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Polémica

Orobón Fernández y la Alianza Obrera

Orobón Fernández y la Alianza Obrera

Ramón ÁLVAREZ

La figura de Valeriano Orobón Fernández deja una profunda huella de su paso por el campo obrero internacional. Max Nettlau y Rodolfo Rocker reconocieron en él cualidades inestimables de talento y visión revolucionaria. Como escritor muy pocas plumas del obrerismo militante podrían comparársele. Si seguimos la valoración autorizada de Manuel Buenacasa, fundador de la CNT y primer historiador libertario, después de Anselmo Lorenzo, acaso Quintanilla podría ser candidato a la comparación, tanto por su vastísima cultura como por las excepcionales disposiciones de ambos para escribir y ocupar la tribuna.

Orobón Fernández fue sin duda el agente más poderoso del milagro operado por la CNT madrileña, acabando con el monopolio del socialismo parlamentario en la capital española.

Ningún militante de la «antigua CNT», como suelen decir despectivamente elementos carentes de historia y méritos que hablen por ellos, puede ignorar la enorme y eficaz actividad desplegada por Orobón en los años de la segunda República, desde las filas del cenetismo madrileño, participando en actos públicos y escribiendo en las columnas de La Tierra, periódico combativo en el que colaboraron valiosos elementos del periodismo confederal –Eduardo de Guzmán, José García Pradas, Ezequiel Enderiz– o las paginas de CNT de Madrid, órgano de la Confederación Nacional del Trabajo, dirigido por otro valor intelectual libertario –Avelino G. Mallada– como Valeriano, caído en el más lamentable de los olvidos.

Cuando conocí a Orobón, encontrábase la república española del 31 en una encrucijada política. El socialismo salía arrepentido y malherido de los largos años de colaboración ministerial, con un balance realmente desconsolador para los gobernantes y trágico para la clase trabajadora, que no pudo hallar satisfacción a ninguna de sus reivindicaciones legítimas e inaplazables.

El paro obrero, lejos de atenuarse alcanzó dimensiones insospechadas, y hablar de hambre no era retórica demagógica. Mientras tanto, el capitalismo, capitaneado por elementos como Juan March, juiciosamente calificado de «Pirata del Mediterráneo» por Benavides, en un libro muy leído, así como los generales reaccionarios, que habían pasado a la reserva con paga íntegra al amparo de un decreto del ministro de la Guerra, Manuel Azaña, conspiraban abiertamente y con inusitado descaro contra el nuevo régimen.

Puede admitirse, como elemento de análisis ya utilizado por los historiadores de la burguesía, que las protestas populares seguidas de grandes huelgas abanderadas por la Confederación precipitaron la caída de la república, inevitable de todas las maneras, al anunciarse las elecciones de noviembre de 1933 a las que los aliados de la víspera, se presentaron en orden disperso. Republicanos de un lado y socialistas por el otro, acudieron al sufragio popular achacándose mutuamente las responsabilidades del fracaso de la experiencia gubernamental, rica en discursos académicos y demasiado tímida para adoptar las medidas de carácter económico, social y militar que exigía el cambio de rumbo de nuestra historia.

La CNT en el Pleno Nacional de Regionales, celebrado en Madrid el 30 de octubre y primeros días de noviembre, se pronunció por el desarrollo de una intensa campaña de abstención electoral, queriendo demostrar el grave error de republicanos y socialistas gobernando el país, amenazado por la derecha, y contra los intereses básicos de la clase trabajadora, voluntariamente asociada a los combates que la CNT entablaba para salir del callejón de la miseria, puesto que la UGT estaba vinculada a la política republicana a través de la participación de sus dirigentes en las tareas ministeriales. Largo Caballero, secretario general de la UGT ocupó el Ministerio de Trabajo y desde allí realizó una política discriminatoria y sectaria, provocando infinidad de conflictos al intentar imponer a la CNT lo laudos de los famosos Jurados Mixtos, creados por él. Sin menoscabo de nuestras convicciones aliancistas debemos traer a la explicación histórica de las causas que engendraron la guerra civil el hecho evidente de las leyes, arbitrarias y humillantes, elaboradas por el parlamento republicano con la intención de desmantelar a la CNT a favor de la Unión General de Trabajadores.

Duele recordar la sistemática y brutal represión ejercida en el proceso político de la conjunción republicano-socialista, aunque pueda parecer un juego de niños comparado con los métodos de exterminio aplicados por el franquismo triunfante. Pero los imperativos históricos obligan a trazar la imagen real de la época, cualquiera que pueda ser la repercusión psicológica en la mente de los numerosos españoles nacidos después y, por tanto, prácticamente desconocedores de la verdad con tenida en las doloridas versiones de los que, pese a todo, nos consideramos privilegiados por haber sobrevivido a los momentos trágicos de la vida nacional, protagonizando los acontecimientos que han influido con fuerza en la marcha de los pueblos.

Es indudable que la reacción española disfrutaba de un trato de favor por parte de la república, con el inconfesado e ingenuo propósito de atraer al capitalismo, y a su brazo armado, el ejército, al camino de una mayor comprensión, pretendiendo alejar la posibilidad de un «pronunciamiento» que los militantes de la CNT dábamos por descontado a plazo no muy largo. De otra parte, resultaba evidente que las fuerzas fascistas se preparaban para el asalto al Poder ayudadas por la Iglesia y las oligarquías dominantes.

La fracción caballerista del partido socialista español empezó a desinteresarse del juego político al uso y a desarrollar una agitación de tono revolucionario, acercándose a las conclusiones analíticas del movimiento libertario, que también templaba el ánimo con vistas a un choque armado que juzgaba inevitable a la vista del cuadro general que ofrecía la sociedad española. Un ejército prácticamente en rebeldía contra las órdenes del gobierno; idas y venidas sospechosas de elementos derechistas a los países que habían de apoyar, después, el levantamiento militar; conspiraciones descaradas de militares y políticos que simbolizaban la revancha y la esperanza del regreso a la dictadura.

Había compenetración plena en los militantes de la CNT y del anarquismo español –el más realista de cuantos integran el movimiento internacional en apreciar que el proceso de maduración revolucionaria alcanzaba su punto culminante, pero nos separaba la elección del método adecuado para hacer frente a la situación, de manera que la clase trabajadora lograse la victoria en la prueba de fuerza cada día más visible y cercana.

La Confederación Regional del Trabajo de Asturias, León y Palencia siempre reflexiva –lo que proporcionaba mayor eficacia a sus decisiones– presentía con mucha claridad que el fulminante que había de poner en marcha arrolladora el mecanismo de la lucha entre el proletariado y lo más avanzado del liberalismo político de un lado, y el fascismo apoyado en la «espina dorsal de la nación», como así se calificó después al ejército, se situaba en el resultado de las elecciones convocadas para el mes de noviembre de 1933.

Con vistas al acontecimiento y por mandato expreso de los organismos calificados y representativos de la CNT de Asturias, sostuvimos en el Pleno Nacional de Regionales ya citado que, como primera e inaplazable tarea, se imponía ahondar en las formulaciones políticas de aquellos hombres del socialismo español que más influían en las orientaciones de la Unión General de Trabajadores y que, como Largo Caballero, amenazaban con la revolución. Según el criterio desarrollado en aquel comicio, era de nuestra incumbencia iniciar rápidamente, a escala nacional, una campaña pública a través de mítines –en los cuales participasen los militantes más capaces y prestigiosos– y en la prensa, con la colaboración de las plumas más brillantes y ágiles del movimiento libertario español, para llevar al ánimo del socialismo parlamentario y especialmente de la clase trabajadora enrolada en la UGT, francamente frustrada por los dos años de experiencia gubernamental, que no quedaba más vía de salvación que oponerse por la fuerza a la agresión que preparaban nuestros enemigos. Urgía tomar la delantera para hacer abortar los crecientes preparativos del fascismo. La mayoría de la militancia confederal asturiana estábamos seguros que una acción concertada y enérgica del proletariado de ambas centrales sindicales, aunque no triunfase plenamente, impediría al ejército sincronizar sus planes y elegir la coyuntura favorable para lanzarse a su operación exterminadora.

Pienso que cualquier observador imparcial puede verificar ahora la certera visión que reflejaban nuestros análisis de entonces.

La estrategia revolucionaria que triunfó en aquel pleno memorable frente a los agotadores esfuerzos de la Delegación asturiana, consideraba como temerario «reformismo» amancebarse con la UGT, cuando nosotros estábamos preparados y dispuestos para implantar el comunismo libertario. En todo caso, si los socialistas, según sosteníamos nosotros, estaban inclinados a conquistar en las barricadas lo que fatalmente iban a perder en las urnas, era oportuna y conveniente la alianza; los demás delegados al pleno se contentaban con proclamar unánimemente que en la calle nos encontraríamos.

En tales manifestaciones de seguridad en nuestra fuerza había no poca estridencia inoportuna, aunque no tanta como habíamos de ver más tarde al correr los años y ya terminada la guerra civil. Pero eso es ya otra historia.

Nadie salvo Valeriano Orobón Fernández, quiso escuchar nuestras intervenciones animadas por la voluntad de convencer, advirtiendo del peligro que suponía para el porvenir de la clase trabajadora derrochar a destiempo y en proyectos subversivos forzosamente limitados, el precioso caudal de energías atesorado entonces por la CNT, sin intentar siquiera ganar a nuestros afanes a una fuerza no despreciable como la representada por la Unión General de Trabajadores, y precisamente en el instante histórico en que la organización obrera hermana se acercaba a nuestra interpretación estratégica, aumentando considerablemente las posibilidades del triunfo proletario.

Nosotros preconizábamos ya la necesidad y la urgencia de la Alianza, pese a que la inmensa mayoría de los historiadores, equivocando el camino de las fuentes informativas, sitúen en otra zona de España y a cargo de grupos no libertarios, la iniciativa que doró el blasón revolucionario de la región asturiana.

Una noche, al salir del pleno, con pocas esperanzas de reducir la oposición de los delegados a nuestra tesis y de lograr adhesiones a la línea asturiana, Orobón Fernández que, con Eusebio Carbó, representaba a la AIT en el comicio nacional, me paró en la escalera hablándome en éstos o parecidos términos:

—Oye, una cosa: ¿el criterio que estás defendiendo en el pleno frente a la totalidad de las otras delegaciones, refleja en realidad el mandato de tu Regional?

Al contestarle afirmativamente, me aseguró que compartía totalmente el análisis del momento que vivía España formulado por la Regional Asturiana y nuestras conclusiones prácticas, añadiendo que podía contar con su apoyo en los debates, aunque carecía de voto como delegado informativo. «Para empezar –me dijo– estaré presente en todas las sesiones,  evitando que Carbó, orador brillante y demagogo, te abrume con sus intervenciones.

«Si no tienes compromiso –prosiguió– podíamos cenar juntos y comentar la situación». Ver de cerca a un hombre de aquella talla intelectual e integridad moral, valor auténtico que no cedía a la tentación vanidosa y que sabía desafiar la impopularidad cuando la conciencia lo determinaba, constituía una de mis mayores satisfacciones personales. Porque Orobón fue un ejemplo de entereza, como Quintanilla, Ascaso, Peiró y algunos más que conocí en más de 50 años de experiencia, hombres que no tenían nada en común con figuras hechas a base de contradicciones o renuncias, que han sabido componérselas para nadar siempre a favor de la corriente, aunque la razón y los intereses generales señalasen otro rumbo más positivo, estando más atentos a evitar perder el fervor fanático y partidista de los exaltados, que a potenciar la vida del movimiento obrero revolucionario.

En un bodegón madrileño, muy próximo al lugar donde tenían lugar las sesiones del pleno –oficinas de nuestro órgano nacional CNT– pasé hora y media de charla inolvidable y amena que sirvió para acabar de identificarme con Orobón, hombre de palabra fácil, facilísima tendría que decir. Ni un tropiezo en su cuidada construcción gramatical. Belleza de expresión, tono firme e imágenes perfectas. Me parecía escuchar a Quintanilla, pero en más combativo, con temperamento más recio y voluntad más acerada, con lo cual tenemos una mejorada representación de la galanura brillante del que fue nuestro maestro y educador.

En el transcurso de la conversación, desarrolló el tema de la Alianza –que yo venía defendiendo en el pleno con una seguridad, un dominio del tema y una convicción que predispusieron mi ánimo para aceptar con menos pesar el acuerdo adverso. Regresé a Gijón bien armado moralmente para continuar batallando por la alianza, al lado de José Mª Martínez, Avelino G. Entralgo y otros muchos del amplio ramillete de militantes que consiguieron llevar al convencimiento del proletariado asturiano la estrategia revolucionaria del aliancismo, que había de dar al mundo el ejemplo revolucionario más importante en la historia obrera del país hasta entonces. Experiencia que sirvió luego a muchos de sus enemigos para cosechar aplausos de multitudes enfebrecidas por el acontecimiento y que ignoraban el cambio de chaqueta operado por los oportunistas, que también abundan en el campo de los extremistas más radicalizados, lo que viene a confirmar nuestra opinión respecto a las gentes que aprovechan los aciertos de los otros para cubrirse de gloria.

Pocos de esos aprovechados de las acciones revolucionarias ajenas, que suelen utilizarlas como relleno retórico de discursos falsamente ardientes, emocionados y doloridos, podrán –cuando recuerden el octubre asturiano adelantar la prueba de afirmaciones previas como las de nuestro inolvidable Valeriano Orobón Fernández en los históricos artículos que publicó en La Tierra, de Madrid, y uno de los cuales comenzaba con frases reveladoras del clima de agitación y zozobra que vivía España en los días que precedieron a la revolución asturiana, incomprendida y abandonada a su triste suerte cuando hubo de sucumbir bajo el peso de la aplastante superioridad del ejército, que ya liberado de preocupaciones en su retaguardia, se volcó brutalmente sobre las ciudades de la región y pueblos de la cuenca minera. Ese artículo al que nos referimos, titulado «Alianza revolucionaria ¡sí! Oportunismo de bandería ¡no!», comenzaba así:

La realidad del peligro fascista en España [para mucha gente eso del fascismo era un cuento de miedo inventado por los aliancistas de Asturias] ha planteado seriamente el problema de unificar al proletariado revolucionario para una acción de alcance más amplio y radical que el meramente defensivo. Reducidas las salidas políticas posibles de la presente situación a los términos únicos y antitéticos de fascismo o revolución social, es lógico que la clase obrera ponga empeño en ganar esta partida. Sabe muy bien lo que se juega en ella.

Por eso, y no en virtud de interesados patetismos de importación [alusión a la farsa unitaria del comunismo], los trabajadores españoles coinciden hoy instintivamente en apreciar la necesidad de una alianza de clase que ponga fin al paqueo interproletario provocado por las tendencias y capacite al frente obrero para realizaciones de envergadura histórica...

De ese instinto de concentración proletaria ante la inminencia del peligro, estaba impregnada la clase trabajadora asturiana y no podía la CNT en la región defraudar las legítimas esperanzas de cuantos las habían depositado en nuestras tradiciones revolucionarias y nuestra inclinación al entendimiento fraternal con la UGT.

Valeriano Orobón Fernández, desde la prensa, en reuniones y correspondencia particular –probablemente desaparecida para siempre con grave daño para la reconstitución de la historia política y revolucionaria de España– apoyaba sin reservas la acción colectiva desplegada por la Regional asturiana. Mantuvo asidua correspondencia con José María Martínez, quien me daba a conocer el contenido de la misma, a partir del ya famoso Pleno Nacional de Regionales, donde se tomó el acuerdo de preconizar la abstención. Acuerdo que Asturias compartía, en materia doctrinal y táctica, aunque comprendíamos mal que, establecida de manera inequívoca la posibilidad de un viraje marxista hacia la inevitable y salvadora acción subversiva, nos obstinásemos en repudiar todo contacto formal con la UGT esperando que el mismo se produjese en las barricadas, barricadas que nadie construyó en España, fuera de Asturias. Frente al criterio de quienes pretendían aprovechar el descontento popular ante la incapacidad y timidez republicana para aplicar los métodos radicales que reclamaban los gravísimos problemas que aquejaban a la nación, creyendo que bastaría organizar una vanguardia de combate para liquidar el sistema capitalista, estaba Valeriano Orobón, la Regional asturiana colectivamente agrupada, y abundantes militantes en las diferentes regiones de España. Ninguno de nosotros compartía la desproporcionada euforia, únicamente basada en una mezcla disparatada de deseos y esperanzas que suelen nublar fatalmente todo sentido analítico, transformando en anticipadas realidades lo que no pasa de ser una ilusión.

Después de una intensa campaña pública pro abstención, realizada en toda España, que por sus dimensiones y eco impresionó a todas las fuerzas políticas –hablaron juntos, por entonces, Durruti y Orobón Fernández en la Plaza Monumental de Barcelona– la Regional de Aragón, Rioja y Navarra se lanzó al combate armado y en bastantes pueblos de la zona se implantó el Comunismo Libertario, como mensaje precursor de lo que había de ocurrir por aquellas tierras al producirse la guerra civil. Fracasado el movimiento, seguido de una terrible represión que alcanzó a la CNT en general, y ya puestos en libertad los encartados, meses más tarde, tuvo lugar en Madrid, en junio de 1934, otro Pleno Nacional de Regionales.

Representamos a la Regional de Asturias, León y Palencia en ese comicio –donde se debatió ampliamente el tema de la Alianza Obrera ya firmada entre nuestra regional –José María Martínez y yo–. Las primeras sesiones se dedicaron a  establecer un minucioso balance del movimiento revolucionario desencadenado en Aragón, en virtud de los acuerdos del anterior Pleno y que, como habíamos previsto los asturianos, produjo una brutal represión que debilitó nuestra potencia, cuando más necesaria resultaba con vistas a los acontecimientos que se nos echaban encima. Buenaventura Durruti –con el que había estado preso en la cárcel de Torrero, en Zaragoza, lo que permitió ya un análisis exhaustivo del levantamiento aragonés– afirmó sin rodeos ni asombros que la única posición consecuente, a la hora de pasar por el tamiz de la crítica el comportamiento de cada Regional, había sido la de los asturianos, que aparte de advertir a tiempo del fracaso que estaba a la vista como elemento de estudio para los delegados, secundaron el levantamiento, declarando la huelga general de apoyo y solidaridad, conforme a la oferta y compromisos suscritos.

Precisamente, cuantos esperábamos en la cárcel de Torrero ser juzgados como promotores de la insurrección aragonesa y sus repercusiones en la península –todos los secretarios regionales fuimos trasladados a Zaragoza bajo buena custodia– se discutía entre los presos el problema de la alianza. Salvo rarísimas excepciones predominaba un clima contrario al pacto entre libertarios y ugetistas, pero la llegada de La Tierra de Madrid, con los sensacionales artículos de Orobón, defendiendo el criterio que nosotros veníamos sosteniendo, empezó a modificar el ambiente y hasta los términos básicos de la cuestión. Orobón era un hombre escuchado y no pecaba de «reformismo», tópico siempre muy socorrido para quienes carecen de bagaje polémico. Es verdad que anduvimos lejos de conquistar la mayoría –aún persistía el estado de exaltación subversiva entre los jóvenes y bravos militantes aragoneses que habían de ser, criminalmente exterminados por los traidores sublevados en julio del 26–, pero gracias a la iniciativa de Orobón, se dispensó mejor acogida a la tendencia aliancista y debe estarnos permitido suponer que, de no haberse precipitado los acontecimientos, la presencia de Valeriano en el campo del aliancismo obrero, hubiese acabado por inclinar la balanza en nuestro favor. Lo prueba el hecho de que la CNT, reacia –como se ha visto– a toda entente formal con la UGT, adoptó una estrategia próxima a la nuestra en el primer Congreso de carácter nacional celebrado después del octubre asturiano, que tuvo lugar en el Teatro Iris, de Zaragoza, a partir del 1 de mayo de 1936. A propósito de ese comicio queremos aportar al acervo histórico algunas precisiones que restablezcan la verdad, a veces falseado lamentablemente, más por precipitación que por malevolencia, como lo revelan afirmaciones carentes de toda verificación. Cuando se dice que Buenaventura Durruti asistió al Congreso de la CNT en Zaragoza, por ejemplo, o que salió de la cárcel de Torrero en la primavera de 1934, por la presión de una huelga general, cuando lo cierto es que obtuvimos juntos la libertad a finales del mes de abril, encontrándonos en el viejo penal de Burgos, al que habíamos sido trasladados –por indisciplina– unos 90 hombres de la CNT entre los que recordamos a Durruti, Isaac Puente, Cipriano Mera, Antonio Ejarque, Joaquín Ascaso, hermanos Ucedo, Francisco Foyos y muchos otros.

Conviene igualmente insistir –sin esperar a la publicación de un libro sobre Octubre de 1934 que puede quedar en proyecto– que uno de los acuerdos fundamentales de aquel Pleno desmiente la pretendida indisciplina de la Regional Asturiana, puesta en circulación a través de la prensa y revistas por gentes que buscaban afanosamente argumentos para una actitud inhibicionista nada recomendable. Las delegaciones al comicio, incapaces de encontrar una fórmula conciliatoria entre nuestro aliancismo arraigado y el exclusivismo manifestado por los demás, juzgaron necesario recurrir a una confrontación de carácter nacional que decidiese en última instancia, por la vía de la consulta y el voto, respecto a nuestra postura colectiva.

En consecuencia. se delegó en el Comité Nacional para que, en el plazo máximo de tres meses procediese a la convocatoria de una conferencia nacional de sindicatos, cuyas decisiones obligarían a todas las regionales, comprometiéndose Asturias a rescindir el pacto aliancista, si tal fuese la voluntad mayoritaria libremente expresada. Por el contrario, si la conferencia se hubiese pronunciado en favor de la tesis asturiana, la Alianza Obrera –que no tenía vigencia fuera de nuestra región– se extendería automáticamente al ámbito nacional.

En el mes de octubre –cuatro meses después del Pleno que comentamos– estalló la insurrección armada en Asturias y no hay indicios de que la prevista conferencia estuviese en vías de realización, lo que dejó totalmente a salvo la responsabilidad, aunque nadie se haya salvado le la derrota.

Otro argumento falso, manejado por quienes se oponían a nuestra interpretación del momento y a la aplicación de la consecuente estrategia impuesta por los resultados del análisis, es el de afirmar que el movimiento revolucionario fue lanzado por la Ejecutiva del socialismo asturiano, residente en Oviedo, limitándose los cenetistas a secundarlo. Cuantos participábamos en los preparativos previos –casi toda la militancia libertaria de la región– sabíamos que el Comité de Alianza CNT-UGT tenía ya escogido el momento: cuando la CEDA (Confederación Española de Derechas Autónomas) entrase en el gobierno con participación directa. A últimas horas de la noche del día 4 de octubre de 1934, se anunció la entrada de tres ministros de la CEDA en el gobierno presidido por Lerroux, desencadenándose la lucha en la madrugada del día 5, como estaba convenido.

Siempre guiados por los imperativos históricos no podemos dejar en la nebulosa el comportamiento global de la Unión General de Trabajadores y del Partido Socialista Obrero Español, con igual sentido de imparcialidad que veníamos aplicando al examen de lo sucedido entonces en las filas del movimiento libertario español. Las dudas o desconfianzas en la lealtad del socialismo parlamentario y las vacilaciones en el momento culminante de aquel proceso, explica en cierta manera la inhibición de los libertarios fuera de Asturias. En cambio, el derrumbamiento de la fuerzas marxistas comprometidas en la batalla, limitando su presencia en nuestra región, pone de manifiesto una vez más la limitada capacidad revolucionaria de las entidades que lo fían todo a la decisión de los cuadros dirigentes... descuidando voluntariamente la formación de sólidas conciencias individuales que son, finalmente, las que dan vigor a las colectividades.

Rcordamos la intervención de Orobón Fernández, por aquellos días, en un gran mitin organizado por la Confederación en La Felguera, tierra de hombres de antecedentes libertarios nunca desmentidos. Es muy posible que algún periódico asturiano de la época haya reseñado el brillante discurso –magnífico de forma y de fondo, como todos los suyos– pero con el exclusivo auxilio de la memoria, propio de un atento observador, recordamos que resultó un acabado estudio de la realidad sociopolítica de España, que impresionó a la numerosa asistencia por la seguridad con que Orobón manejaba los datos históricos y por el acierto con que describía las amenazas sombrías que acechaban nuestro futuro, confirmadas por los acontecimientos que constituyeron el desenlace trágico de un ciclo histórico.

Cuando la última fase de la enfermedad que acabó por arrebatarle la vida en plena juventud, hizo su brutal aparición, se hablaba, entre la militancia confederal asturiana, de preparar una serie de conferencias a cargo de Orobón Fernández en los centros culturales más reputados de la región. Sin descuidar la indispensable tarea del proselitismo entre los trabajadores asturianos, se intentaba airear valores humanos e intelectuales como el suyo entre los elementos universitarios de la provincia para demostrar –a través del cálido verbo de un hombre que había ocupado la tribuna del Ateneo madrileño, raro privilegio que compartía con Avelino González Mallada, Ángel Pestaña, Salvador Seguí y Eusebio Carbó– el realismo práctico de nuestros ideales, la validez permanente de los métodos de lucha que han hecho del movimiento sindicalista libertario una fuerza potente e insobornable, y la superior concepción moral de nuestro eterno mensaje de lucha por la libertad para todos y en todas partes.

Como homenaje a Orobón Fernández y desoyendo los clamores de mentalidades irreverentes y estrechas, que buscan el nivel humano a ras de tierra, digamos que cada libertario ha de sentir la honda preocupación, el imperativo constante de la conciencia de alzarse hacia el nivel de figuras como la del hombre que hoy recordamos, para mejor servir los afanes emancipadores del proletariado y lograr una expansión de nuestro humano ideario, creando el clima de confianza y fraternidad que prefigure y anticipe nuestra ciudad ideal.

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