textual). Y aquí, añado yo: Líbano, la isla de Granada, Panamá, Afganistán, Irak...

Estimado compañero lector: este tipo de sistema –repito– es el fascismo posmoderno, operativo bajo la apariencia democrática y del cual hallaríamos variantes típicas en cada país. Suma y sigue, pues.

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Libertad, liberalismo y democracia (2)

Libertad, liberalismo y democracia (2)

Bernat MUNIESA

La implantación del sistema capitalista tuvo tres consecuencias fundamentales: la supeditación de la ciencia en beneficio del desarrollo y de la incipiente industrialización; la comercialización de la tierra y la conversión del ser humano en fuerza de trabajo. Ciencia, tierra y humanidad quedaron así reducidos a la categoría de mercancía y sometidos a las leyes del libre mercado.

Ciertamente, el liberalismo

contribuyó a romper las cadenas

del feudalismo.

Pero inmediatamente forjó

otras nuevas.

Harold Laski

El geólogo y oceanógrafo español Ödón de Buen afirmó a finales del siglo XIX lo siguiente en relación al liberalismo: «los liberales ofrecen libertad, pero no cualquier libertad; libertad con beneficio para uno o unos cuantos, yeso no es la libertad, es la libertad del burgués».

Comencemos por decir que la palabra liberal es equívoca. Es normal escuchar de muchas personas aquello de «yo soy liberal» en relación con sus actitudes en la vida cotidiana, en las formas de vida, fundadas en la distensión y la tolerancia. No es el caso del concepto «liberal» que supone ser partidario del liberalismo, la ideología del sistema capitalista: esos «liberales», como señalaba Ödón de Buen, sólo lo son en relación con la «libertad» de explotar el trabajo de los demás, de depredar la Naturaleza y de corromper la democracia como forma política, que tuvieron que aceptar muy a pesar suyo en la segunda mitad del siglo XIX.

Las obsesiones liberales

En el cambio de siglos del XVIII al XIX en Gran Bretaña, como ha señalado Karl Polanyi, había una gran acumulación de capital producto del lucrativo y depredador primer colonialismo. Ese factor se conjugó con el proceso de desvinculación o desfeudalización de las masas campesinas respecto de la tierra: una fuerza de trabajo disponible. También había otros factores: por ejemplo, la pasión de las nuevas élites (la gran burguesía) por la utilidad, entendida como «negocio» o «beneficio». Arrancó, pues, una nueva práctica económica que los utilitaristas decían que se fundaba en el mercado libre y autorregulado. Sobre esa práctica económica, o sea, el capitalismo, se desplegó una ideología, el liberalismo, y de ambas se configuró una supuesta «ciencia» llamada Economía Política, de la cual el premio Nobel de Economía de 2003, Joseph Stiglitz, afirmó: «la llamada Economía Política no es otra cosa que pura ideología de las élites depredadoras».

En el transcurso del despliegue del nuevo Sistema, el Capitalismo, tres fueron las obsesiones primordiales: rentabilizar la ciencia, concretamente la Física de los Galileo y Newton, y los nuevos descubrimientos que daban lugar a la Química (Lavoisier, Dalton); comercializar la tierra, y comercializar al ser humano. Fueron tres procesos simultáneos.

A las Ciencias Naturales los liberales comenzaron a despojarlas de su verdadero objetivo: desvelar las leyes de la Naturaleza para poner ésta al servicio del colectivo humano. La suplantación dio lugar a la llamada Ciencia Aplicada, es decir, la Tecnología, y la ciencia comenzó a convertirse en Tecno-ciencia, uno de los fundamentos de la industrialización. ¿En beneficio de quién? En beneficio de la empresa privada, capitalista y liberal. Convertida en Tecnología, las Ciencias Naturales se convertirían –y así sigue– en un instrumento al servicio del lucro privado que a la larga han generado las grandes corporaciones multinacionales que hoy gobiernan el mundo junto a los capitales financieros. Resumiendo: el capitalismo liberal hizo que las Ciencias Naturales se convirtieran en una propiedad más de los intereses de la burguesía.

En los orígenes del capitalismo liberal por Naturaleza se entendía la tierra, ligada a la producción agrícola, a la explotación minera, el subsuelo, y a la construcción, es decir, el suelo. (Hoya ese conjunto se le suman el aire, el clima y el agua.) Durante el feudalismo el concepto de riqueza se identificaba con la posesión de la tierra, pero con el capitalismo liberal surgía otra fuente de enriquecimiento y poder: la industria. Todo, tierra e industria, debía de estar al servicio del mercado autorregulado y libre, tras el cual se ocultaba la mano invisible anunciada por Adam Smith en La riqueza de las Naciones, es decir, la mano del capitalista y propietario de los medios productivos, esto es: la mano del ladrón (Proudhon dixit). Sin embargo, la tierra no era -y no es- un bien físicamente transportable: está donde está. Los valores burgueses, lucro y privacidad, se apropiaron de la tierra para: comercializar su producción agrícola, comercializar la producción del subsuelo, o sea la minería, y para comercializarla entendida como espacio edificable, es decir, como suelo (hoy su explotación bajo el neoliberalismo alcanza las máximas cotas de especulación y corrupción). Para Jeremy Bentham, ideólogo del liberalismo: la prosperidad de la tierra tiene una condición: eliminar la heredad, los diezmos y sobre todo las tierras comunales; hemos de promulgar la libertad para manejar la tierra, base de la verdadera libertad. O sea, la libertad entendida mercantilmente.

La aplicación de esa «libertad» a la tierra acabaría generando, dentro del propio capitalismo, una oposición: el proteccionismo, otro tipo de visión burguesa.

La otra, y fundamental, obsesión fue comercializar al ser humano, arrojarlo al mercado «autorregulado y libre» para ser tratado como mercancía y como tal explotado.

La separación del trabajo de otras actividades, su conversión en mercancía y su sometimiento a las leyes de aquel mercado que ni era autorregulado ni libre supuso el aniquilamiento de formas orgánicas de existencia, el grupo familiar, las instancias comunales, parroquiales y vecinales, y su sustitución por el individualismo, la atomización y la disgregación: la soledad en la jungla capitalista. Las ciudades británicas (y muy pronto las de Francia, ambas primeras sedes del nuevo Sistema) se poblaron de centenares de miles de personas desvalidas, enfermas y/o explotadas salvajemente en aquel mercado libre y autorregulado. En 1818, el poeta y aristócrata romántico lord Byron, diputado por linaje en el Parlamento censitario británico, se levantó y denunció que «el espectáculo que estáis propiciando en las calles de Manchester, Liverpool y Londres es indignante, intolerable y vergonzoso». Las respuestas de los diputados burgueses fueron burlas y risotadas. Años después, en la Asamblea Nacional francesa, en 1850, se repitió la escena, con Victor Hugo: «Tomaos la molestia, señores diputados, de disponer de unas horas, venid conmigo, y os haremos ver con vuestros propios ojos y tocar con vuestras propias manos las llagas, las llagas sangrantes de la miseria que produce el sistema económico del que sois vosotros los responsables».

Eso fue lo que el capitalismo/liberalismo ofrecieron como brutales «novedades» al hombre y la mujer blancos, es decir, los europeos.

¿Qué ofreció el Sistema a los hombres y mujeres cobrizos, negros o amarillos? El colonialismo británico (y el francés), al llegar a las aldeas asiáticas y africanas, lo primero que hizo fue introducir el flagelo del hambre que aquellos pueblos desconocían, salvo por causa de cataclismos naturales. Por ejemplo, talaban los «árboles del pan» y sembraban sal en los cultivos con el fin de crear escasez artificial. También, a los nativos les imponían un tributo sobre la vivienda que ocupaban por tradición de generaciones (chozas, chabolas): para pagarlo les ofrecían un trabajo en las minas a cambio de un parvo salario. Todo con el respaldo militar con que los colonialistas imponían el mercado libre y autorregulado. Creando escasez y dificultades obligaban a los nativos a «ofrecer» su trabajo en condiciones de explotación sin límites. Se trató de introducir el individualismo en las tribus africanas, las aldeas indias y las comunidades oceánicas para romper las cohesiones sociales.

El dogma liberal y sus falacias

El primer precepto del dogma liberal era (y es) que el mercado es la sede de la libertad por excelencia (Adam Smith, Jeremy Bentham dixit). Que en él concurren hombres libres, los empresarios, para intercambiar sus mercancías. En el mercado hay una dialéctica interna entre oferta y demanda. Si vendedor y comprador no encuentran en el mercado el precio al que aspiran, nadie, en efecto, les obliga a comprar y/o vender, y pueden esperar una mejor coyuntura. Por tanto, todas las mercancías y sus poseedores acuden al mercado en estado de libertad. He ahí el porqué del mercado que se autorregula y es libre.

Mas, ese mercado no es libre para todas las mercancías. Fueron ellos –y son hoy–, los liberales, quienes incluyeron la fuerza de trabajo, o capacidad de trabajar, como una mercancía más, la cual, afirmaban –y cínicamente afirman– sigue la ley de la libertad en el mercado: es vendida a cambio de un salario. ¿Quién es el «propietario» de esa mercancía? El trabajador. Y ocurre que el trabajador si no puede vender esa su mercancía no le sirve para nada y es, además, altamente perecedera, pues si no es «vendida» a cambio de un salario, su propietario no puede alimentarse ni cobijarse ni vestirse: la capacidad de trabajar se deteriora. Consecuencia, el trabajador acude al mercado forzado para venderse, debe vender su trabajo forzosamente.

No acude, pues, el trabajador en estado de libertad: acude en estado de necesidad. No es libre. Y el comprador de la mercancía «trabajo», el empresario, especula con aquella «necesidad», estando, pues, el trabajador obligado a aceptar el salario que le ofrecen.

El mercado, pues, no es la sede de la libertad

Tampoco es autorregulado. Dejado a su libertad total, en el mercado se produce un combate feroz entre las propias empresas, las cuales ambicionan lo que llamaban y llaman –los liberales– la máxima cuota de mercado. Todo es válido en esa guerra económica: las empresas más fuertes destruyen a las más débiles o las absorben. Es la tendencia al monopolio: tal es la autorregulación, desastre que a lo largo de la historia ha obligado a los Estados/Gobiernos a intervenir precisamente para regular el mercado que dejado a su albur enloquecía. (En el próximo artículo abordaremos la cuestión del intervencionismo estatal.)

Otra tesis del dogma liberal ha sido –y es– el del individualismo. Decía el filósofo y pater magíster Jeremy Bentham: «Si cada uno se ocupa de sus propios negocios, el resultado será la felicidad universal» (eslogan que recuperó en los años setenta la señora Margaret Thatcher). Otra falacia, pues es dudoso que del egoísmo pueda derivar la felicidad: de esa suma de egoísmos ha derivado la explotación del trabajo humano, el afán de lucro sin límites del empresariado y los ejecutivos que se autoasignan salarios astronómicos, y la depredación de la Naturaleza: los tiempos actuales de la llamada Globalización neoliberal son excepcionalmente válidos para entender la filosofía del liberalismo; por la ideología sigue siendo la misma. Bentham también solía decir que a veces es más importante un policía que un diputado: natural, se refería a los momentos en que los explotados decían ¡basta! Curioso sentido de la libertad el de esos liberales. ¿Qué libertad?

Las «conjuras» antiliberales

Para frenar os desmanes que generaba el capitalismo liberal, ya en la primera mitad del siglo XIX surgieron oposiciones antiliberales muy diversas.

En primer lugar, la burguesía «proteccionista» de numerosos países del continente ligada al nacionalismo, que observaba la deriva librecambista como una crisis de la propia identidad, además de poner en riesgo el llamado mercado nacional, que debía ser protegido. Los proteccionistas eran capitalistas, burgueses, pero no liberales en el sentido total de la ideología.

En segundo lugar, el Movimiento Ludita, embrión de movimiento obrero que en los años de 1820 se orientó hacia la destrucción de la máquina, símbolo de la nueva explotación burguesa.

En tercer lugar, el movimiento oweniano (1830), fundado en la concepción social y económica de Robert Owen (un empresario del textil). Surgió en la propia Gran Bretaña como alternativa al liberalismo y sin renunciar ni a la máquina ni a la industrialización, las cuales puso al servicio del trabajador a través del cooperativismo. En las cooperativas owenianas la educación era gratuita, los trabajadores disponían de las Tiendas o Bazares alimentarios, la vivienda era también gratuita, y cuando en las épocas de crisis falta trabajo, los obreros eran mantenidos en la nómina. Junto a esto, el owenismo fundó los cinturones de defensa del trabajador, el sindicalismo, del que nacieron las Trade Unions. Décadas después, el anarcosindicalismo demostró haber aprendido mucho de aquel movimiento precursor.

En cuarto lugar, el movimiento cartista, desplegado también en los años de 1830 en la misma Gran Bretaña. Dos millones de personas enviaron una Carta al Parlamento censitario británico exigiendo el sufragio universal democrático (masculino; la lucha por el sufragio femenino vendría después). Aquel Parlamento, al que sólo tenían acceso el linaje y el dinero, ridiculizó la demanda y amenazó con la intervención militar.

Todos, todos, fueron catalogados por la élite liberal británica como miembros de una «conjura contra la libertad»: luditas, owenianos, cartistas, nacionalistas e incluso los burgueses proteccionistas. También eran «conjurados» los gobernantes burgueses que para paliar situaciones sociales explosivas se veían obligados a adoptar medidas de contención contra el liberalismo, como la promulgación, en años de 1830, de la Ley de Pobres, en Gran Bretaña. Debe saberse que en 1860 y 1861 respectivamente, los Gobiernos burgueses de Francia y Gran Bretaña decidieron la vacunación general de la población contra la viruela. Los liberales, en el Parlamento británico, clamaron que era un acto contra la libertad. Lo mismo ocurrió cuando pocos años antes aquellos Gobiernos, burgueses, realizaban inspecciones de las fábricas para mantener unos mínimos de higiene, obligando a los empresarios a limpiar las chimeneas fabriles. Y también cuando en 1860, definitivamente unas leyes prohibían el trabajo de niños menores de doce años en las fábricas. Y en 1877 el ultraliberal sociólogo Herbert Spencer afirmó en una editorial de su revista The Economist que todo aquello respondía a una conjura contra la libertad. Y el mismo Spencer fundó una efímera asociación para oponerse a un decreto gubernamental que creaba en Londres un Cuerpo Municipal de Bomberos: también iba contra la libertad.

Ciertamente que aquellos Gobiernos burgueses de Londres y París asumieron una serie de medidas cívicas para frenar y paliar el daño social que causaba el capitalismo liberal, pero también por temor al auge que ya en los años 1860 y 1870 cobraba el Movimiento Obrero europeo, en el que despegaban con fuerza sus variantes anticapitalistas, especialmente la variante apolítica anarcosindicalista, la heredera más directa del preámbulo que fue el owenismo, y también la variante política del socialismo marxista. (Temas del que nos ocuparemos en el artículo del número próximo.)

Libertad, liberalismo y democracia (I)

Libertad, liberalismo y democracia (I)

Bernat MUNIESA

La apropiación del concepto y significado de las palabras y su interpretación y manipulación en interés propio por parte de todo poder ha sido una constante a lo largo de la historia. Hoy en día, con la fuerza de los medios de comunicación y el control del Estado y el Capital de los medios del conocimiento en este afán manipulador, es más necesaria que nunca la denuncia de este engaño que afecta a toda la sociedad.

 

He aquí tres conceptos que son actualmente más utilizados que en cualquier otro tiempo. En ninguna otra época el nivel de publicidad en torno a ellos ha llegado a tal grado de expansión como ahora, desde finales del siglo XX y en el ingreso del actual siglo XXI. Cabe, por ello, suponer que esa difusión, un verdadero alud, seguirá en los próximos años. También debe decirse que nunca como en estos últimos veinticinco años tales conceptos han sido tan manipulados por los medios de comunicación e instrumentalizados demagógicamente por los poderes más evidentes, o sea los políticos, y los que están ocultos o semiocultos tras ellos, los verdaderos poderes, que hoy son los multinacionales industriales y los financieros. Véase un ejemplo: Tanto USA como la Unión Europea propagan la necesidad de Tratados de Libre Comercio. Les llaman libre.

¿Qué libertad es esa? La de los capitales financieros y las corporaciones multinacionales para mantener el expolio sobre multitud de países ya depredados. ¿Libertad?

¿Quién no se manifiesta partidario de la libertad? Más, ¿qué es la libertad? ¿Quién osa hoy oponerse al liberalismo, expresión ideológica del capitalismo moderno? Pero, ¿se sabe, en realidad qué es el liberalismo? ¿Quién es capaz de afirmarse como no demócrata? ¿Más, qué es la democracia? Todos estos interrogantes dibujan una realidad, la realidad actual, pero sabemos, como afirma Agustín García Calvo, que tras la realidad se oculta la verdad y muy especialmente cuando esa realidad se convierte en demagógica y, en consecuencia, se constituye en mera apariencia o simulacro.

La libertad

Fijémonos en el concepto de libertad. Se habla hoy de libertad de expresión y esa libertad está monopolizada por una creciente concentración de los medios de información en poderosas entidades anónimas que filtran y censuran según sus intereses y, por tanto, tal libertad no es la libertad. O de libertad de asociación, cuando observamos en verdad que esa libertad es condicionada por los poderes establecidos y, en consecuencia, ya no es libertad. O de libertad de comercio, que nunca existió, pues ya al nacer, en su versión contemporánea, Inglaterra, primera potencia industrial hasta muy avanzado el siglo XIX, fue rápidamente convertida en el comercio de las cañoneras: sus navíos repletos de las materias primas saqueadas a las colonias y de mercancías para ser impuestas en los mercados iban protegidos por buques de guerra. O de libertad económica, otra falacia que reduce la libertad a la libertad de quienes ya en los orígenes del capitalismo estaban en la condición dominante y hoy cultivan un progresivo monopolismo. O de la libertad de mercado que jamás ha funcionado (como demostró en su día Karl Polanyi) fuera de la demagogia, pues es una libertad interferida por los poderes a que nos acabamos de referir y, por consiguiente, no es la libertad. O de libertad individual, cuando el individuo está encuadrado y es concebido como una mercancía que o bien consume o bien es explotable, o las dos cosas a la vez, cuando no se le expulsa socialmente hablando y se le arroja a la marginación. O de la libertad de empleo, cuya traducción significa sencillamente despido libre y especulación sobre el estado de necesidad del trabajador que vende su mercancía: la capacidad de trabajar. O de libertad de los pueblos, o sea autodeterminación, libertad conculcada por centralismos intolerantes... Contra todas esas falacias combate la libertad y sobre ese combate Albert Camus escribió La sangre de la libertad.

Ciertamente, el tema de la libertad es complejo y al tratar de ella deben diferenciarse dos planos: la discusión sobre el concepto mismo y los combates de la historia real por alcanzarla.

En el primer plano, las teorías sobre la libertad parecían referirse inicialmente a la libertad de la voluntad concebida en un sentido metafísico, más allá de lo meramente humano. Según Agustín de Hipona, uno de los «padres de la Iglesia» (cristiana), el ser humano no es capaz por sí mismo de acciones positivas al hallarse condicionado por el pecado original. Por ello, para discernir en el buen sentido requería el concurso de la gracia divina, don solamente concedido a los elegidos, fuente ésta en la que bebieron los fundadores del protestantismo cristiano, Lutero y Calvino, para establecer sus teorías acerca de la predestinación, que es uno de los componentes ideológicos del liberalismo. A los no elegidos, sin embargo, la teología cristiana les proporcionaba el recurso a la fe, de la cual brota –decían– la fuerza para la acción. La doctrina de Tomás de Aquino, más abierta, admitía que en la vida cotidiana, o sea, la vida exterior, el ser humano puede actuar según sus propias decisiones, las cuales repercuten en su existencia privada (en lo político, lo económico, lo profesional... ), pero tales decisiones no pueden contribuir a la salvación de su alma si no son movidas por la fe. Quedaba así admitido un grado de libertad en la vida práctica: se recogía de ese modo una tesis remontada hasta el filósofo griego Aristóteles, según la cual el ser humano no carece de libertad para ejercer el bien, aunque su fuerza de voluntad exige el auxilio divino.

La filosofía ilustrada alemana relanzó el tema de la libertad y fue Immanuel Kant, en el siglo XVIII, quien con mayor fuerza incidió en el ambiente de la Ilustración burguesa, cuando la burguesía pugnaba por el poder contra la nobleza y se mostraba repleta de buenas intenciones. Sin romper con la tradición tomista ni con la calvinista (a predestinación), Kant sentó las bases de una esperanza: que el sentido de la libertad llegase a grabarse en la especie humana hasta coincidir con el de la justicia: he aquí, pues, un nuevo problema, una nueva relación entre dos conceptos que deberían ser indisociables, pero que no lo son: sin libertad no puede ni podrá haber justicia, y sin justicia la libertad se corrompe y deja de ser tal. La mancomunidad de ambas, consideró Kant, es el factor trascendental, el único que puede mejorar el mundo: esa era su gran esperanza. ¿Vana esperanza?, cabe preguntarse hoy, en una época en que tales palabras son profusamente empleadas y, al mismo tiempo, vaciadas de sus contenidos. De hecho, no tardaría mucho tiempo para que la burguesía abandonase esa tesis, manipulando el concepto de libertad y olvidando el de justicia social.

En los años cincuenta del siglo XX, dos personalidades intelectuales francesas, Albert Camus y Jean-Paul Sartre, mantuvieron a través de la revista Temps modernes una famosa polémica que reverdecía aquellas consideraciones. Camus, criticando el modelo social soviético, sostuvo que no hay justicia social sin libertad, y que, por tanto, la libertad es el requisito previo; Sartre, en cambio, postuló que la libertad se encuentra al final de la lucha por la justicia social. Sea como fuere, por encima de cualquier otra valoración, lo que parece indiscutible es que ambos conceptos, con sus traducciones en la vida real, son inseparables, lo cual nos permite afirmar que en el mundo actual, el mundo de la globalización neoliberal, la libertad que sus propagandistas exhiben, ajena a la justicia social, no es tal libertad, sino una falacia. Ya ocurrió en el siglo XIX y en el XX hasta la Gran Guerra, cuando los liberales identifican libertad con liberalismo, es decir, con libertad de mercado. Sin más, incluyendo el trabajo, la fuerza de trabajo, como una mercancía más

La sangre de la libertad

La historia de la humanidad es también la historia de la aspiración por la libertad, siempre ligada al combate por la justicia social. Durante siglos, en la Antigüedad, ser «libre» equivalía a no ser torturado, no ser asesinado y, en un sentido social, no ser esclavizado. En Occidente, la rebelión de los gladiadores, vinculada al nombre de Spartacus, contra Roma, fue una rebelión liberadora por antiesclavista, según se entrevé de las escuetas crónicas que nos han llegado a través de Plutarco (Vidas paralelas) y otros historiadores romanos, y ha permanecido como un hito primigenio en la lucha por la libertad. Poco después, aunque sin conexión con el spartaquismo, la compilación evangelista surgida de las prédicas de Jesús, el de Nazaret, especialmente en la versión de Mateo, nos muestra, entre otras cosas, la condena del esclavismo y unos contenidos ligados a la justicia social y contra la perversión de los mercaderes, que Jesús expulsó del templo a golpes de látigo. Contenidos, unos y otros, que a lo largo de la dilatada Edad Media estuvieron en el fundamento de las luchas campesinas que reivindicaban la abolición del feudalismo y de la servidumbre, y reclamaban la colectivización de la tierra, el bien económico primordial para la subsistencia en aquellos lejanos tiempos. Reivindicaciones a menudo escatológicas o ligadas a lo que desde el Papado se calificaba de «herejías»: el genocidio de los cátaros en la región del Languedoc, e incluso en zonas de la Provenza y Catalunya, en los siglos XIII-XIV, o las guerras campesinas en Alemania, en el siglo XVI (con la figura de Thomas Müntzer, el sacerdote que se convirtió en caudillo de los siervos y que llamaba a Lutero «ese cerdo principesco» ), constituyen dos de aquellos múltiples episodios mejor explicados por la historiografía. Combatir por la tierra era identificado con la libertad y constituía un acto de justicia social. En síntesis, lo que en Spartacus era el combate por la libertad, el primer gran paso, en el campesinado de la servidumbre feudal se identificaba con la justicia social, anunciando aquella síntesis a que nos referíamos más arriba.

Ya desde entonces el «querer ser libre», como decíamos, ya no significaba solamente no ser asesinado, torturado o vilipendiado por los poderes: «ser libre» comenzaba también a no ser marginado a la miseria y la mendicidad. Fue un lentísimo despertar hacia un concepto de libertad unido a lo social, despertar que comportaría la explosión de la Revolución Francesa en 1789, un punto de inflexión que trastocaría profundamente la historia europea, occidental y, en parte, universal. Conmoción correlacionada con el desarrollo del capitalismo, como práctica económica, con su ideología liberal, su tendenciosa «ciencia», la Economía Política, y la expansión de la industrialización, el comercio y una nueva fase del colonialismo. Si la Revolución Francesa encendió las llamas de la Liberté, Egalité y Fraternité, palabras que hablan por sí mismas, el capitalismo liberal alumbró una nueva clase social oprimida: el proletariado urbano. Y ya nada sería igual ante la gran transformación.

Nació entonces, con la Revolución Francesa, una primera versión de los Derechos del Hombre (que, como su nombre indica, excluían a la mujer) y comenzó un largo combate político por la democracia, concepto olvidado desde los tiempos griegos y rescatado por Jean Jacques Rousseau en la segunda mitad del siglo XVIII. En aquel contexto del siglo XIX las masas proletarias, las clases obreras, cuyo trabajo era el fundamento del capital y su reproducción, acabarían por expresarse en el Movimiento Obrero y en sus reivindicaciones: la libertad se convirtió en sinónimo del derecho al sufragio y la participación en la gestión social; de supresión del trabajo para los niños; del derecho a la protección contra las enfermedades y en la vejez; del derecho a un salario y un habitáculo digno... En una palabra, en sinónimo de los derechos sociales. En su pujanza, aquel Movimiento Obrero acabaría, en sus dos corrientes más importantes (el sindicalismo revolucionario y el socialismo político), identificando la libertad y la justicia social con la supresión del Sistema Capitalista, aunque a través de caminos diferentes y con alternativas muy diversas. Ese anticapitalismo del Movimiento Obrero abrió la etapa del moderno conflicto social, la lucha de clases, según Karl Marx, o la guerra social, según Pierre Joseph Proudhon, y fue en aquel contexto, en 1873, cuando Mijail Bakunin afirmó que la libertad de uno acaba donde comienza la del otro, pero saberlo exige inteligencia y sensibilidad: eliminaba así, además, los intentos de familiarizar el liberalismo con el movimiento libertario o anarcosindicalismo (confusión que debe deshacerse ¡de una vez por todas!), pues la libertad de los liberales operó y opera sobre el derecho de explotar al otro, mientras que la libertad de los libertarios lo hacía, y lo hace, a partir de la fraternidad, o sea a partir de la ayuda mutua. El mismo Bakunin afirmaba que de la libre asociación de las libertades individuales nacerá el mundo nuevo.

Es decir, en definitiva, la libertad es uno de aquellos conceptos que podríamos llamar en relación, pues sin tener presente que se define precisamente con relación la libertad permanecería como algo abstracto. Y ¿qué es lo que se relaciona con ella? Sencillamente el otro, o sea la libertad del otro. De aquí se desprendería un primer corolario: la libertad de uno no puede interferir a la del otro. Y también un segundo corolario: nadie puede ser libre en un contexto donde otras personas no pueden ser libres. La libertad es mancomunada o ya no es la libertad.

Finalmente, cabe añadir que identificada la libertad con la justicia –y ésta con aquélla–, el combate social por ambas acumuló páginas y páginas sangrientas a lo largo del siglo XIX, con episodios como la Comuna de París y los Mártires de Chicago, dos eslabones de una lucha que se inició en las calles de Manchester en 1824 y de Lyon en 1830 para atravesar la barrera del cambio de centuria y prolongarse, con diversas formas en el siglo XX y hasta hoy, ya en el siglo XXI, en el que se nos dice que todo es «nuevo», pero en el que observamos que también todo sigue siendo «viejo».

La libertad de nuestro tiempo

Los parámetros de la libertad han sufrido poderosas imposturas con la Sociedad de Consumo surgida desde los años cincuenta del pasado siglo XX en un sector de Occidente, o sea los USA, Europa occidental, Canadá y, en otro plano, Japón, y poco más. Por ejemplo, aquel individuo/a que posee la capacidad de recorrer durante largo tiempo una serie interminable de vitrinas exuberantes y repletas de productos y, desde luego, la capacidad de elegir entre ellos el que más desea para comprarlo es considerado «más libre» que aquel otro/a que carece de esas capacidades (o cuyo poder de adquisición es mermado), siendo naturalmente la última, la del poder adquisitivo (al que por algo se le llama poder), la fundamental. Aquel individuo/a que dispone del destino de los demás, lo cual ocurre las actuales relaciones sociales, políticas y económicas, sigue siendo más «libre» que los demás, pero ese concepto de libertad es el que impone un tipo determinado de sociedad y sus agentes, por ejemplo, los medios de comunicación. Esas posiciones de superioridad ¿son, en realidad, la libertad? No: se trata de privilegios y el privilegio se sustenta o es sustentado por el poder, y por tanto no es la libertad.

En los países llamados altamente desarrollados como los occidentales (otro tema discutible), allí donde se nos dice que «reina la mayor libertad», sabemos que esa «libertad» se reduce a la posibilidad de comprar y acumular; sociedades de consumo también caracterizadas por un afán desenfrenado de éxito y notoriedad, donde la soledad es el horizonte dominante en el marco de un gran bullicio que es mera apariencia. Ha nacido así una libertad condicional, prisionera del consumo y del éxito, pues, por una parte, la abundancia de bienes y servicios y, por otra, las condiciones que exige el éxito sin freno, estimulan la codicia que se autoalimenta.

La historia de la libertad enseña que el grado de la libertad no está únicamente determinado por las condiciones de libertad exterior de una sociedad, sino que también lo está por la acción de la libertad interior, es decir, por la valoración intimista de la persona que procura ejercer la libertad y hacer uso de ella. Para los millones de personas que en el mundo siguen muriendo a causa del hambre, o por enfermedades que serían curables, en África, América Latina y Asia, para esas personas, ¿qué es la libertad?

En Occidente, hoy, la falaz libertad material y política (a democracia liberal) de la que se alardea no comporta simultáneamente el desarrollo de la libertad interior de los individuos, lo que llamábamos antes la libertad subjetiva. La indiferencia de una mayoría de individuos hacia el esfuerzo por intentar adquirir la comprensión profunda de los fenómenos sociales, políticos y económicos que ocurren a su alrededor y que le condicionan, es decir, en otras palabras, la indolencia, como ha señalado Max Horkkheimer, no genera si no ignorancia: el resultado es que la sociedad, en base a la suma de esas ignorancias, se convierte en vulnerable para los peligros que le acechan. En este sentido cabe recordar que la educación es fundamental para el sostén de la democracia auténtica, la participativa: la historia del Movimiento Libertario está jalonada profundamente de esa vocación educativa, tal como demuestran las corrientes ateneístas que son uno de sus signos distintivos respecto a los socialismos llamados políticos, más o menos vinculados al marxismo.

Odón de Buen solía afirmar que la educación es el fundamento de la libertad y que de ella nace el respeto, cuando éste no es innato a un individuo. Ya aquel sabio (geólogo y oceanógrafo) saintsimoniano intuía que el liberalismo no sólo no era la libertad, sino que la corrompía permanentemente, pues, decía: libertad con beneficio sólo para uno, eso no es la libertad.

La reconstrucción de la CNT

La reconstrucción de la CNT

Entrevista a Luis EDO MARTÍN

En 2006, con motivo del treinta aniversario de la reconstrucción de la CNT, publicamos un dossier titulado "¿Qué fue de la CNT?" en el que procuramos hacer balance de los aciertos y errores cometidos en esas tres décadas y analizar las causas de los resultados finales.

Cuéntanos a grandes rasgos cómo fue el proceso que desembocó en la reconstrucción de la CNT.

El proceso de reconstrucción de la CNT a finales de 1975 y primeros meses de 1976 viene siendo analizado desde diversos puntos de partida. En algunos casos buscando argumentos que justifiquen las lamentables situaciones vividas por la Organización en los años sucesivos y que desembocaron en la escisión tras el V Congreso. Ha faltado, creo, un estudio en profundidad que sitúe esa reconstrucción en el más amplio proceso que vivió todo el Movimiento Libertario Español (MLE) en su conjunto, desde antes de finalizar la guerra y en los años posteriores hasta finales de la dictadura franquista

Es decir, creo que pasado el tiempo, se tiene la tentación de hacer proyecciones «ideales» de cómo se tendrían que haber hecho las cosas sin tener en cuenta la realidad, tanto interna como externa, sobre la que tuvimos que plantearnos esa reconstrucción.

Las enormes dificultades de la clandestinidad, junto con la brutal represión sufrida por el régimen fascista y los enfrentamientos internos, más los errores estratégicos cometidos, hicieron que en los inicios de 1976 ninguna de las organizaciones libertarias, que habían dado contenido al MLE tuviera una presencia operativa suficiente en la lucha social de aquellos años. Esa situación hizo que sobre el proceso de reconstrucción de la CNT, recayera aquel vacío formado por la discontinuidad y el corte generacional que produjeron los 40 años de dictadura, más la confusión ideológica, propia de aquellas circunstancias.

Los núcleos de militancia que aún seguían la lucha estaban desunidos, relacionados a través de varios Comités, cada uno con la pretensión de tener la autenticidad confederal, etc. Este fue uno de los aspectos más difíciles con el que se tuvo que contar y atender.

Así pues, la reconstrucción de la CNT se planteó desde lo que había, desde la realidad que la militancia de aquellos momentos la hacía posible, y con la convicción de que el propio proceso debería contribuir a superar esas divisiones internas y a integrar a las nuevas generaciones de trabajadoras y trabajadores, pero también a otros sectores de la sociedad como los estudiantes y otros que desarrollaban su militancia en los barrios, porque no había otras organizaciones libertarias que pudieran dar cauce a esos espacios de lucha ciudadana y todos teníamos la inquietud, y también las prisas, hay que decirlo, de sentirnos unidos en una organización libertaria.

Por lo tanto, se actuó sobre lo que había. y lo que había era, como ya he dicho, algunos Comités representativos de las diversas CNTs, desde los que se relacionaban los grupos de compañeros aún activos, con gran experiencia y valía personal, pero sin la suficiente presencia orgánica y de acción sindical, para que ninguno de esos Comités pudiera alzarse con el riesgo y la responsabilidad de plantear por sí solos la reconstrucción de la CNT. De otra parte estábamos las pequeñas organizaciones, algunas con manifiesta voluntad de pertenencia anarcosindicalista y de trabajo de reconstrucción sindical, como era el caso de la Federación de Grupos de Solidaridad y otras que ya mencionaré, mayoritariamente de gente joven, que se habían ido formando desde mediados de los años sesenta, o antes en algunos casos, y los grupos y grupúsculos de afinidad ideológica con presencia en barrios, Institutos y Universidades.

Atendiendo a todas estas circunstancias y desde la convicción aceptada por todos de que era de primordial importancia conseguir recuperar la unidad de la Confederación, la reconstrucción se planteó invitando a todos los libertarios, en el bien entendido de que de lo que se trataba era de reconstruir la Confederación Nacional del Trabajo.

Tanto es así, que ya en la propia Asamblea Confederal de Cataluña del 29-2-76 se procedió a organizar por sectores de actividad a todos los que así lo manifestaron, aunque también se aceptaron las agrupaciones por barrios para los jóvenes, estudiantes, etc.

Se ha dicho que en esa forma de plantear la reconstrucción, estaba ya el origen de muchos de los problemas posteriores y es posible que así haya sido. No obstante, las circunstancias eran las que eran y si se hubiera procedido a una reconstrucción más marcadamente sindical, se hubiera dejado fuera gran número de compañeras y compañeros jóvenes y no tan jóvenes sin cauces desde los que proyectar su militancia libertaria.

De cualquier forma, hemos de aceptar que la equivocación y el error es un supuesto siempre presente en la acción. Claro que no aceptar esa posibilidad lleva la más de las veces a la inoperancia.

A finales de 1974 y durante todo el 1975 era ya un sentimiento extendido entre todos los grupos libertarios que se tenían que tomar iniciativas de cara a la reconstrucción de la CNT. Se precipitaban los acontecimientos tanto de orden político como sindical. Los planes del PCE en torno a alzarse con el monopolio sindical a través de una Central Única en base a la estructura de la Organización Sindical del régimen, parecían estar en el juego de las componendas políticas del momento.

La convocatoria podía haberse producido desde cualquier núcleo. Por lo que recuerdo, fue en la Federación de Grupos de Solidaridad desde donde partieron las primeras iniciativas tendentes a impulsar el proceso de reconstrucción y al efecto se procedió a tomar contacto con todos los grupos conocidos, tanto de jóvenes como de viejos militantes, a los que se transmitió esa propuesta. El resultado fue la formación de una Comisión Organizadora que se cuidó de los aspectos técnicos de la convocatoria de la Asamblea Con federal de Cataluña para la reconstrucción de la CNT.

Se repartieron 700 invitaciones y asistieron unos 500 compañeros, de los que 393 dejaron constancia de su actividad laboral, sindical o militancial, distribuidos como sigue: Actividades diversas, 82; Artes Gráficas, 14; Banca, 15; Construcción 14; enseñanza, 29; Espectáculos, 12; Metal, 16; Sanidad, 33; Textil, 11; Comarcas-barrios, 83; Grupos libertarios, 33 y estudiantes, 51.

¿Qué grupo o corrientes participaron?

Creo no equivocarme si os digo que participaron todos los núcleos libertarios conocidos en aquellos tiempos. En primer lugar se logró que participaran todas las tendencias en que se había dividido la Confederación, tanto del exterior y de los grupos con ellos relacionados del interior: Secretariado Intercontinental (SI), CNT -AIT; Frente Libertario, etc., como de los sectores jóvenes y los nuevos grupos y organizaciones: Federación de Grupos de Solidaridad, MCL, OLT, GOA, CGA, FSR, además de otros grupos de afinidad procedentes de barrios y la Federación Anarquista de Estudiantes, Rojo y Negro, etc.

La participación se produjo a través de los grupos más o menos cohesionados, por lo que la identificación de las corrientes en aquella situación es más problemática, eso vino después. Si bien, está claro, que en el trabajo que sobre el terreno se venía desarrollando por los distintos grupos y organizaciones, se podría ver que algunos como era el caso de Solidaridad, o los GOA –por poner un ejemplo– se habían dotado de una incipiente organización por sectores de actividad y podían sentir más imperiosa la necesidad de dotarse de una estructura sindical que otros grupos y colectivos para los que su experiencia vital estaba en otros espacios.

¿Qué peso e influencia tuvo el exilio cenetista en ese proceso?

Como ya he dicho la iniciativa de la reconstrucción partió de los grupos y sectores más jóvenes. Desde el acuerdo tomado por las nuevas organizaciones y grupos libertarios en el sentido de impulsar la reconstrucción de la Confederación, se formó un pequeño núcleo y se me encargó la tarea de contactar con todos los grupos y comités conocidos que se reclamaban de la CNT. Esta responsabilidad me llevo a entrevistarme con el Comité del la CNT adscrita o relacionada con SI ubicado en Toulouse. Esa reunión tuvo lugar en Terrassa en la que estuvieron presentes siete u ocho compañeros, entre los que ahora recuerdo a Padilla y Valero. Debo decir que fue una reunión larga y difícil, con muchas dudas, suspicacias y prevenciones, que costó ir superando y que no sé si se hubiera conseguido a no ser por la intervención del compañero Valero, que llegado un momento, después de haber escuchado un buen rato el debate sobre la propuesta que les transmitía y nuestra determinación a tirarla adelante con quién estuviera de acuerdo, tomó la palabra y volcó todo su buen sentido común de militante responsable y honesto, consiguiendo la aprobación de todos. Desde aquel momento tuvimos en Valero una ayuda fundamental. Lástima que muriera poco después. y lo mismo debo decir del compañero Padilla.

La relación con el sector de Frente Libertario se realizó a través del «grupo de los maños» con el que se relacionaban, Salicas, Costa, Casasus, José Cases, Matías González y otros compañeros como Torremocha, que ahora recuerde. Mención aparte merece Félix Carrasquer que por pertenecer a Solidaridad, ya había participado, desde el inicio mismo de la formación de esa Federación, en la orientación de todo su trabajo de difusión ideológica y formación sindical de esos grupos, hacia la reconstrucción de la CNT en el momento oportuno; y todos estábamos percibiendo que ese momento había llegado.

En la reunión que mantuve con este sector pasó algo parecido a la que tuve con los otros compañeros, sólo que en este caso todos los reunidos parecían estar de acuerdo excepto José Cases. Este compañero fue manteniendo objeción tras objeción hasta que aceptó la posición de la mayoría. También he de decir que desde aquel mismo momento en que el grupo tomó el acuerdo de incorporarse al proceso de reconstrucción, fue José Cases uno de los compañeros que con más dedicación y entrega trabajó en la preparación de la Asamblea Confederal de Cataluña y en el período inmediatamente posterior.

Así pues, la influencia del exilio yo la situaría en el período posterior, cuando ya se ve que hay nuevas posibilidades y entra en juego la dinámica de quién controla a quién. Pero esa es otra historia.

¿Qué debates se plantearon en aquellos primeros momentos? ¿Cuáles fueron los puntos de fricción que surgieron?

Después de la Asamblea y la designación del primer Comité de la CNT de Cataluña, el trabajo se centró en la organización de sindicatos y federaciones locales y comarcales.

Los debates que se plantearon en algunos sindicatos estuvieron relacionados con criterios de afiliación, que en algunos casos se llego a condicionarla a una especie de pureza ideológica y de negarles la afiliación a algunos trabajadores que habían mantenido cargo de representación en la CNS –los sindicatos del régimen–, desde los que, en algunos casos, se había entrado en confrontación con otros sectores de oposición y que ahora se volvían a encontrar.

Otro momento de fricción discurrió entorno a un posible acuerdo con UGT para reeditar la Alianza Sindical. Situado en el tiempo en que esta situación se producía, con la amenaza de la Central Única de Trabajadores promovida por el PCE y CCOO, parecía necesario hacer algún movimiento que animara a la UGT a oponerse a ese proyecto. El tema fue ampliamente debatido y no se llegó a una mayoría de apoyo suficiente, por lo que el tema fue soslayándose y los nuevos posicionamientos sindicales dejaron sin sentido esa operación.

También surgieron fricciones y conflictos derivados de la muy escasa formación sindical y casi nulo conocimiento de la organización, del cometido y funcionamiento de sus órganos de coordinación, de cómo debe conjugarse la autonomía básica de cada ente con la lealtad a los acuerdos tomados y la solidaridad y responsabilidad de todos hacia el conjunto de la Confederación, etc. A este respecto, me acuerdo que nada más formarse el primer Comité Regional, a las pocas semanas, se produjo la primera petición de dimisión proveniente de unos grupos de jóvenes compañeros que sin ninguna información previa, habían montado una manifestación en el centro de Barcelona con pancartas y banderas de la CNT que derivó en la consabida ruptura de escaparates y destrozos varios; todo ello sin ni tan siquiera haberse presentado la policía. A la mañana siguiente la prensa se despachó a gusto y puso a la CNT de chupa de domine. Hicimos una consulta rápida entre varios sindicatos y el Comité Regional acuerda sacar un comunicado dejando las cosas en su justo sitio. Pues bien, asumir esa responsabilidad de salir en defensa de la CNT, fue el pretexto para que se pidiera la dimisión del Comité Regional.

¿Cómo fue aquel período de clandestinidad tolerada hasta la legalización definitiva?

El asunto de la legalización planteó en la CNT, como en las demás organizaciones antifranquistas, la disyuntiva de forzar una legalización de hecho o «pasar por ventanilla». ¿Cómo se resolvió en la CNT?

Ese periodo fue apasionante en muchos aspectos. Teníamos una historia de lucha, de honradez y honestidad en la defensa de los intereses y las condiciones de vida de las trabajadoras y trabajadores de este país, pero carecíamos de todo lo demás. No teníamos medios, ni económicos ni de ningún tipo. No teníamos locales. Ni tan siquiera teníamos una máquina de escribir, y en esto la diferencia con otros sindicatos era abismal. También percibíamos que tras las componendas políticas que llevaron a los otros sindicatos con mayor presencia a las posiciones colaboracionistas que han venido manteniendo, el foco de prevención y aislacionismo se iba centrando sobre la CNT. Pero creo que, a pesar de ello, asumimos que esa clandestinidad tolerada no tenía que condicionamos y aunque con alguna precaución, acometidos los trabajos de organización como si con la formación de cada sindicato estuviéramos empujando un poco más los márgenes tolerados, ganando nuevos espacios de libertad, de asentimiento de hecho, que las nuevas situaciones políticas del país iban imponiendo.

El tema de la legalización se planteó más tarde y yo ya no estaba en la Comité Regional de Cataluña, por lo que sólo puedo daros una opinión personal. Creo que la disyuntiva de forzar una legalización de hecho o «pasar por ventanilla» sólo hubiera podido plantearse desde una posición conjunta de todas las centrales sindicales en presencia. En el momento que esa posición de clase, de movimiento obrero, era inviable y todos los demás sindicatos fueron pasando por la ventanilla, creo que a la CNT no le quedaba otra opción que la que tomó, la de pedir su legalización.

¿A qué atribuyes el éxito de la CNT en aquellos momentos y su capacidad de convocatoria después de tantos años de práctica desaparición?

En mi opinión, creo que funcionó una cierta recuperación de la memoria histórica, de la percepción que muchas trabajadoras y trabajadores habían conservado o les habían transmitido sus padres o abuelos, respecto a la CNT. A pesar de toda la propaganda del régimen fascista y de la permanente campaña de acoso y persecución que se habían mantenido durante todo el periodo de la dictadura, la CNT seguía siendo un referente de primera magnitud como sindicato radical y honrado en la defensa de los intereses de la clase trabajadora, no sujeto a las componendas de los partidos políticos y por todo ello autónomo.

Otro aspecto importante que seria injusto olvidar si se trata de explicar la capacidad de convocatoria de la CNT de aquellos primeros momentos, es el arrastre que ejercieron reconocidos militantes con experiencia en las luchas de aquellos años y que optaron por integrase en los sindicatos de la Confederación.

¿Qué errores fundamentales se cometieron a tu juicio en aquellos momentos?

Más que errores puntuales ante talo cual circunstancia, pienso que hubo un error de apreciación sobre el momento histórico que se vivía, sobre la situación general de la clase trabajadora y de la sociedad en general después de haber pasado cerca de cuarenta años de dictadura, sobre las prioridades que dadas esas situaciones era de sentido común que la Organización hubiera seguido. Faltó algún que otro ejercicio de responsabilidad, tanto de los viejos como de algunos nuevos y no tan nuevos militantes con carisma, para hacer frente a ciertos extremismos infantilistas que condicionaban la implantación de los Sindicatos y en algún momento monopolizaban (y no para bien) la imagen pública de la propia CNT. No se hizo todo lo necesario para abrir vías de debate y reflexión orientada a superar aquel estado de polarización sectaria que tanto daño ha venido haciendo a la Confederación. No pudo abrirse paso un elemental sentido estratégico, imprescindible para cualquier movimiento u organización social que se plantee impulsar procesos de transformación social.

En este sentido, quizás cueste creer, que en un periodo en que aparecieron tantos revolucionarios, apenas se aportara nada nuevo, ni en cuanto a teoría política revolucionaria, ni tampoco en el sentido –que tanta falta hacía– de hacer comprensible una idea de proceso hacia la transformación social, en el que el trabajo de base, sindicato de barrio, de movimiento social y ciudadano, de organización, de lucha por la mejora de las condiciones de trabajo, tienen su sitio y su trascendencia. Donde se fragua la rebeldía frente a la dominación, se construye un nosotros incluyente, plural y respetuoso con las distintas visiones en presencia y se organiza la solidaridad con nuestros iguales.

Creo que fue un error soplar a favor del viento y dar alas, en muchos casos interesadamente, a algunas corrientes «anti-organización» y anti-sindicales impregnadas de los discursos que impartían algunos santones del momento. Hubo cierta laxitud al enfrentarse a las prácticas excluyentes que traían algunos conversos. Se utilizó como anatema vergonzante la calificación de reformista por los llamados revolucionarios, aplicándose injustamente a muchos compañeros que fueron condenados al ostracismo y acabaron por abandonar la Organización, etc. etc.

¿Qué consecuencias tuvieron esos errores en el desarrollo posterior de los acontecimientos?

Sin querer eludir la pregunta, pero creo que la respuesta viene dada por la propia situación de la CNT y no sólo de la CNT. Yo diría que las consecuencias están a la vista si contemplamos la situación actual de todo lo que englobaríamos en lo que hemos venido entendiendo como Movimiento Libertario: Nueva escisión de la Confederación en dos organizaciones anarcosindicalistas, CNT y CGT, con una presencia en los centros de trabajo, por desgracia mínimamente testimonial por parte de la CNT y con mayor implantación de la CGT pero que difícilmente consigue el 10% de la representación sindical total, además de la existencia de otros problemas.

Si enfocamos la situación en el campo de las luchas antiglobalización o altermundistas, la de los nuevos movimientos sociales, tenemos la paradoja de que muchas de las ideas que alimentan a estos colectivos tienen una inequívoca raíz libertaria, lo que podría animar a un trabajo coherente y respetuoso con esa realidad, pero no hay ninguna instancia o espacio de confluencia aceptado y consensuado por cuantas organizaciones, colectivos o individuos que nos reclamamos y nos reconocemos como libertarios, desde la que poder comparecer y concurrir con ideas, propuestas y estrategias de transformación social a los nuevos espacios donde se está desarrollando la lucha anticapitalista en estos momentos. Otros, las corrientes autoritarias, reformistas o no, si lo están haciendo.

¿Cómo crees que se hubieran podido evitar?

Con algo más de sentido común, con más respeto hacia todos los compañeros aunque no coincidieran con la opinión «dominante» en cada momento.

Dicho esto, en sentido general creo que la respuesta a esta pregunta está contestada por todo lo que vengo diciendo. Pero sí quisiera añadir, que en mi opinión, se debería haber evitado la escisión. Digo que se debería, no me atrevo a afirmar que se podría haber evitado, dado que ocurrió en un tiempo en el que no participé directamente y quizá no disponga de toda la información. Mi opinión viene determinada por una cuestión de principios.

Me explicaré: Los compañeros mayores con los que tuve el privilegio de formarme, me enseñaron a ver la Confederación como el espacio de convivencia donde cabíamos todos los trabajadores unidos por el mismo hecho de ser explotados, a modo de ir prefigurando el federalismo de la sociedad del apoyo mutuo, libre, justa y solidaria. Indudablemente, como en cualquier organización y colectivo humano, también en CNT se tiene que organizar la convivencia, hay conflictos, afanes de poder, etc., y se tienen que adoptar decisiones y acuerdos, que una veces los compartirás totalmente y otras no, unas veces será mayoritaria tu forma de ver las cosas y otras no, una veces llegarán a los comités de relación y coordinación compañeros con los que te sientas más en sintonía y otras no, pero en cualquier caso será un fracaso colectivo y la negación más absoluta de aquellos principios, pretender dar solución a los problemas por la vía de las escisiones.

¿A qué factores atribuyes la decadencia de la CNT tras la ruptura en 1979?

En primer lugar a la ruptura misma. Con la ruptura se trasladaba un mensaje a las trabajadoras y trabajadores negativo, antidemocrático, de incapaces por no saber solucionar las diferencias aplicando los mecanismos de relación y toma de acuerdos de que tanto alardeamos, democracia directa, federalismo, autonomía de los sindicatos, etc. Fue como dejar al descubierto todas las miserias acumuladas en muchos años...

Por otro lado, no hay que olvidar que la ruptura se produce en unos momentos en los que las trabajadoras y trabajadores estaban tomando sus opciones de afiliación sindical y, como digo, la imagen que se les trasladaba de la CNT no animaba, no la hacía atractiva en absoluto.

También es cierto que hemos pasado unos años de cambios muy profundos en los sistemas productivos, en los procesos de acumulación capitalista, en la globalización de la economía, la liberalización de los movimientos de capitales, el brutal crecimiento de la especulación financiera, nuevas correlaciones de fuerzas a escala mundial, etc., fenómenos a los que no se les puede responder desde la rigidez, que exigen mucha cintura a las organizaciones sindicales, innovaciones en sus formas de lucha, trabazón con nuevos aliados y movimientos sociales para la lucha común y la ayuda mutua contra el poder económico a todos los niveles.

Otro aspecto que se podría analizar es en qué medida la no participación en las elecciones ha retraído la filiación y con ella una menor presencia en los centros de trabajo y en las contiendas sociales. Si ese sentido común del que vengo hablando estuviera más presente en nuestro quehacer, hubiera sido interesante abrir un debate, como el que propusimos desde Debate Libertario, en el que, ateniéndonos a ese respeto mutuo del que tanto alardeamos, propusimos unos encuentros de compañeros tanto de CNT como de CGT, donde se hubiera podido dialogar y analizar las experiencias y efectos -no todos positivos- acarreados por la decisión de participar en las elecciones que tomó la CGT, y la experiencia que ha proporcionado a los compañeros de la CNT su opción de no participar en dicha elecciones. La reunión se hizo y con bastante asistencia, pero en vez de debatir y analizar se aprovechó para insultar y ahí se terminó el debate.

¿Qué queda hoy de aquella CNT?

Si os referís a la CNT de la historia, la que soñamos reconstruir en 1976, no creo que quede mucho, lamentablemente. Queda el nombre, los sellos, los comités ... , y seguro que también quedan compañeros que aún mantendrán la esperanza en que es posible que las cosas cambien, con los que me uno fraternalmente, porque mientras existe ese atisbo de esperanza, siempre será posible que las ideas vuelva

Publicado en Polémica, n.º 90, marzo de 1007

El Movimiento Libertario Español en la clandestinidad

El Movimiento Libertario Español en la clandestinidad

Francisco CARRASQUER

Contradicción palmaria es hablar de lo libertario clandestino. Lo libertario no puede encerrar secreto y no puede haber movimiento libertario que no tienda a lo público, porque, precisamente, el campo de trabajo y experimentación de todo movimiento libertario es la opinión pública. Después de tantos cruentos fracasos sufridos por nuestro MLE por tratar de imponer SU revolución, sería estúpido (isi no suicida!), no haber aprendido ya que nada que se imponga puede ser libertario. Nuestra revolución la hemos de promover en la opinión pública por vía democrática, es decir, por mayoría que la vote pacífica y voluntariamente.

Pero aquí y ahora se trata de repasar la historia del MLE entre los años 1933 Y 1975· Digamos, en términos de régimen:

  • durante la República;
  • en los años de la contrarrevolución; y
  • bajo el franquismo.

No pretendemos presentar aquí un estudio bien armado de datos como una tesis académica, sino una reflexión sobre lo que la historia puede habemos enseñado, que por algo es «maestra de la vida», como nos enseña Cervantes.

Primer período: Segunda República (1931-1939). Aquí sí que se podría emplear el popular dicho español: «Entre todos la matamos y ella sola se murió». Por primera vez sale votado mayoritariamente un régimen abiertamente democrático, el MLE no se vuelca en su defensa, como era su primordial obligación. En aquellos ocho años de República no tenía que haber habido ni un solo preso libertario y, sin embargo, los hubo a centenares. ¿Por qué? En términos generales, porque el MLE (en adelante CNT, porque es ella el motor más calificado de todo ese movimiento), sólo tenía una táctica semi clandestina, pero carecía de estrategia. Le faltaba lo que la estrategia bien entendida desempeña: una acción aconsejada por una visión global en el doble sentido de afinidades político-ideológicas y de fuerzas con mando efectivo que contrarrestar. Mas la impaciencia por implantar un comunismo libertario y la tentación de «hacer el héroe» militando «por la causa» clandestinamente, aconsejaban a los cenetistas ir contra la República, sin darse cuentas de que la República era la CNT, o que sin la CNT la República moriría. Peor aún: sin ver que por la República se podía llegar al comunismo libertario, puesto que se prestaba a educar a la opinión pública por ese camino mejor que cualquier otro régimen. Porque la venida de la República fue un fenómeno extraordinario, único en el mundo. Quien ha vivido –como yo tuve la suerte de vivirla– la jornada de la proclamación de la II República española en Barcelona, sabe que el pueblo español fue aquel día, no ya republicano, sino laicamente un místico de la Res Publica. Aquel fervor tan álgido y absoluto de todo un pueblo, no lo puede borrar ninguna historia. Fue una pena que los libertarios españoles no captasen ese sentimiento popular, siendo los que estaban más cerca de su pueblo. Pero el sueño de la utopía que tan en boga estaba no eclipsó y dejamos de ver lo bueno que nos brindaba la realidad. y así se fraguó el movimiento revolucionario del 8 de diciembre de 1933 (y de eso tengo memoria personal porque uno de los pocos pueblos en que se proclamó el comunismo libertario fue el mío, Albalate de Cinca, y el principal promotor de tal proclamación fue mi hermano Félix). ¿Sabéis lo que costó esa sublevación de una docena de pueblos aragoneses, media de riojanos y algún tiroteo en Zaragoza y Barcelona?: 87 muertos, centenares de heridos y 700 condenas a presidio (entre ellas las de los miembros del Comité Revolucionario de Zaragoza que organizó ese imposible conato de revolución que el primer encuentro con la Guardia de Asalto se vino abajo). ¡Increíble tanta temeridad! Pero así fue, lamentablemente.

Y puestos en plan estadísticos, podemos dar el resumen que nos facilita Víctor Alba en Historia de las Repúblicas Españolas (pág. 157): «En 18 meses de régimen republicano, las provocaciones de las derechas y las vacilaciones de las izquierdas ocasionaron la muerte de 400 personas, de las que 20 pertenecían a la fuerza pública. Se registraron 3.000 heridos, 9.000 detenciones, 100 deportaciones, 30 huelgas generales y 3.600 parciales, 161 periódicos fueron suspendidos, de los que cuatro pertenecían a las derechas». Significativo este último dato: luego, de las izquierdas fueron suspendidos 157 periódicos. ¿Por antirrepublicanismo? No creo; por despiste más bien, por falta de estrategia, sobre todo.

Otro error de graves consecuencias que cometimos los libertarios durante la II República fue la propaganda que hicimos en favor del abstencionismo. Con lo que contribuimos al establecimiento del Bienio Negro. aya jugadita!

El segundo período, el revolucionario, fue, más propiamente dicho, contrarrevolucionario, puesto que el golpe contra la República lo dieron los enemigos de la revolución, implicando con este término a la República misma. Pero verdad es, por otra parte, que la CNT inició el programa revolucionario, sobre todo en Aragón, implantando el régimen colectivista que los comunistas se apresuraron a eliminar, como si comunismo y colectivismo no fueran sinónimos.

Lo que no impide que el colectivismo siga siendo la fórmula más justa y humanitaria que necesita nuestro mundo, y es todo nuestro mundo el que la ha de exigir por mayoría. Pero, ¿cuándo? Cuando sea. No importa el tiempo. Lo importante es el cómo: sólo de la manera más democrática y sin imposiciones de ninguna clase.

Y en la guerra civil caímos en el tópico de que lo militar es lo que hace la guerra, cuando, como españoles, somos los inventores de la guerra de guerrillas y como guerrilleros teníamos más posibilidades de ganar que como soldados. Nada de campos de batalla y despliegues en orden cerrado mi abierto, sino ataques por sorpresa y a molestar al enemigo en cualquier momento inesperado, sin enfrentamientos frontales, sin la pesadez de la artillería, sin trincheras ni sistema defensivo alguno y sin mandos únicos por galones. Sólo la evidencia de que, así, le dábamos ventaja a los enemigos adoptando su sistema, al que estaban tan hechos, mientras que para nosotros era algo a lo que teníamos de entrenarnos, aparte de que éramos contrarios a ese sistema por antimilitaristas que éramos, bastaba en principio para no caer en la trampa. Pero caímos, y perdimos la guerra y le dimos entrada al franquismo que nos tuvo 36 años fuera del mundo, el lapso más negro de toda nuestra historia, que no ha tenido pocos lapsos oscuros.

Y estamos ya en el tercer período, que es el más propicio a la clandestinidad. La CNT no podía ya dar señales de vida más que como activismo clandestino, borrada como estaba toda identidad oficial, y si durante la República nos parecía la clandestinidad inoportuna, bajo el franquismo era la clandestinidad el único recurso para hacerse oír una organización como la CNT, condenada a muerte por una dictadura tan feroz como la de Franco. Quien más quien menos, todos los que nos sentimos movidos a protestar y a luchar contra aquella dictadura, a poco que actuáramos corríamos el riesgo, como mínimo, de ir a la cárcel. Yo mismo, que no he sido nunca muy revoltoso y tengo pocas trazas de agitador, pasé dos veces medio año en La Modelo barcelonesa: la primera vez por pasar clandestinamente la frontera con un amigo, nos dio el alto la Guardia Civil, avisada por un chivato que nos vio dormir en un bosque el día anterior (andábamos de noche) y por haber sido oficial del ejército republicano fue mayor castigo. Y la segunda vez fue porque la policía se enteró (no sé cómo) de que había escrito un manifiesto contra Franco y me cayeron otro seis meses de cárcel con la gran suerte de mi caso fue a parar a un juez antifranquista, que, si no, podían haberme caído años de condena.

Por fortuna, ahora vivimos en democracia y no necesitamos ya escondemos para decir lo que pensamos, O sea, que se ha acabado la necesidad de militar en la clandestinidad. y como ya hemos aprendido todos la lección de que sólo es realmente libertaria la revolución que se hace por educación y civismo bien entendido, a saber: el comportamiento libertario en sociedad, nos da el derecho a todos a ser libres, pero también nos impone el deber de hacer libres a los demás. He aquí la fórmula definitiva del libertarismo.

Publicado en Polémica, n.º 93, mayo de 2008

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La opción política en la CNT

La opción política en la CNT

José PEIRATS

Sobre el treintismo

El 11 de junio de 1931 la CNT inauguraba las tareas de un congreso nacional de sindicatos. En él chocaron pronto dos tendencias: una que tendía a aclimatarse a la legalidad republicana; otra que quería quemar las etapas de la revolución social. En la primera militaban algunas figuras de la vieja guardia: Juan Peiró, Ángel Pestaña, etc. La segunda estaba impulsada por Francisco Ascaso, García Oliver y Buenaventura Durruti, representantes del romanticismo revolucionario.

En aquel congreso se suscitó un apasionado debate al discutirse el informe del Comité Nacional. El ala extremista pretendía que durante las últimas etapas de la clandestinidad los comités superiores habían cerrado compromisos con los elementos políticos. Se hacían repetidas alusiones al Pacto de San Sebastián.

No se ha podido demostrar nunca la intervención de la CNT en aquel pacto (17 de agosto de 1930), pero se insistía en que había compromiso en abrir una moratoria de paz social, especialmente en Cataluña, con vistas a consolidar la República y facilitar en ella la autonomía de Cataluña. Este recelo había sido agravado por unas declaraciones del líder catalanista Luis Companys.

Un pacto de esta naturaleza sólo era posible a título gratuito. Pues ningún militante responsable hubiese podido garantizar cuerdamente a quien fuere que el compromiso se cumpliría. La autonomía de que gozaban los sindicatos para declararse en huelga, su feroz apego a la libertad de acción y la nula influencia de los comités superiores en los problemas profesionales y reivindicativos económicos hacen quimérico en la CNT el dirigismo de arriba. [ ... ]

A mayor abundamiento estaba la crisis abierta en el seno de la CNT desde que acabaron las tareas de su último congreso. En agosto del mismo año los moderados rompieron el fuego con un manifiesto del que, parodiando, se podía decir lo que Dantón de los ojos de Julie: «Tienes hermosos los ojos, ¿pero qué hay detrás de ellos?».

En Cataluña la evolución de los acontecimientos políticos tuvo mucho que ver con esta crisis confederal. Hubo estrechos contactos entre sindicalistas y elementos políticos durante la etapa de conspiración antidictatorial y antidinástica. Tales contactos fueron particularmente estrechos en Cataluña, en el seno de los comités conspirativos y en la cárcel. Cuando cayó la dictadura y durante el gobierno de transición del general Berenguer, en los medios anarcosindicalistas se produjeron algunos escándalos. Uno de ellos fue la firma de un manifiesto de «inteligencia republicana» por destacados militantes como Juan Peiró y Pedro Foix. Peiró fue nombrado director del diario Solidaridad Obrera y Foix de la plantilla de redacción, pero antes tuvieron que retirar sus firmas de aquel manifiesto.

Veamos ahora con algún detalle cómo se planteaba la crisis. Al advenimiento de la República se produjeron dos corrientes interpretativas de los acontecimientos y acción a desarrollar. La que encabezaban Peiró, Clará, Fornells, Massoni, Pestaña que eran líderes sindicalistas por excelencia, chocó con la que representaban García Oliver, Francisco Ascaso, Federica Montseny, Buenaventura Durruti, etc., que representaban la tendencia revolucionaria clásica. La tendencia evolucionista y la revolucionaria a todo pasto se enfrentaron con estrépito. En cierta manera quedaba confirmada la influencia que ejercían sobre ellos los elementos políticos de Cataluña.

Por razones comprensibles, Companys y sus amigos, que estaban predestinados a ejercer el poder en la futura región autónoma, estaban interesados en hacerse con el poder sindicalista, pues sin éste el otro quedaba muy limitado. Companys había sido abogado de la CNT en la época heroica de ésta (1919-1923), cuando la CNT era casi un Estado dentro del Estado. Importaba, pues, ganar a toda costa a la CNT, neutralizarla, y si esto no podía ser destruirla para el buen suceso del Estatuto de Cataluña.

Al manifiesto de los «treinta» (por ser treinta los firmantes) habían precedido las primeras escaramuzas entre los sindicalistas y la Esquerra. El primero de mayo de 1931 la CNT celebró un mitin muy importante en el Palacio de Bellas Artes, seguido de una manifestación impresionante. La manifestación degeneró en batalla campal frente a la Generalidad, por haberse empeñado la comisión encargada de someter las conclusiones en penetrar en el palacio con la bandera roja y negra. Un altercado con los «mossos de escuadra», guardia simbólica del que sería pronto el presidente Maciá, se convirtió en tiroteo con otros sectores de la fuerza pública. Hubo muertos y heridos por ambas partes.

Ya sabemos que en junio estalló la primera batalla entre la CNT y el gobierno (huelga de la Telefónica). En Barcelona el conflicto tomó proporciones de guerra social. Aunque el Estatuto de autonomía no sería aprobado hasta fines de 1932 la Esquerra asumía directa e indirectamente funciones de gobierno. El primer gobernador civil de Barcelona que tuvo la República fue Luis Companys, a instancias de la CNT

Los principales «treintistas» fueron desplazados de sus sitiales en periódicos y comités y más tarde expulsados los que no habían marginado. Lo cual dio lugar a una escisión que produjo la creación de un movimiento propio llamado de «oposición».

En Levante el «treintismo» tuvo un poder considerable. Sus efectivos llegaron a superar a los de la CNT oficial. En Sabadell, ciudad vecina a Barcelona, los sindicatos de «oposición» fueron expulsados cuando virtualmente se habían entregado ya a la política catalanista de la Esquerra. Más tarde estos sindicatos, que habían copado allí el censo confederal, se deslizaron hacia la UGT que en Cataluña sería comunista durante la guerra.

La Esquerra no consiguió su propósito de hacer de la disidencia su guarda de alabarderos. Fracasó también en el intento de creación de una organización obrera netamente catalana: la Federación Obrera Catalana (FOC), que trató de oponer a los «murcianos».

Como la zorra de las uvas verdes, los políticos catalanes de la época motejaban de «murcianos» (procedentes de Murcia) a los componentes de las masas confederales que no podían alcanzar. Ha habido en los políticos españoles la costumbre de denostar a los titulares de doctrinas revolucionarias con el apodo de «extranjeros». El anarquismo, por ejemplo, no sería más que un producto de importación. Los nuevos políticos catalanes explotaban la xenofobia más vulgar propagando que la CNT estaba compuesta exclusivamente de muertos de hambre procedentes de las zonas paupérrimas del sur de España. En cabeza de estos inmigrantes estaban los oriundos de Murcia.

Estos procedimientos tortuosos no avanzaron mucho los propósitos de los mandones de turno, pero agravaron la guerra entre la CNT y la fuerza pública ya catalanizada por la puesta en vigor del Estatuto autónomo. Las acusaciones de Federica Montseny que siguen pueden ser interpretadas como señera de las reacciones pasionales que tal situación provocaba:

«... Por último –escribía– los compromisos contraídos con Maciá por los dirigentes del sindicalismo, con vistas a la aprobación del futuro Estatuto, acaban de perfilar nuestro panorama; una vez Cataluña con el Estatuto, iniciada una política social tolerante con los «buenos chicos» de la CNT, pero que «apretará los tornillos» –frase de Companys– a los de la FAI, a los famosos «extremistas», siendo calificados de extremistas todos los que no están dispuestos a que la Confederación sea en Cataluña lo que es la UGT en Madrid, y en relación, respectivamente, de los gobiernos de la Generalidad y de la República... »

Más tarde, por vía de los contactos personales violentos, entraron en liza grupos de jóvenes nacionalistas de Estat Catalá (ala extremista separatista de la Esquerra) que tenían sus cuarteles en los centros o «casals» del partido. Estos grupos («escamots») se insinuaron como fascistas por sus procedimientos: secuestros, apaleamientos, asesinatos, contando con la impunidad más absoluta. Durante los primeros días de la guerra, acompañados de su fobia y resentimiento antianarquistas, estos grupos ingresaron en bloque en el Partido Socialista Unificado (comunista).

Este clima de terrorismo oficial se acentúa con el traspaso a la Generalidad de los servicios de orden público. Hubo entonces hasta una parodia del virreinato de Martínez Anido-Arlegui, que interpretaron el consejero de Gobernación de la Generalidad y el jefe de los servicios de orden público, José Dencás y Miguel Badía respectivamente. Con el tiempo el primero resultó un provocador, pues después de los hechos de octubre de 1934 Mussolini le franqueó la puerta de su feudo. Badía murió a tiros de pistola en vísperas del 19 de julio del 36, al parecer, a manos de vengadores anarquistas. [ ... ]

Ángel Pestaña es tal vez el único militante confederal de gran influencia vencido por la tentación política. Como la mayoría de los hombres de la CNT procedía de humilde familia proletaria. Las convicciones de Pestaña empezaron a flaquear al abrirse el ciclo democrático que trajo la República. Estas épocas de transición son las más peligrosas, pues ponen a prueba el temple de los hombres. Durante la época conspirativa se repara poco en los compañeros de ruta. Una aspiración común hace que coincidan los hombres de los diferentes partidos y organizaciones: apartar el obstáculo de la dictadura. Las más heterogéneas personas sufren persecuciones y son alojadas en la misma cárcel. Se establecen corrientes de simpatía entre antiguos antagonistas. Los hombres, cara a cara, conociéndose por encima de las abstracciones a veces metafísicas de los programas y los convencionalismos, acaban comprendiéndose. Pero la dictadura ha caído y cada mochuelo regresa a su olivo. Unos van a recibir la recompensa de sus sacrificios, la palma de la victoria; otros proseguirán el áspero camino como nazarenos, con la cruz a cuestas. La perspectiva de los que van a convertirse en personas honorables (hasta para los que los motejaron de bandidos) y les espera el mando y la sinecura, es tentadora para los que confrontan de nuevo la vida oscura y fatigante, la actuación clandestina, llena de sacrificios y peligros, y parca, muy parca en compensaciones materiales mediatas e inmediatas.

Pestaña había sido de una tenacidad inaudita. Demostró en muchas ocasiones su estoicismo y hasta su des precio a la muerte. Sintió en carne propia el taladro de las pistolas. Sufrió infinitamente cárcel y deportaciones. Acusó públicamente a Bravo Portillo, policía y espía de Alemania en plena guerra, cuando el hacerlo era un desafío a la muerte. Pestaña, hombre frío y acerado, calmo y taciturno (el «Caballero de la Triste Figura», de Salvador Seguí), fue de éste antagonista desde la izquierda extremista.

Las convicciones de Pestaña empiezan a flaquear durante la clandestinidad prerrepublicana. Peiró le zarandea. Después figuran los dos en el ala moderada proscrita. De ella se despega Pestaña para fundar el Partido Sindicalista a fines de 1932. La empresa es por avance un fracaso. Hasta las elecciones de 1936 no podrá beneficiarse del cable salvador del Frente Popular. Será entonces diputado. La CNT, incluso sus compañeros de facción, le han dejado partir solo hacia su senil aventura. El 19 de julio, durante las luchas callejeras en Barcelona, cae preso de los facciosos ocasionalmente. Los guerrilleros de la CNT-FAl lo liberan. ¿Quién va entonces hacia quién? ¿Pestaña a la CNT o la CNT a Pestaña? Reingresará en esta organización como socio de número, pero en las pocas sesiones del Parlamento será el diputado oficioso de la CNT. Hay una ironía más profunda. Ángel Pestaña, el réprobo, no es más que un humilde diputado, una especie de abogado sin pleitos. La CNT, que lo había expulsado de su seno por político, tiene ministros en el gobierno.

Pestaña dejó de existir el 11 de diciembre de 1937 dentro de la CNT. Ésta, por aquella fecha había sido arrojada del gobierno, de todos los gobiernos. Veamos de más cerca el proceso de esta transfiguración.

La colaboración ministerial de la CNT

E14 de noviembre de 1936, a las diez y media de la noche, el jefe del gobierno, Largo Caballero, publicó una nota comunicando la reorganización del gabinete con la incorporación de cuatro ministros de la CNT: García Oliver, Federica Montseny, Juan Peiró y Juan López. Por este paso la CNT rompía por primera vez en su larga historia con su tradición antipolítica y de acción directa. [ ... ]

[ ... ] Lo que le separa de los otros movimientos políticos o sindicales de la península son la inspiración filosófica del anarquismo y un escepticismo desolado por las clásicas soluciones de tipo electoral y gubernamental. [ ... ]

Pues bien, esta tradición tan hermosa y fecunda del anarcosindicalismo español quedó bruscamente interrumpida en septiembre de 1936, precisamente en el momento cumbre en que cosechábase maduro el fruto. Bastó el choque con una «realidad nueva» muy discutible, aunque en circunstancias sumamente dramáticas para que lo que era la razón de ser de un movimiento histórico se desplomase.

¿Cómo había sido posible una crisis ideológica tan galopante? Algunos críticos alegan falta de previsión revolucionaria ante ciertos hechos imperativos circunstanciales: «Pero ni Fabri ni los publicistas libertarios de ese tiempo se plantearon el problema [de la revolución] con referencia a una situación de guerra civil contra un enemigo de tipo fascista militarista, ni en un país donde la opinión anarquista arrastra a grandes masas proletarias como en el caso de España».

Este juicio no es exacto. La literatura anarquista es abundante en las muchas facetas del problema revolucionario a raíz de las grandes revoluciones del mundo moderno y muy especialmente sobre la rusa de 1917. Pero ocurre que todos los análisis, aun basados en hechos concretos determinados del pasado, son siempre sacudidos por los hechos concretos presentes no importa si redundantes.

Ante el peligro de muerte, lo primero que reacciona en el hombre, y por extensión en las organizaciones, es el instinto de conservación por encima de todo. Aunque la opción a que nos arrastra el instinto no es infalible. Muchas veces las reacciones del instinto de conservación son las más opuestas a la conservación misma. Pero tales reacciones tienen una explicación, si no una justificación, en el fin mismo de la conservación.

En el viraje táctico de la CNT y de la F Al Oa F Al participó durante casi todo el período de la revolución del mismo impacto psicológico que la CNT) hay que distinguir varios aspectos. Empecemos porque la reacción fue en gran parte instintiva o humana. Los comités y demás «apóstatas» también solían alegar la «imprevisión», pero para justificar un caso de conciencia. Este remordimiento disimulado puede ser estudiado en las constantes autocríticas de los adalides cenetistas y faístas, no importa si el tono es arrogante y hasta agresivo.

Hay un documento típico muy interesante de este género. Se trata del informe del Comité Nacional de la CNT al cogreso de la AlT, celebrado en París en diciembre de 1937. Según él, el 19 de julio de 1936 la CNT era dueña absoluta de Cataluña. Pero su fuerza no era tan considerable en Levante y muy inferior en el Centro, donde señoreaban el gobierno central y los partidos políticos clásicos. En el Norte la situación era todavía un enigma. No obstante, siempre según el documento, podía haber desencadenado una insurrección propia «con resultados probables de éxito». Pero tal aventura implicaba tener que luchar en tres frentes: el frente fascista, el de los gubernamentales y el del capitalismo exterior. Vistas las implicaciones de tal aventura no había más remedio que colaborar con los demás sectores. La colaboración antifascista llevaba consigo fatalmente la colaboración en el seno del gobierno.

Así se expresa el documento, y prosigue: «De hecho, en todos los pueblos y capitales de provincia la CNT formaba parte de los organismos oficiales, en los Comités del Frente Popular, en los Comités de Milicias Antifascistas, practicando funciones de verdadero gobierno en los antiguos municipios y diputaciones provinciales en los tribunales de justicia, en la administración de cárceles, en las comisarías [de policía] ... Positivamente la CNT se había desbordado a sí misma. Estábamos plenamente metidos en la acción política sin haberlo acordado, sin previa meditación, sin haber calculado las consecuencias, sin haberlas presentido siquiera... Nada más faltaba comprometerse públicamente con la gestión gubernamental».

Esta dialéctica oficial no es, muy convincente en cuanto al dilema fatal de «revolución anarquista» o «colaboración gubernamental». Tampoco lo es sobre que la colaboración antifascista arrastrase fatalmente a la colaboración gubernamental. Menos todavía que la colaboración de la CNT y la FAI en los organismos revolucionarios populares de nueva creación o transformados por impulso popular implicase automáticamente una colaboración oficial. Dichos organismos se transformaron en oficiales o dejaron paso a los organismos políticos tradicionales a medida en que el fatalismo «gubernamentalista» fue haciendo camino en las mentes de los adalides de la CNT-FAI.

Para algunos de estos hombres, los más influyentes, no había otra salida sino la dictadura anarquista, y ésta representaba un suicidio. [ ... ]

La CNT -FA! dominaba el Comité Central de Milicias Antifascistas de Cataluña y éste asumía la organización y dirección de la guerra en todo el frente de Aragón, independizado del Estado Mayor central y del Ministerio de la Guerra de Madrid. Continúa el informe: «Se nos invitaba, en fin, a quitar fisonomía agresiva a la revolución disolviendo el Comité Central de Milicias Antifascistas. Se nos presentó la conveniencia de reconstituir el gobierno de la Generalidad de Cataluña, presidido por Companys, liberal burgués, que diese la sensación al extranjero de un encauzamiento de la revolución por vías menos radicales [ ... ]. Éramos una potencia tan formidablemente organizada, usufructuábamos de una manera tan absoluta el poder político, militar y económico en Cataluña, que, de haberlo querido, nos hubiera bastado con levantar un dedo para instaurar un régimen totalitario anarquista. Pero nosotros sabíamos que la revolución en nuestras únicas manos había agotado todas sus resistencias y que del exterior los anarquistas no habíamos recibido apoyos eficaces ni podíamos esperar recibirlos».

Es una alusión al atentismo del proletariado internacional por la revolución española y también al diletantismo de los sectores anarquistas del exterior. El gobierno central empezaba entonces a extender su garra dispuesto a envolver las posiciones revolucionarias con un cerco de asfixia:

«Nuestras columnas -prosigue el informe-, las más numerosas y las más combativas, eran las que estaban más desatendidas por el gobierno, y se entraba ya en el terreno de las intrigas y persecuciones contra nuestros camaradas [ ... ]. Desde el poder se obstaculiza sin cesar la obra expropiadora y reconstructiva de la CNT. Carecíamos de una base real para la política de reconstrucción social: el oro. A Cataluña se le negaban sistemáticamente dinero, mercancías y armas. A Levante, lo mismo, y en general a todos aquellos sectores de la retaguardia donde la CNT privaba [ ... ]. Marxistas y republicanos se confundieron en un bloque, y como disponían del dinero y de las armas, iniciaban una política de favoritismo entre sus partidarios, distribuyendo entre ellos los víveres, el armamento, los mandos, los elementos de información y de transporte [ ... ]. Cataluña tuvo que organizar su comercio exterior compitiendo en el extranjero con el resto del país, tanto para alimentar a sus ciudadanos como para atender a las demandas del frente de Aragón [ ... ] los gobernantes, apoyados en nuestros anhelos de no perturbar la unidad antifascista ni interrumpir las relaciones oficiales con el exterior, abusaban de esa privilegiada oportunidad [diplomática] para saboteamos sañudamente en todos los terrenos».

He aquí explicado oficialmente el porqué intervino el Movimiento Libertario Español en las responsabilidades del gobierno. Pasemos ahora a estudiar el cómo de la intervención.

[ ... ] Una de las aspiraciones de la CNT fue que los órganos de poder, de la naturaleza que fueren, debían tener un carácter revolucionario proletario. Esta aspiración se ve clara en los editoriales de la prensa libertaria de la época, de un sentido jacobino inconfundible. El asunto paró finalmente en un gobierno presidido por Largo Caballero, apadrinado por los soviéticos que de tiempo le tenían dado el título de «Lenin español».

El comunismo no contaba todavía con figuras propias de primer plano y acaso no las tuvo nunca. El mismo Largo Caballero se había hecho el vocero de la «revolución proletaria» desde la crisis interna del Partido Socialista, allá por 1933. Los soviéticos hicieron un arma de su promesa de ayudar a la República diplomática y militarmente, ante la insólita No Intervención de las potencias democráticas occidentales. Esta ayuda militar de la Unión Soviética haría transigir al presidente Azaña (y a sus amigos republicanos), quien el4 de septiembre de aquel año daba el espaldarazo al nuevo..gobierno con seis ministros socialistas.

Según declaración del propio jefe del gobierno (el 2 de octubre a las Cortes reunidas), él mismo había gestionado personalmente «que estuviera representado [en el gobierno] el sector del proletariado que tiene arraigo en el país. En principio se aceptó el ofrecimiento, pero después, organismos superiores lo rechazaron».

En otra declaración de Caballero (al Daily Express), reproducida en la prensa española del 30 de octubre, se dice: «Cuando el gobierno se estaba formando hace dos meses, pedimos colaboración a la CNT, porque queríamos que el gobierno tuviera representación directa de todas las fuerzas que luchan contra el enemigo común».

Sea porque no se estaba preparado o porque se manifestaran en su seno reparos por los militantes de base, la CNT declinó aquella vez su participación en las responsabilidades ministeriales. Posiblemente había que vencer algunas resistencias y vacilaciones. De vencerlas se encargaron los plenos de regionales celebrados en Madrid el 15 y 28 de septiembre. El primero de estos plenos elaboró un plan de reconstrucción del Estado «en un organismo nacional facultado para asumir las funciones de dirección en el aspecto defensivo y de consolidación en el aspecto político y económico». Este organismo no se llamaría «gobierno», sino Consejo Nacional de Defensa. Los ministros se llamarían «delegados» y representarían tendencias políticas doctrinales y no partidos (marxistas, cenetistas y republicanos) y los ministerios quedarían transformados en «departamentos». El Ejército se convertiría en «Milicia de Guerra», la policía armada en «Milicia Popular», los mandos militares en «técnicos militares». Se mantenían como presidente de gobierno y como presidente de la República al mismo Manuel Azaña. El programa económico propiciaba la socialización de la Banca y de los bienes de la Iglesia, los de los terratenientes, de la gran industria y comercio. Los sindicatos usufructuarían los medios de producción y de cambio socializados, y quedaría oficializada la libre experimentación revolucionaria económica popular que sería armonizada con «la marcha normal de la economía».

El pleno de 15 de septiembre dispuso someter este proyecto a la UGT, a la vez como programa de alianza sindical.

Aparte una cierta audacia de tipo económico, salta a la vista que el Consejo de Defensa no era más que un gobierno con otro nombre. Esta evidencia dio a Largo pretexto para rechazarlo. Era el encargado de recibir el programa como secretario general de la UGT. El plan cenetista apenas disimulaba un espíritu de capitulación a corto plazo, y ello no podía escapar a la comprensión del jefe del gobierno y secretario de la UGT. De ahí que fuese rechazado.

El punto fuerte de, los anarcosindicalistas eran los poderes autónomos de Cataluña y Aragón y la configuración federalista que iba tomando la zona republicana. Aparte de la autonomía de Cataluña, entonces más amplia que nunca, existía un Estado autonómico de hecho en la parte de Aragón liberado. En Levante el Comité Ejecutivo Popular había cerrado el paso a la Junta Delegada del gobierno central. [ ... ]

Terminado el plazo de 10 días previsto para poder pulsar los resultados de la campaña pro Consejo Nacional de Defensa, se volvió a reunir el Pleno Nacional de Regionales de la CNT en Madrid, éste profundamente sacudido por el candente clima de guerra. El Pleno redactó un extenso manifiesto en el que se lamentaba de la incomprensión e irresponsabilidad de los demás elementos sindicales y políticos, que habían desdeñado el proyecto confederal: «La responsabilidad que contraen ante la historia y ante su conciencia los que pudiendo facilitar la creación del órgano nacional de Defensa no lo hacen es inmensa».

El manifiesto transpiraba por todas las líneas un ambiente de capitulación: «La exclusión de un movimiento del volumen y la significación de la CNT en la dirección de la lucha equivale a parcializar esta misma dirección». Se daba (pour sauver laface) un último aldabonazo a la sensibilidad revolucionaria de la UGT: «La CNT, que previó claramente esta situación, propuso en su congreso de Zaragoza la Alianza Revolucionaria. Hoy redobla sus esfuerzos en este sentido y cree que si la CNT y la UGT no se entienden la revolución marchará a la deriva».

Hay también en el documento una amenaza inofensiva: «Si lo que la CNT no quiere hacer en sentido de reivindicación integral de sus postulados lo hacen otros con criterio de fracción y no de síntesis nacional, la CNT pública y solemnemente declina toda la responsabilidad de los fracasos que sobrevengan [y] fiel a su tradición y a sus postulados, a las necesidades actuales continuará prestando sus fuerzas sin regateos, de todo corazón, porque la lucha contra el fascismo está por encima de todo».

Este párrafo es una retirada en desorden. La retirada se acentúa cuando se anuncia en el mismo documento la constitución del Consejo de la Generalidad (léase gobierno de Cataluña) con participación cenetista, formado en el intervalo de los dos plenos de Regionales. Formar el Consejo de la Generalidad como presión para forzar la voluntad de Largo Caballero parece de una ingenuidad antológica. Produjo lo que se esperaba: un resultado opuesto completamente. Más ingenuo todavía era hacer pasar por «consejo» lo que era «gobierno» hecho y derecho. «No se ha constituido un gobierno -trompeteaba el comité de la CNT catalana-, sino un nuevo organismo propio de las circunstancias que se atraviesan, y se denomina Consejo de la Generalidad».

Este juego de palabras no podía engañar a nadie. Para empeorar la situación algunos anarquistas, ya al borde del Rubicón, lanzaban alborozados las campanas al vuelo: «Decir que la CNT y los anarquistas no son políticos y que ahora quieren serlo, por reclamar participación en la fábrica gubernamental, es como decir que los libertarios hemos de desempeñar la misión que en la sociedad burguesa desempeñan los asalariados».

Está claro que la CNT sólo quería cambiar el nombre de pila al gobierno antes de ingresar en él con todas las consecuencias. Los políticos catalanes no tuvieron inconveniente en esta mínima satisfacción a la CNT, convencidos que estaban de que las aguas, a corto plazo, irían a su molino. Largo Caballero, apoyándose en estas mismas razones, optó por que el fruto cayera de su propia madurez. No se tomó la molestia de transigir.

El informe al congreso de la AIT, ya referido, revela que de antemano la participación confederal en el gobierno ya estaba decidida (desde el 28 de septiembre). Si la rendición no se produjo hasta el4 de noviembre (dos meses exactamente después de la formación del gobierno de Caballero) fue debido a un regateo sobre el número de ministerios que la CNT reclamaba y no le concedían: «No relataremos ahora –sigue el informe de la AlT– la multitud de inconvenientes que desde las altas esferas políticas se atravesaron al camino de nuestras aspiraciones legítimas. Fueron éstos bien evidentes al tratar de la proporcionalidad en la representación gubernamental».

La CNT reclamaba seis ministerios, tantos como detentaban los socialistas y tuvo que conformarse con cuatro: Justicia, Sanidad, Industria y comercio. En realidad no eran más que dos ministerios. Industria y Comercio siempre habían sido un solo ministerio. Sanidad nunca fue un ministerio, sino Dirección General de Sanidad. Sin embargo, los socialistas siguieron acaparando seis de los principales ministerios: Guerra, Marina y Aire, Estado, Hacienda, Trabajo y Gobernación, además de la presidencia. Se amplió el gobierno con tres ministros sin cartera para que el número de representantes republicanos fuese también de seis. Los comunistas conservaron los ministerios de Agricultura e Instrucción Pública que ya detentaban.

Siempre según el informe del Comité Nacional al congreso de la AlT, el acuerdo de intervenir en el gobierno de Cataluña fue tomado por «un pleno regional de Cataluña de Comités Locales y Comarcales que tuvo lugar en el mes de agosto». La intervención en el gobierno central se acordó en un Pleno Nacional de Regionales: «El Pleno Nacional de Regionales celebrado en Madrid el 28 de septiembre de 1936, informado de las gestiones realizadas por el Comité Nacional de la CNT para lograr la formación del Consejo Nacional de Defensa, vistas las dificultades que para ello se encontraban y ante las necesidad apremiante de intervenir directamente en la dirección de la guerra, la política y la economía, con objeto de evitar el continuo sabotaje que se hacía a nuestra organización, colectividades y columnas militares, daba un amplio voto al Comité Nacional para que, ante la imposibilidad de constituir el Consejo Nacional de Defensa, acordado en el pleno del 15 del mismo mes, pudiera ser lograda la intervención de la CNT en el gobierno».

En el mismo informe al congreso de la AlT el Comité Nacional reitera sus protestas de federalismo funcional: «Algunos camaradas en el exterior se han hecho eco de ciertas habladurías según las cuales en la CNT se abandonaron las normas federalistas. Se agrega en esas críticas que son los comités los que actúan por su cuenta y riesgo, imponiendo sus decisiones a la base. Importa mucho desmentir tales infundios».

Seguidamente se hace constar que desde el 19 de julio de 1936 al 26 de noviembre de 1937 se celebraron en España 17 Plenos Nacionales de Regionales y «suman decenas los plenos en cada región de Locales y Comarcales y varios Congresos Regionales de Sindicatos». Además, «el actual Comité Nacional, que actúa desde noviembre de 1936, ha remitido a la organización 110 circulares dirigidas a los sindicatos, y desde el4 de octubre hasta el 17 de noviembre, 14 circulares dirigidas a las Federaciones Locales y Comités Comarcales».

Se añade que desde el 18 de mayo de 1937 hasta el 21 de octubre del mismo año se han «remitido 21 números del Boletín Informativo», y desde el8 de junio al7 de noviembre, 15 números del Boletín de Orientación Interna. «y últimamente tres números de un Boletín dirigido a los sindicatos en el cual se hace un resumen sintético de las actividades del Comité Nacional».

En cuanto a los plenos celebrados, el mismo informe previene que en «una etapa como la actual, rodeados de adversarios políticos y de enemigos emboscados, ante un aluvión de ingresos en la Organización sobre los cuales no ha sido posible efectuar una investigación a fondo para conocer su exacto pensamiento y todos sus antecedentes, hay que comprender con qué facilidad al discutir los problemas aun en reuniones de militantes, el adversario y el enemigo los conoce inmediatamente de adoptarse las resoluciones».

Más abajo prosigue: «No puede escapar a ninguno de vosotros que los problemas que deben de estudiarse en una situación como la que se atraviesa en España, son a veces tan complicados y delicados que sólo deberían ser conocidos de la vieja militancia de antes del 19 de julio».

Seguidamente se explica cómo se preparan los Plenos Nacionales de Regionales: «El Comité Nacional los convoca por circular, con el orden del día correspondiente y el informe adjunto. Los Comités Regionales pasan la circular a las Federaciones Locales y Comarcales o a los Sindicatos, según lo delicado del orden del día. Convocan reuniones amplias de militantes, en las cuales se discute el orden del día, adoptándose resoluciones que son después defendidas en los Plenos Regionales de Locales y Comarcales, cuyas determinaciones son defendidas a la vez por las delegaciones de los Comités Regionales en los Plenos Nacionales de Regionales. De esta forma, siempre partiendo del principio del anarcosindicalismo, de la ley de mayorías, se adoptan resoluciones a tenor de la discusión e intervención de la militancia en todos los problemas».

Nadie mejor documentado que un espía. Para todo buen conocedor de la mecánica confederal clásica esta detallada explicación no demuestra más que una cosa: que en la CNT de aquella época el federalismo funcional se hallaba completamente suprimido. Este exceso de circulares enviadas a los sindicatos por el Comité Nacional demuestra que éste se había erigido en máquina de consignas. No es regular que un comité superior se relacione directamente y con tanta frecuencia con los organismos de base y utilice a los comités intermedios como estafeta postal. Las relaciones normales de los comités superiores son con los comités intermedios por escalafón inmediato. Lo mismo puede decirse del exceso de Plenos Nacionales, sobre todo cuando no tienen su motivación en la verdadera base orgánica: la asamblea de afiliados. El Comité Nacional convoca esos plenos mediante una circular con el orden del día. Si se quiere significar que el Comité Nacional establecía él mismo el orden del día, diremos que esta práctica es antifederalista. El orden del día es norma que se forme según las sugerencias procedentes de los sindicatos. Pero esto no es lo más grave. El Comité Nacional confiesa que sus circulares son enviadas «a las Federaciones Locales y Comarcales o a los Sindicatos según lo delicado del orden del día». Quiere decir que si el orden del día es «delicado» la circular no llega hasta el sindicato. Luego los asuntos «delicados» planteados a la organización eran resueltos por los Comités mediante la colaboración de «reuniones amplias de militantes» de la vieja guardia. Pues bien: una organización donde solamente opinan y deciden los militantes es una organización de militantes, de élites o, si se prefiere, una organización donde sólo deciden las minorías. Resulta un sarcasmo hablar aquí del «principio del anarcosindicalismo de la ley de mayorías», y sarcasmo es hablar de «amplias reuniones de militantes de la vieja militancia de antes del 19 de julio». Esto quiere decir que ni siquiera todos los militantes de antes del 19 de julio eran aptos para opinar en ciertas cuestiones, sino que sólo la «vieja militancia» de antes del 19 de julio, es decir: los escogidos entre los escogidos. ¿Será necesario decir aquí que el consejero de Economía del primer gobierno de la Generalidad, representante de la CNT, Juan P. Fábregas, era un ilustre desconocido hasta por muchos viejos militantes de antes del 19 de julio? Esto quiere decir que no era de rigor la calidad de viejo militante para intervenir en las «delicadas deliberaciones». Por otra parte, las columnas confederales que luchaban en los frentes estaban repletas de estos «viejos militantes» que no intervenían de ninguna manera en los problemas políticos. Por el contrario, en los comités subalternos de la organización, abundaban, por una razón muy natural, los militantes de después del 19 de julio. Con lo que no es arriesgado afirmar que las resoluciones trascendentales de la organización eran adoptadas por los comités y muy excepcionalmente por la base orgánica. De ahí la abundancia de Plenos de Locales, Comarcales y Nacionales.

Se puede afirmar con fundamento que las necesidades de la época exigían una agilidad de movimiento en la mecánica orgánica y que era necesario tomar las precauciones pertinentes para evitar ciertas filtraciones impertinentes. Con decir que estas necesidades invitaban a dejar de lado el viejo federalismo estábamos al cabo de la calle.

Pero no se puede tildar de «habladurías» e «infundios» ciertas críticas; afirmar que la CNT «sigue siendo la organización de desenvolvimiento federalista» ya renglón seguido demostrar todo lo contrario con las propias palabras. El gran pecado de la delegación española que asistió en 1937 al congreso de la AIT (formada por José Xena, David Antona, Horacio M. Prieto y el secretario general Mariano R. Vázquez) no consiste sólo en hacer patente la impotencia de la CNT para salir airosa de una avalancha de problemas y situaciones de difícil y hasta de imposible solución sin quebranto para los principios, sino en denostar estos principios por no tener la capacidad, la firmeza o la posibilidad material para salvaguardarlos. Otro de sus grandes pecados fue su pretensión en querer acomodar los estatutos de la AIT a la trayectoria de una CNT new look poniendo sobre la mesa de votación su millón y medio de afiliados.

En el informe que analizamos hay confesiones de impotencia que conmueven por su profunda sinceridad. Todos comprendemos perfectamente que en el fondo de aquella etapa de colaboración hubo un encadenamiento de situaciones que tirando una de otras colocaron a la CNT en una dramática encrucijada moral y materialmente impotente. Creo que se trata de un proceso común a todas las grandes revoluciones de la historia. El principio revolucionario mismo saldría muy mal parado de un análisis procesal profundo.

Ya hemos dicho que la reacción psicológica que estamos estudiando fue en el fondo profundamente humana por la categoría de los obstáculos interpuestos. A la distancia de tantos años, creo que quienes estuvimos en todo momento frente a la tesis gubernamentalista no hubiéramos podido dar a los problemas planteados otra solución de recambio que el gesto estoico o numantino. Creo, inclusive, que hubo una complicidad inconfesada en muchos militantes enemigos de la colaboración, quienes gritaban sus santas iras al mismo tiempo que dejaban hacer. Y, sin embargo, eran también sinceros a su manera; sinceros en su impotencia. Ninguna solución podían ofrecer que salvase a la vez tantas cosas preciosas como eran el triunfo de la guerra contra el fascismo, la marcha hacia adelante de la revolución, la fidelidad integral a las ideas y la conservación de la propia vida. Ya falta de un poder taumatúrgico o sobrenatural, estos hombres se consolaban a sí mismos aferrados a la bandera de los principios.

Entre estos hombres, pocos o muchos, los había cuya negación, estoicismo o numantismo no puede desdeñarse a la ligera. Para ellos la única solución consistía en marcar el presente de una huella indeleble sin comprometer el futuro de la organización. Las experiencias revolucionarias de tipo constructivo: colectividades, creaciones artísticas y culturales, ejemplos de vida libre y solidaria, son el tipo de huella indeleble capaz de sobrevivir a la más feroz contrarrevolución. No comprometer el futuro actuando positivamente significa mantenerse fuera del torbellino de las intrigas, evitar la complicidad contrarrevolucionaria en el seno de los gobiernos, preservar a la organización que se ama y a sus militantes del vértigo de la vanidad gubernamental o de la situación de nuevos ricos, evitar el contagio de un mundillo de bajos apetitos con vistas a ese mañana eterno como el espacio y el tiempo, en que todos hemos de ser juzgados por nuestras obras y no por el estrépito de nuestra capacidad silogística.

En una revolución hay que distinguir dos cosas: la obra constructiva en lo moral y en lo económico, la consecuencia en la integridad incorruptible; y el destino propio de la revolución como fenómeno anecdótico. No siempre se puede dominar convenientemente el destino de una revolución política que tiene, según parece, sus leyes propias de Levante y Poniente, de aurora, cenit y ocaso. Pero podemos hacer que permanezcan vivos los vestigios edificantes entre las cenizas de la revolución malograda. Este saldo de vestigios permanentes es tal vez la única revolución real y positiva.

¡Pobre de la revolución que para salvar su finalidad suprema se devora a sí misma! ¡Pobre de la revolución que aguarda al triunfo final para realizarse!

A pesar de todos los inconvenientes y torpezas, la revolución española tuvo el acierto de realizarse a sí misma. La obra revolucionaria de las colectivizaciones será su huella indeleble en el espacio y el tiempo.

Lo demás pasará a la posteridad como un mal sueño. Pasarán también al olvido los que, sintiendo la nostalgia de unas muy anchas casacas ministeriales y unos uniformes militares no menos fugaces, sueñan todavía, al cabo de cerca de cuarenta años, en un partido político libertario imposible, porque el movimiento libertario español tiene raíces históricas, psicológicas y populares profundas cuyo desarraigo es su muerte.

Textos extraídos de José Peirats, Los anarquistas en la crisis
política española, Madrid, 1976.

Del Dossier «El anarcosindicalismo español entre el posibilismo y el fundamentalismo», publicado en Polémica, nº 89, julio, 2006

Ventajas y riesgos del posibilismo

Ventajas y riesgos del posibilismo

Chema BERRO

Sé de las dificultades a la hora de hacer atractivo un planteamiento posibilista. En ideas, como en cualquier otro producto de consumo, vende 10 rotundo, 10 redondo. Las personas buscan seguridades, respuestas que disipen cualquier duda, definiciones que reafirmen todos los componentes del ser o identitarios. Esto se consigue mejor desde planteamientos esencialistas en los que a través de una lógica sin fisuras se va construyendo una verdad total, inamovible, valedera para cualquier situación y circunstancia, desde la que nos reconocemos y desde la que nos situamos en una especie de superioridad respecto a la realidad de la que nos enseñoreamos; eso sí, sin ninguna posibilidad de cambiarla. El precio a pagar para conservar los esencialismos es mantenerse en el plano general y de las verdades abstractas, extrayendo para lo concreto recetas que de ellas emanan, pero manteniendo siempre lo real y concreto en un decidido segundo plano, teniendo meridianamente claro que si la realidad no responde a esos esquemas la culpa es suya y que peor para ella. Un posicionamiento magnífico para todo aquel que tenga vocación de ermitaño, más dudoso para quien pretende influir y modificar lo social, pues lleva a la convicción –a través de ese razonamiento de que la culpa es de la realidad, de la sociedad, de los otros– de que el acceso de estos a la verdad sólo puede producirse a través de un endurecimiento crudo y drástico: el «cuanto peor, mejor», típico del maximalismo, aboca a planteamientos totalitarios. Y el totalitarismo es totalitarismo, siempre antisocial y reaccionario.

Por el contrario, defenderé que quien quiera trabajar la realidad social para modificarla debe aceptar moverse en lo relativo y posible, que esa realidad sólo es abordable desde lo concreto y lo parcial, y que para eso estorba seriamente todo 10 que se refiere a elementos identitarios o adscripciones ideológicas.

Procurando añadirle, además, que el posibilismo nada tiene que ver con la renuncia ni constituye una pendiente sin límite en la que todo acaba valiendo, sino que es la forma más honesta de plantearse la intervención social y la que mantiene la propia vida como apuesta.

Con pesar tengo que aclarar que en esta posición no represento a nadie y que en mi organización, la CGT, predomina la posición contraria, la de la preocupación por las ideas y los elementos identitarios. Pese a ese predominio, afortunadamente, muchas personas que en ideas se adhieren a planteamientos esencialistas y maximalistas en lo concreto practican un posibilismo muy meritorio.

Refugios ideológicos y maximalismos acomodaticios

Las ideologías, si en otro momento histórico fueron un instrumento útil para la intervención social han dejado de serlo. No sirven como método de análisis: la realidad actual, en su obviedad sólida, no se abarca por el mero análisis descriptivo sino por flhases de lucidez parciales, escapando a los cuerpos doctrinales con pretensiones de totalidad. Tampoco sirven para la intervención: todos los principios y tácticas se convierten en rémoras para una intervención que sólo puede ser flexible y contradictoria, sin dejarse encasillar en un papel determinado, lo que la volvería previsible y, con ello, encajable en los planes del poder. y ni siquiera son acicate personal y grupal a la intervención: no inquietan y agitan a su detentador sino que lo desculpabilizan y amansan; de por sí salvan y autosatisfacen, y el satisfecho no está urgido a buscar cambios.

Nada hay hoy tan opuesto a la búsqueda de caminos como la posesión de la verdad.

Ninguna respuesta puede ser más que parcial y provisional, sin matar nunca la pregunta a la que responde. Nada hay tan desmovilizador como la ausencia de culpabilidad, que la ideología fomenta por satisfacción, añadiéndola a la desculpabilización imperante: débil, estúpida, uniformadora y cínica.

Bastaría observar la relación directa entre doctrinarismo y grupusculismo como elementos que mutuamente se potencian: la autosatisfacción por los elementos definitorios, la necesidad de propagar en todo momento y ocasión toda la verdad (para eso se tiene), el sectarismo, más enconado todavía con los más cercanos ...

Las ideologías necesitan una defensa estricta de sí, cualquier fisura parcial las haría estallar, con lo que viven centradas sobre sí mismas y eluden el contacto con la realidad.

Pero no sólo las ideologías, cualquiera de los postulados aunque sean parciales (el antimilitarismo, la participación, etc.), hasta ayer operativos, tienen hoy eficacia dudosa. La intervención está ligada a lo concreto y al momento y es ella la que abre o cierra posibilidades. El antimilitarismo, muy loable y deseable, se la juega en el inicio de una guerra o cuando se está proyectando la instalación de una fábrica de armas, y la oposición más rotunda no es la que se empeña en defender el planteamiento más diáfano; si la guerra se ejerce o la fábrica se instala el mundo será más militarista, aunque el antimilitarista se consuele con los incrementos de la concienciación y el posible crecimiento del grupo (la conciencia, la sensibilización, las éticas ... son las formas actuales de la resignación). Algo similar podría decirse de la participación, objetivo noble e irrenunciable pero que no puede convertirse en razón (o excusa) de espera: en cada momento hay que esforzarse por suscitar y recoger la máxima participación posible, pero esa participación, la que sea, hay que revertirla en actuación.

Anteriormente funcionaba una secuencia lógica por medio de la que la información generaba opinión y ésta se traducía en convicción y actuación. Hoy esa cadena está rota por el exceso de información y su filtro mediático y por la impotencia iniciada frente a lo lejano y general, que suscita acostumbramiento, acaba por trasladarse a lo cercano y nos va conduciendo a la pasividad y aun al cinismo.

La ruptura de la pasividad sólo es posible desde lo cercano y concreto en el que el conocimiento es vivencia y no dato, la opinión contagio y la actuación posible.

Eso, la realidad concreta, es difícilmente accesible al maximalismo, cuya tendencia será a refugiarse en lo general y abstracto, en las grandes afirmaciones absolutamente ciertas pero nulamente operativas. Desencuentro con la realidad que acaba llegando al desprecio, a la explicación estéril, a la culpabilización del otro, a la renuncia de la aproximación, a vivir en el refugio. El maximalismo deja de ser una práctica para convertirse en estética, deja de ser un compromiso para ser pose. Sólo el «cuanto peor, mejor» podría ser su intento de aproximación a la realidad, pero mejor que no lo ejerza, mejor que el maximalismo siga en pose, pues la caída en el totalitarismo sería inmediata.

El posibilismo es tensión

Las primeras personas que se plantean luchar contra lo existente están haciendo un acto de rebeldía, movidas por el malestar que les produce la situación que viven. En su andadura van desarrollando todo un bagaje de formas de actuación y organización, comportamientos y actitudes, finalidades e ideas que son útiles a ese movimiento inicial por transformar la realidad y que acaban configurando una identidad. Cambiar la realidad existente es el fin, lo demás son útiles de los que se dota; es una relación de utilidad mucho más allá del utilitarismo inmediatista, pero nunca el bagaje sustituye ni supedita la rebeldía inicial, la voluntad imperiosa de cambiar la realidad.

Hoy esa inversión se ha producido y ese bagaje o elemento de ser e identificación no necesariamente lleva incluida la rebeldía contra lo existente, sino que en ocasiones ha pasado a ser fuente de justificación y acomodo, siendo necesaria una especie de vuelta a la situación inicial: poner la rebeldía por encima del esquema revolucionario, la voluntad por encima de la cadena de ideas lógicas y el rechazo a lo existente por encima de metas y finalidades. Renunciar al paraíso para dar paso al rechazo, a la voluntad de cambio, al real y posible; no hay otro. Sustituir el «me gustaría» por el querer es el centro del planteamiento posibilista. Liberar ese querer requiere situarse en una suerte de intemperie, de no saber, de no ser, fuera de los refugios, de las certezas y de las definiciones.

Ningún parecido con alguna forma de adecuación a la realidad o de connivencia con lo existente. El posibilismo es aceptar el reto, no eludirlo, jugarle al poder en el terreno en el que se ejerce: el de los hechos reales. N o soñar con que «otro mundo es posible», que es un forma de edulcorar la solidez pesada del existente; hacer que el mundo actual sea imposible, como única forma de que dé paso a otra realidad hecha posible.

El posibilismo es tensión y exigencia, voluntarismo puro, asunción del riesgo, conciencia desarrollada del poder atrapante de la realidad, de su capacidad de integración, sólo superable por el acto de voluntad, por el no encorsetamiento en un determinado papel o forma de actuación

Y esa tensión sólo puede darse en el posibilismo que es el que mantiene los dos polos de referencia que el maximalismo mata: apego a la realidad y voluntad de cambiarla. Cuando la hipotética voluntad de cambio se despega de la realidad deja de ser voluntad para convertirse en ensoñación, tan estéticamente hermosa como falsa, similar a un anuncio comercial.

El posibilismo, aceptada esa tensión inicial, es capaz de trasladarla a cada una de las situaciones en las que vuelve a mantener unidos realismo y voluntarismo, en los que vuelve a aceptar el reto y a correr el riesgo.

En lo concreto los riesgos centrales del posibilismo son dos. El primero es el del papel adormecedor de la realidad actual. La exigencia de buscar la mayoría, que en sí es saludable, tiende a entrar en una especie de democraterismo uniformador. El problema, que afecta a todo el esquema se plasma de manera más fuerte en los métodos de actuación: necesitamos la mayoría y para acceder a ella los métodos que le proponemos de actuación social son cada día más débiles, estando más encaminados a obtener la mayoría que a resolver el problema o la situación a la que nos enfrentamos, y nos van sumiendo en una rodada a la baja, acomodaticia y estéril en cuanto elemento de cambio. Tiene que ver con lo que apuntaba más arriba sobre el adormecimiento en los testimonialismos, concienciaciones y sensibilizaciones, e incluso con las éticas presentadas como aceptables en el propio esquema revolucionario. y no se resuelve más que volviendo a poner en el centro la realidad. No actuamos para alcanzar la mayoría sino para enfrentarnos y resolver una situación determinada. La mayoría es una variable de resolución, pero no la única y me atrevería a decir que ni tan siquiera es la más importante. La única forma de mantener una relación equilibrada hacia esa búsqueda de la mayoría es estando dispuestos a actuar en minoría e incluso individualmente. Se trate de mantener en el centro el enfrentamiento contundente y eficaz a la situación que nos planteamos, manteniendo la (deseable) mayoría en su papel de instrumento presto y adecuado para determinadas situaciones, pero inadecuado para otras.

El segundo riesgo del posibilismo –situado en esa intemperie de ideas, de finalidades, de éticas, de principios y de tácticas preconcebidas– es el del «todo vale» absolutamente demoledor, tanto como el «cuanto peor, mejor» del maximalismo. Sabiendo que todo no vale, pero que los criterios de valor (las tácticas, las éticas, los principios, las finalidades) recibidos no nos sirven; sabiendo que lo que se trata de defender es la rebeldía inicial, la exigencia urgente de actuar contra una situación radicalmente injusta y que no se trata de salvar un cuerpo de doctrinas que esa rebeldía constituyó en otro tiempo; la pregunta es si nuestra actuación desde sí misma es capaz de alumbrar criterios que la guíen, éticas que la limiten, metas que la orienten por lo menos en el corto camino que en cada momento podemos tratar de recorrer, o lo que es lo mismo si la eficacia que debe serle exigible a cualquier actuación permite establecer entre la actuación y el impulso que la inicia una relación más allá del utilitarismo inmediatista.

No estoy nada seguro de que sea así, nada seguro de que el posibilismo sea capaz de abrirse camino en el cada vez más estrecho margen entre los riesgos revitalizados y omnipresentes de la integración y la marginación. Sé que el maximalismo renuncia de antemano, da el problema por resuelto definitivamente y se ahorra la tensión; no se equivoca nunca y salva la idea al precio de mantenerse en el Olimpo. El posibilismo puede ser un intento si se mantiene como apuesta, como búsqueda, como errar y rectificar, como tensión, como expresión del querer, del querer no como ensoñación sino como voluntad activa. Sin estar seguro de que sea posible, estoy seguro de que hay que intentarlo.

Del Dossier «El anarcosindicalismo español entre el posibilismo y el fundamentalismo», publicado en Polémica, nº 89, julio, 2006

El posibilismo anarquista. Cumbres inalcanzables, pendientes resbaladizas

El posibilismo anarquista. Cumbres inalcanzables, pendientes resbaladizas

La historia del anarcosindicalismo español, como ocurre en todo gran movimiento social, se debatió siempre entre la fidelidad a sus principios ideológicos y su necesidad de adecuarse a las circunstancias de cada momento histórico. Junto a los Durruti o García Oliver, siempre estuvieron los Pestaña o los Peiró. Todos ellos hicieron de la CNT lo que fue, y son elementos inseparables de su historia. ¿Cómo convivieron esas dos tendencias a lo largo de la historia?

Jesús RUIZ PÉREZ  

Posibilismo o fundamentalismo: ¿un falso dilema?

El dilema entre posibilismo o fidelidad absoluta a los principios a la hora de actuar remite en el fondo a otro problema clásico, el de la relación entre los medios y los fines. Afecta por lo tanto a una de las características que definen al anarquismo, la exigencia de armonía entre procedimientos y objetivos: la convicción de que algunos medios hacen imposible alcanzar el fin que se desea. El objetivo de abolir el capitalismo y el Estado, para sustituirlos por una organización social sin explotación económica y sin autoridad, igualitaria y libre, no es exclusivo de los anarquistas. Pero el anarquismo se diferencia del resto de tendencias en que aspira a poner en práctica tal proyecto de modo inmediato, en el acto mismo de la revolución, y se opone a cualquier forma de toma de poder o de gobierno de transición.

Para no quedar, por definición, fuera de las fronteras del anarquismo, la opción posibilista debe cumplir el requisito que acabamos de exponer. Aceptando este criterio, el posibilismo tiene derecho a la credencial de «libertario» cuando se asume: 1) a partir de la percepción de una debilidad, con frecuencia el diagnóstico de la falta de condiciones para emprender con éxito la revolución, y 2) sólo con el objetivo de corregir tales carencias antes del asalto definitivo, momento, éste sí, en el que no caben ya prórrogas ni coartadas.

Considerar la premisa anterior es lo que hace que cobre pleno sentido hablar de fundamentalismo. Porque la esencia del otro polo de la disyuntiva reside en la convicción de que, aun cuando fuera exacto el diagnóstico de que aún no es posible hacer la revolución, incluso entonces resulta preferible actuar, en todo momento y sin concesiones circunstanciales, conforme a los principios, ya que traicionarlos supone deslizarse al reformismo y contribuir a obstaculizar los propios objetivos emancipadores, más aún en aquellos casos en que los posibilistas centran su táctica en colaborar con el aparato estatal. Sebastián Faure expresó muy bien esta postura, a propósito de la entrada en el Gobierno de la República de varios ministros anarquistas, durante la Guerra Civil:

Alejarse –aun en circunstancias excepcionales y por breve tiempo– de la línea de conducta que nos han trazado nuestros principios, significa cometer un error y una peligrosa imprudencia. Persistir en este error implica cometer una culpa cuyas consecuencias conducen, paulatinamente, al abandono definitivo de los mismos. [...] Es el engranaje, es la pendiente fatal que puede llevarnos muy lejos.

[...] No ignoro que no es siempre posible hacer lo que sería necesario hacer; pero sé que hay cosas que es rigurosamente necesario no hacer jamás.[i]

El problema de los medios y los fines, que no está zanjado de antemano, vuelve a reclamar nuestro interés.

El sujeto del dilema

Este artículo pretende repasar algunos «momentos privilegiados», en los que se planteó de modo más intenso en el seno del movimiento libertario la tensión entre la actuación fundamentalista de unos anarquistas y la posibilista de otros. Y ello a partir de la premisa de que el fundamentalismo constituyó, en buena medida (aunque no sólo) una reacción frente al posibilismo, el intento de desautorizar y frenar las expresiones de lo que consideraban una tendencia «desviacionista», por lo que ambos se solieron manifestar de modo simultáneo.

Hay que precisar también que el presente repaso histórico se centra, para evitar dudas sobre la sinceridad revolucionaria de sus protagonistas, en el comportamiento del grupo de dirigentes y militantes que constituían el «núcleo duro» del movimiento libertario: aquellos que se encontraban familiarizados con los principios del anarquismo y de quienes dependía la creación, la orientación y el funcionamiento cotidiano de las estructuras asociativas inspiradas en éste.[ii]

Por eso, antes de pasar a la exposición, me ocuparé brevemente de un tema que considero imprescindible para comprender el fenómeno del posibilismo en toda su extensión: el de las relaciones de los trabajadores de base, por una parte, con los dirigentes y militantes anarquistas y, por otra, con el movimiento republicano.

La tendencia actual entre los historiadores es explicar la persistencia y el vigor del anarquismo en España por su capacidad para canalizar las reivindicaciones populares y cohesionar, a través de sus múltiples instituciones, un entramado de relaciones y solidaridades entre amplias capas de la población: obreros fabriles, artesanos y jornaleros del campo, mujeres preocupadas por los precios del mercado, inquilinos, jóvenes llamados a filas... Un éxito al que contribuyó la diversidad, la autonomía (implícita en el propio sistema federal de relaciones) y la pluralidad interna de las formas de asociación que abarcó. Resulta en este sentido muy apropiado hablar de movimiento libertario, en tanto movimiento social.[iii] Los auges y caídas del anarquismo en España se debieron a la capacidad de conectar (o no conectar) con esta base popular. Y ponen de manifiesto algo que siempre tuvieron presente los libertarios, que por el mero hecho de afiliarse al sindicato un obrero no se convertía en anarquista, y que la lealtad del respaldo que conseguían suscitar requería ser afianzada.

Durante un largo trecho (1868-1939) el movimiento libertario hubo de disputarse la lealtad de la clase obrera con los republicanos, y en ocasiones también tuvo que compartirla. Republicanismo y anarquismo tenían en común principios ideológicos, tales como la confianza en el poder emancipador de la cultura y la fe en el progreso. Y, al igual que los anarquistas, los republicanos consiguieron canalizar las esperanzas populares de transformación social, pusieron en marcha sus propias redes asociativas, que incluían relaciones de apoyo y colaboración con los sindicatos, cuando no la fundación de éstos, y confluyeron con frecuencia en un mismo espacio de disidencia en actividades relacionadas con la formación cultural de los trabajadores, la enseñanza laica, el anticlericalismo o la defensa de las libertades civiles y los derechos fundamentales. Anarquismo y republicanismo se relacionaron entre sí por la base a la manera de vasos comunicantes, en particular en aquellos momentos en que los republicanos desafiaron más seriamente al sistema político o llegaron a ocupar el poder, suscitando primero un flujo de apoyo y luego un reflujo de desilusión.[iv]

La existencia de estos vínculos estrechos, de experiencias, visiones del mundo y objetivos en común, resultó un terreno propicio para que surgieran muchas de las manifestaciones de posibilismo que abordaremos a continuación.

La Primera República

Cuando se proclamó la República, a principios de 1873, la Federación Regional Española (FRE) constituía la sección bakuninista más numerosa de la recién escindida Primera Internacional, y durante ese año llegaría a alcanzar en torno a los 50.000 afiliados.

Bajo el nuevo régimen se produjo la participación en las elecciones de candidatos salidos de las filas internacionalistas, y en Jerez llegaron a ocupar el poder local en coalición con los federales, facción republicana que gozaba de amplio apoyo entre los trabajadores y que de hecho, como ha revelado el estudio pormenorizado de tales relaciones en Andalucía, compartió con frecuencia dirigentes y seguidores con las sociedades obreras de la FRE.

Los internacionalistas también participaron en las insurrecciones cantonales, promovidas por los federales intransigentes en Andalucía y el País Valenciano, y dirigentes obreros entraron a formar parte de los nuevos órganos de poder municipal, siendo el más célebre el caso de Fermín Salvochea, que ocupó la Alcaldía de Cádiz.

De las revueltas de julio sólo tuvieron carácter exclusivamente internacionalista la sublevación de los trabajadores de Alcoy, liderada por la Comisión Federal de la FRE, y que fue la única que mereció la aprobación oficial de este organismo, y la de Sanlúcar, que se saldó con el acceso de los insurrectos, muchos de ellos federales, al poder local.[v]

Insurrecciones republicanas (y anarquistas)

La CNT, constituida en 1910, inició una espectacular expansión a partir de 1916, que la situó, a la altura del Congreso de la Comedia, de diciembre de 1919, en la cifra histórica de 800.000 adherentes. En las fases iniciales de este crecimiento tuvo lugar otro de los momentos clave de posibilismo, la participación de la CNT en la huelga general revolucionaria de 1917, que supuso sumar sus fuerzas a los socialistas y a los republicanos en un movimiento que pretendía la instauración de un régimen democrático.[vi]

La restauración de las libertades democráticas constituyó así mismo el objetivo inmediato que llevó a la CNT, desde los inicios de la dictadura impuesta por el golpe de Estado de Primo de Rivera, en 1923, a conspirar con catalanistas, constitucionalistas y republicanos, colaboración en la que destacó por su amplitud la huelga general revolucionaria de diciembre de 1930.

En paralelo los grupos anarquistas, y, desde su fundación a partir de 1927, la FAI, proyectaron conspiraciones con pretensiones revolucionarias, iniciativas que provocaron desencuentros con la dirección cenetista.[vii]

La Segunda República

La instauración de la Segunda República, en 1931, permitió a la CNT volver a funcionar dentro de la legalidad y atraer a gran número de trabajadores (en torno a 800.000 afiliados a finales de año), que encontraron en ella el instrumento de reivindicación adecuado a sus necesidades. La etapa democrática que se iniciaba propició que se planteara con intensidad, entre los cenetistas, un conflicto entre dos modos de concebir la revolución. Por una parte la tendencia denominada «treintista», que concebía la revolución como un movimiento de masas encuadradas en los sindicatos, se mostró partidaria de aprovechar el margen de libertad que el nuevo régimen proporcionaba para desarrollar una potente estructura sindical, postura que implicaba tolerar durante un tiempo el poder republicano. Por otra parte el sector intransigente, que tuvo un poderoso referente en la FAI, aunque sólo una parte de quienes lo integraban formaban parte de ella, mantuvo la postura fundamentalista de que postergar la revolución conducía al reformismo, una actitud que, en el terreno de la práctica, condujo al desafío a las instituciones republicanas, a través de conflictos de carácter político, y a la coordinación de insurrecciones, como las que en 1933 condujeron a la implantación en varios municipios españoles del comunismo libertario. El enfrentamiento entre ambas tácticas divergentes condujo a la escisión de la CNT, con la salida de su seno, en parte forzada por una cadena de expulsiones, del sector «treintista», que organizó los Sindicatos de Oposición.[viii]

Junto al posibilismo en el plano sindical, durante la Segunda República surgió también el posibilismo en el terreno político, fenómeno que constituye el tema de la Tesis Doctoral que estoy escribiendo. Volvieron a cobrar fuerza las relaciones entre republicanos y libertarios, nunca desaparecidas del todo, produciéndose fenómenos de doble militancia, más extendidos en la base de formaciones tradicionalmente próximas al movimiento libertario, como el Partido Federal, y en la de nuevos partidos de extrema izquierda, como el Partido Social Revolucionario.[ix] Del mismo modo, se produjo en varios municipios de España la participación en el poder local de libertarios, con candidaturas sindicalistas o encuadrados en agrupaciones de partidos de la izquierda burguesa.[x] Y parte de aquellos que aceptaban el parlamentarismo, aunque sólo como un medio de apoyar la acción del sindicalismo revolucionario, y no como un fin, llegaron a formar un partido político propio, el Partido Sindicalista, cuyo fundador, Ángel Pestaña, resultó elegido diputado en 1936 dentro del Frente Popular.[xi]

Hay que hacer notar por último que el desafío más serio a la autoridad del Estado, la revolución de octubre de 1934 en Asturias, supuso en cierta medida una ruptura con la tendencia fundamentalista de la CNT, ya que se basó en un pacto regional de cooperación con la UGT. La Confederación acabó adoptando de modo oficial una postura favorable a la alianza revolucionaria con los ugetistas en el Congreso Nacional de mayo de 1936, en el que también se formalizó el reingreso de los Sindicatos de Oposición.

La Guerra Civil

El éxito en gran parte del país de la sublevación militar de julio de 1936, y el protagonismo de las organizaciones obreras a la hora de sofocar la rebelión en el resto del territorio, tuvo como consecuencia el colapso de los mecanismos de coerción del Estado (Ejército y policía) y el debilitamiento de la autoridad de los poderes públicos, ofreciendo a los anarquistas la esperada oportunidad para iniciar la transformación de la sociedad. Una constelación de Comités Revolucionarios, muchos con predominio de la CNT, allí donde ésta tenía más apoyos, asumieron en la práctica el poder local y el control del orden público, sustentado en milicias armadas. De estos Comités, el más conocido es el Comité Central de Milicias Antifascistas de Barcelona, donde, al igual que en otros importantes Comités Revolucionarios creados al inicio de la guerra en la zona republicana (Comité de Guerra de Gijón, Comité Ejecutivo Popular de Levante), primó la colaboración con las demás fuerzas sindicales y políticas, ante la evidencia de que la CNT y la FAI no eran la única organización «antifascista». De este modo los anarquistas aspiraban a preservar, en buenos términos con el resto de organizaciones, la soberanía sobre las zonas bajo su influencia y sobre el proceso revolucionario que, con la represión sobre sus adversarios tradicionales (patronos, propietarios agrícolas, religiosos) y las incautaciones, acababan de poner en marcha.[xii]

La autogestión de los trabajadores en las fábricas y en los campos ha sido reconocida como el fenómeno más genuinamente revolucionario de la Guerra Civil, y en él quedó plasmada la voluntad de los anarquistas de emprender una profunda transformación de la convivencia. El proceso fue irregular, y no cabe duda de que en algunos lugares las colectividades se impusieron por medios coercitivos, en particular en las zonas de Aragón oriental ocupadas por columnas confederales donde la CNT carecía de implantación. Lo que no quita que en otros lugares las colectivizaciones contaran con un amplio respaldo, algo que patentizó la reconstrucción de colectividades aragonesas después de que éstas hubieran sido disueltas a la fuerza por las tropas de Líster. La UGT también intervino en la colectivización, especialmente en aquellas áreas geográficas y sectores industriales donde estaba más implantada, y abundaron las colectividades mixtas, CNT-UGT.[xiii]

La decisión de participar en el poder, primero en la Generalitat de Cataluña y luego en el Gobierno de la República, y más tarde de compartirlo en el Consejo de Aragón, autoridad regional autónoma inicialmente compuesta sólo por anarquistas, se vio favorecida por el hecho consumado de que tal cooperación con el resto de fuerzas políticas ya se había producido a escala local, y por consideraciones similares a las que habían motivado ésta. Tal paso provocó debates, y siempre se alzaron voces críticas, aunque predominó la tendencia favorable. El verdadero rechazo no se produjo con la entrada en el Gobierno, sino más adelante, cuando parte de los comités y localidades donde ejercían su influencia los anarquistas, y también parte de los milicianos, se resistieron a aquellas disposiciones gubernamentales que mermaban sus atribuciones: la sustitución de los comités revolucionarios por consejos municipales, con participación de todos los componentes del Frente Popular, la militarización de las columnas, la regulación de las colectivizaciones.[xiv]

La resistencia a las progresivas intromisiones de la autoridad estatal, cuyo aparato coercitivo se había recompuesto, quedó simbolizada en las barricadas erigidas por los anarquistas en Barcelona en mayo de 1937; y la renuncia al desafío, optando por continuar la colaboración, tuvo su correlato en la llamada a deponer las armas efectuada por los dirigentes de la CNT. Este punto de tensión máxima supuso también el principio del retroceso de la influencia política de los anarquistas, que quedaron relegados por sus antiguos socios a un papel cada vez más marginal en los órganos de gobierno, y expuestos a medidas represivas como la desarticulación del Consejo de Aragón.

La lucha contra la Dictadura franquista

La instauración de la Dictadura franquista sobre todo el territorio supuso la culminación de un proceso represivo brutal, que consiguió destruir el tejido social de las anteriores tradiciones republicana y libertaria. La ausencia de relevo generacional, la debilidad numérica y la precariedad organizativa dentro del país presidieron la actuación de los anarquistas en este periodo.

La CNT del interior mantuvo de modo mayoritario la búsqueda de alianzas con el resto de fuerzas políticas opuestas al régimen, incluidos los monárquicos, encaminadas a reestablecer la democracia en España. El cambio de las organizaciones anarquistas en el exilio, en particular la radicada en Francia, a una postura de oposición a tal tipo de pactos (que en principio también habían secundado) acabó provocando una escisión con los posibilistas del interior en 1945, que se mantuvo hasta 1961, y que se tradujo en divisiones intestinas en cada país. Como alternativa a las negociaciones políticas, existieron también desde el principio intentos de derrocar el régimen por la vía insurreccional, promovidos desde el exilio o autónomos (de grupos guerrilleros), de entre los que destacó el protagonizado por Defensa Interior tras la reunificación.

El posibilismo entre los cenetistas del interior tuvo otra expresión en varias tentativas de integración en el Sindicato Vertical, todas rechazadas por la CNT salvo en el caso de la conocida como «cincopuntismo», aceptada brevemente de modo oficial en 1965.[xv]

En su reciente estudio sobre este periodo, Ángel Herrerín, que emplea el término posibilista para describir la corriente descrita hasta aquí, engloba también dentro de ésta la revisión ideológica que llevó a algunos anarquistas a aceptar como objetivo un «Estado Sindicalista»; esta vertiente queda sin embargo fuera de la definición de posibilismo que he establecido como punto de partida para este artículo. Creo además que la pretensión del autor de extender tal postura estatista al conjunto de los posibilistas de la época carece de rigor, por cuanto no se apoya en evidencias, sino en la presunción de que éstos, a pesar de sentir la necesidad de dicha renovación ideológica, «no fueron capaces de definirla».[xvi]

Breve epílogo a propósito del presente

Poco puedo decir acerca de la situación del anarcosindicalismo actual que no conozcan los lectores, de quienes de hecho debería aprender yo. La escisión entre CNT y CGT constituye la expresión contemporánea del dilema entre fundamentalismo y posibilismo, referido en esta ocasión al principio de acción directa. Al mismo tiempo, junto al sindicalismo revolucionario se ha reorganizado un tejido asociativo plural que, aunque no siempre se identifique como anarquista, asume los principios libertarios, y del que constituye la expresión más poderosa el movimiento antiglobalización, sustentado por toda una constelación de colectivos autónomos.

Del repaso histórico hecho hasta aquí se desprende un resultado significativo: el posibilismo ha sido un fenómeno persistente dentro del movimiento libertario que, a pesar de adoptar expresiones dispares a lo largo del tiempo, ha pretendido cubrir dos objetivos: garantizar una convivencia democrática y canalizar de modo efectivo las reivindicaciones populares. Y estas dos cuestiones, que todavía exigen una respuesta a escala planetaria, se encuentran presentes, bajo la fórmula «ampliar los límites de la jaula», en el seno del movimiento antiglobalización, heterogéneo y aún enfrentado al reto de encontrar formas de acción efectivas.[xvii]

Y es que el dilema de los medios y los fines siempre retorna, inevitable, para aquellos que sienten la necesidad urgente de transformar la realidad.

Del Dossier «El anarcosindicalismo español entre el posibilismo y el fundamentalismo», publicado en Polémica, nº 89, julio, 2006

NOTAS

[i] Sebastián FAURE, La pendiente fatal, Montevideo, 1937, citado en José PElRATS, La CNT en la revolución española, Cali, La Cuchilla, 1988, tomo 1, pp. 221-225. Hizo suya la imagen Manuel AZARETTO, Las pendientes resbaladizas. Los anarquistas en España, Montevideo, Editorial «Germinal», 1939, versión de la metáfora de Faure que recoge el titulo de este articulo.

[ii] Parto de la distinción entre dirigentes, militantes y afiliados establecida por Anna MONJO, Militants. Participació i democracia a la CNT als anys trenta, Barcelona, Laertes, 2003, haciéndola extensiva, por considerarla una herramienta de análisis adecuada, a otras organizaciones, no sólo a los sindicatos.

[iii] Susanna TAVERA (ed.), El anarquismo español, Ayer, N° 45, 2002, Javier PANIAGUA, «Una gran pregunta y varias respuestas. El anarquismo español: desde la política a la historiografía», en Historia Social, Nº 12 (1992), pp. 31-57, y, del mismo autor, «Otra vuelta de tuerca. Las interpretaciones del arraigo del anarquismo en España, ¿sigue la polémica?», en Germinal, Nº 1 (2006), pp. 5-22 http://www.hetera.org/xpaniagua.htmb.

[iv] José ÁLVAREZ JUNCO, La ideología política del anarquismo español (1868-1910), Madrid, Siglo XXI, 1976, y, del mismo autor, ÁLVAREZ JUNCO, J., El Emperador del Paralelo. Lerroux y la demagogia populista, Madrid, Alianza, 1990, Ángel DUARTE, «La esperanza republicana», en Rafael CRUZ y Manuel PÉREZ LEDESMA (eds.), Cultura y movilización en la España contemporánea, Madrid, Alianza, 1997, pp. 166-199, Ramiro REIG, «El republicanismo popular», en Ángel DUARTE, Ángel y Pere GABRIEL (eds.), «El republicanismo español», Ayer, N°39 (2000), pp. 83-102, y José Luis GUTIÉRREZ MOLINA, «El abogado Barriobero y la defensa de anarcosindicalistas. Relaciones entre anarquismo y republicanismo», en Julián BRAVO VEGA (ed.), Eduardo Barriobero y Herrán (1875-1939): sociedad y cultura radical. 1932, los sucesos de Arnedo, Logroño, Universidad de La Rioja, 2002, pp. 134-150.

[v] Josep TERMES, Anarquismo y sindicalismo en España. La Primera Internacional (1864-1881), Barcelona, Crítica, 2000, y Antonio LÓPEZ ESTUDILLO, Republicanismo y anarquismo en Andalucía. Conflictividad social agraria y crisis finisecular (1868-1900), Córdoba, La Posada, 200l.

[vi] Antonio BAR. La CNT en los años rojos. Del sindicalismo revolucionario al anarcosindicalismo (1910-1926), Madrid, Akal,198l.

[vii] Eduardo GONZÁLEZ CALLEJA, El máuser y el sufragio. Orden público, subversión y violencia política en la crisis de la Restauración, Madrid, CSIC, 1999.

[viii] Eulalia VEGA, Anarquistas y sindicalistas durante la Segunda República. La CNT y los Sindicatos de Oposición en el País Valenciano, Valencia, Alfons el Magnanim, 1987, y, de la misma autora, Entre revolució y reforma. La CNT a Catalunya (1930-1936), Ueida, Pages, 2004.

[ix] Agustín MILLARES CANTERO, Barriobero contra Franchy. Los federales de Pi y Margall en la Segunda República española, Tesis Doctoral, UNED, 1994, de la que es publicación parcial Franchy Roca y los federales en el «bienio azañista», Las Palmas de Gran Canaria, Ediciones del Cabildo Insular de Gran Canaria, 1997.

[x] Jesús RUIZ PÉREZ, Posibilismo libertario. Félix Morga, Alcalde de Nájera (1891-1936), Nájera, Ilustre Ayuntamiento de Nájera – Universidad de La Rioja, 2003, donde hago una aproximación a la participación de libertarios en el poder local, a través de un caso particular.

[xi] María-Cruz SANTOS SANTOS, Ángel Pestaña: «Caballero de la Triste Figura», Tesis Doctoral, Universidad de Barcelona, 2003; agradezco a la autora su amabilidad al permitirme leer este trabajo inédito.

[xii] Julián CASANOVA, De la calle al frente. El anarcosindicalismo en España (1936-1939), Barcelona, Critica, 1997, cuyo análisis seguiré en adelante, Josep Antoni POZO GONZÁLEZ, El poder revolucionari a Catalunya durant els mesos de juliol a octubre de 1936. Crisi i recomposció de I’Estat, Tesis Doctoral, Universidad Autónoma de Barcelona, 2002 Los anarquistas españoles y el poder. 1868-1969, París, Ruedo Ibérico, 1972.

[xiii] Julián CASANOVA, «Las colectivizaciones», en La Guerra Civil Española, v. XVI, La economía de guerra, Barcelona, Folio, 1997, pp. 40-61, y Anarquismo y revolución en la sociedad rural aragonesa, 1936-1938, Madrid, Siglo XXI, 1985; también Ronald FRASER, Recuérdalo tú y recuérdalo a otros. Historia de la guerra civil española, Barcelona, Crítica, 1979, tomo 11, pp. 61-100, y WILLEMSE, Hanneke, Pasado compartido. Memorias de anarcosindicalistas de Albalate de Cinca, 1928-1938, Zaragoza, PUZ, 2002, que recogen testimonios orales de colectivistas en Aragón.

[xiv] Remito a la bibliografía citada en la nota 9; también Dolors MARÍN, Ministros anarquistas. La CNT en el Gobierno de la II República (1936-1939), Barcelona, Mondadori, 2005.

[xv] César M. LORENZO, Los anarquistas españoles y el poder, op. cit., y Ángel HERRERIN LÓPEZ, La CNT durante el franquismo. Clandestinidad y exilio (1939-1975), Madrid, Siglo Veintiuno, 2004.

[xvi] Ángel HERRERIN LÓPEZ, La CNT durante el franquismo, op. cit., p. 416.

[xvii] Andrej GRUBACIC, «Hacia un anarquismo diferente», en El Viejo Topo, Nº 202 (2005), pp. 51-57 .

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