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La deuda ecológica española

La deuda ecológica española

El consumo irreflexivo, en que vivimos, nos lleva a una ceguera, que nos oculta las consecuencias negativas que se generan en nuestro entorno y a nivel global. Esta destrucción y expolio de la naturaleza, liderada por las multinacionales, se agrava en los países pobres proveedores de materias primas, sin que exista una contrapartida a la actividad depredadora del capital. La deuda social y ecológica generada durante siglos por el capital debe ser reconocida por todos y exigida a sus responsables

Miquel ORTEGA CERDÀ

Más allá de nuestras fronteras Todos sabemos que vivimos en un entorno cada vez más globalizado y que los fenómenos más evidentes de esta globalización se dan en la economía. Hoy en día el nivel de internacionalización de la economía española tiene ya unos niveles muy importantes, tanto en cuanto al número de empresas españolas que están al exterior y las empresas extranjeras en España, como con respecto a los productos importados y exportados. Esto, como veremos, tiene implicaciones ambientales muy importantes más allá de nuestras fronteras.

En España la economía ha tenido en pocas décadas cambios estructurales de primera magnitud. Durante los últimos 75 años ha pasado de ser una economía casi aislada del exterior a ser una economía totalmente integrada en el contexto internacional. De hecho, actualmente España es una de las economías más internacionalizadas del mundo, con un grado de apertura de bienes y servicios[i] próximo al 67%, por encima de países como Francia, Italia o el Reino Unido. Igualmente la inversión española en el exterior ha crecido a un ritmo medio acumulativo del 34,2% durante el periodo 1993-2004. El número de empresas españolas con inversiones al exterior ya supera las 4.000 y el valor estimado de la inversión acumulada fuera de nuestras fronteras es de 114.000 millones de euros.[ii]

Estas constataciones no son nuevas en el análisis de la economía española; lo que no es tan habitual es tratar de comprender cuales son las consecuencias de nuestro modelo económico en el exterior, desde la perspectiva de los impactos sociales y ambientales.

En este artículo explicaremos en primer lugar mediante qué mecanismos afectamos al medio ambiente y a los ciudadanos de los países que nos rodean; para hacerlo utilizaremos el concepto de deuda ecológica. En segundo lugar ilustraremos la exposición general realizada en el apartado anterior con el ejemplo del papel y cartón.

La deuda ecológica

El conjunto de impactos ambientales negativos producidos por nuestro modelo económico sobre los países empobrecidos, y sus derivaciones sociales, cuando no son reconocidos por los actores responsables, se denominan deuda ecológica.[iii] Esta deuda ecológica se genera principalmente mediante tres mecanismos:

1. El alto nivel de consumo de recursos naturales en España

El nivel de consumo actual requiere no sólo la sobreexplotación de los recursos naturales interiores sino también la importación de numerosos recursos del exterior. A veces los recursos son obtenidos de los países empobrecidos sin que las empresas importadoras ni los consumidores finales se responsabilicen de los impactos ambientales y sociales negativos producidos en los procesos de extracción o producción. Así, se adquiere un producto de bajo coste monetario a expensas de adquirir una alta deuda ecológica. En este artículo presentaremos el caso de la producción de la celulosa para su importación a Europa.

2. Un segundo mecanismo por el cual se genera deuda ecológica consiste en los residuos generados por nuestro modelo económico y nuestro modelo de vida que tienen impactos en los países empobrecidos

De especial importancia son las emisiones de C02. Es bien conocido que actualmente España no cumple los límites máximos de emisiones establecidos en el Protocolo de Kyoto. De hecho excedemos el nivel de emisiones pactado en un 37%.[iv] A pesar este nivel de incumplimiento, la discusión normalmente se centra en los costes que se derivan del cumplimiento del Protocolo. Lo que sistemáticamente se ignora es que estos niveles de emisiones ya están perjudicando, y lo continuarán haciendo durante muchos años, a todas las partes del mundo, especialmente en los países empobrecidos que emiten proporcionalmente mucho menos que nosotros y tienen menos recursos para disminuir los impactos. Un indio actualmente emite aproximadamente una séptima parte de las emisiones de un europeo; a pesar de no ser los principales responsables, los ciudadanos de los países empobrecidos reciben igualmente las consecuencias del cambio climático. Se produce, por lo tanto, una transferencia de costes e impactos entre países industrializados y países empobrecidos. Al no reconocer los impactos asociados y continuar potenciando políticas que aumentan las emisiones de gases que aceleran el cambio climático (por ejemplo mediante los actuales planes de infraestructuras o los planes energéticos estatales y catalanes) adquirimos una deuda ecológica que no reconocemos, aunque existe y perjudica a miles de personas.

3. Un tercer aspecto igual (o más) importante es el conjunto de impactos ambientales y sociales negativos que producen directamente algunas de las empresas controladas desde España cuando actúan en el exterior

Empresas como Repsol, Agbar, Unión Fenosa, Endesa, ENCE, etc. causan impactos sociales y ambientales mediante sus actividades ordinarias, que, al no ser reconocidos, se convierten en una deuda ecológica de estas a los ciudadanos de los países dónde actúan.[v] En algunos casos se han llevado a cabo acciones judiciales contra estas empresas, que permiten compensar parcialmente los daños producidos. Sin embargo, muchas veces no se produce ningún tipo de responsabilización, especialmente en aquellos países dónde los ciudadanos tienen una cobertura legal y social más débil. A la ciudadanía española le llega una parte muy pequeña de la información sobre los impactos de las empresas españolas, en buena parte debido a la presión que estas hacen a los medios de comunicación por ocultar las denuncias que las perjudican.

En la medida que la economía española crece, y se implanta más en otros países, si no se toman medidas adecuadas la deuda ecológica también va creciendo, y perjudica cada vez a más y más personas.

El consumo de papel, implicaciones de un consumo excesivo

Como hemos visto en el apartado anterior, una de las razones por las cuales se adquiere una deuda ecológica es que muchos de los productos importados tienen un impacto ambiental y social en los países de origen, pero ni las empresas importadoras ni nosotros como consumidores asumimos la responsabilidad (muchas veces por desconocimiento), ni tomamos las medidas necesarias para evitarlas. Existen muchos productos importados y a algunos se les asocia popularmente a importantes conflictos, como por ejemplo el petróleo o la minería[vi] En este caso, no obstante, ilustraremos esta problemática con un material que habitualmente consideramos inocuo y utilizamos rutinariamente, el papel.

A finales del siglo XIX se consiguió la tecnología para producir celulosa (materia prima de los papeles y cartones) a partir de la madera. Desde aquel momento las cantidades producidas y consumidas de papel y cartón en el mundo no han dejado de aumentar, creándose multitud de nuevos productos: bolsos de papel, papel higiénico y todo tipo de envoltorios que antes no existían. Para hacernos una idea sólo hace falta pensar que el uso mundial de papel creció un 423% entre 1961 y 2002.[vii]

En el caso español cada ciudadano utiliza por término medio 167 kilos de papel al año, en más de 300 usos diferentes. Con este consumo anual por habitante ocupamos el lugar decimosegundo en el ranking mundial, con una tendencia claramente al alza: hace 10 años la media era de 129 kilos por habitante y hace 20 años apenas superaba los 75 kilos por habitante. Desgraciadamente, aun cuando los niveles de consumo han aumentado mucho, el nivel de reciclaje en España todavía es bajo, aproximadamente un 55% frente al 74% en Alemania o el 73% en Finlandia.[viii]

El consumo llega a niveles exorbitantes en países todavía más ricos. Por ejemplo, un ciudadano de Estados Unidos consume 330 kilogramos (un valor similar al de los belgas o los luxemburgueses), y un finlandés, 430 kilos. Al mismo tiempo, se mantiene a niveles muy inferiores en otros países, como por ejemplo Uruguay, país dónde la empresa española ENCE (Empresa Nacional de Celulosa Española) ha tenido un importante conflicto en los últimos meses por la voluntad de la empresa de instalar una planta de celulosa para exportar con potenciales impactos ambientales muy graves, y de dónde finalmente, tras un gran conflicto social, se ha visto obligada a retirarse. En Uruguay el consumo medio se acerca a los 40 kilogramos/año y no se percibe ninguna falta de este producto.[ix]

...Y detrás del papel

Hacia mediados de la década de 1980 el impacto ambiental de la fabricación de papel a partir de la madera empezó a generar una gran preocupación en la opinión pública, principalmente debido a que la principal sustancia química utilizada para separar y blanquear las fibras de madera, el cloro, combinada con la lignina (sustancia que forma parte de la madera) producen compuestos organoclorados, entre los cuales se encuentran las dioxinas, que es uno de los agentes cancerígenos más importantes. Se empezó así a asociar la fabricación del papel con problemas de salud pública y grave contaminación ambiental.

Desde entonces la industria ha desarrollado diferentes tecnologías para el blanqueo del papel, pero ninguna de ellas ha resuelto totalmente la problemática de la contaminación. Tampoco se han podido evitar multitud de accidentes por incumplimiento de las normativas vigentes o problemas técnicos.

Además de los problemas de contaminación generados por la fabricación y blanqueo de la pulpa de celulosa, la producción del papel está asociada fuertemente a otro tema con graves consecuencias ambientales y sociales: las plantaciones forestales. En muchos casos las plantaciones forestales sustituyen campos agrícolas productivos, están asociadas a impactos relacionados con el agotamiento de los acuíferos y también suelen producirse conflictos de tipo laboral en la gestión de la plantación. En muchos países ha habido conflictos con las plantaciones forestales a gran escalera; estas convierten, en lo que se ha denominado un desierto verde, grandes extensiones antes plenamente productivas y diversas.[x]

Para obtener cada tonelada de papel se necesitan entre 2 y 3,5 toneladas de árboles, por lo cual los crecientes niveles de consumo de papel generan crecientes necesidades de madera con un efecto multiplicador.

Hace falta destacar que, aun cuando el consumo se encuentra concentrado en los países más ricos, la producción se desplaza cada vez más a países menos ricos, dónde la mano de obra es barata y las condiciones que se imponen a las empresas, en términos legales y fiscales, son más laxas. Así, la producción global agregada de Estados Unidos y Europa, todavía siendo mayoritaria, ha decrecido del 67% al 62% en los últimos veinte años, mientras que la producción en América Latina y Asia ha aumentado del 11% al 22%.[xi] Los gobiernos de los países más pobres ponen –comparativamente respecto a sus congéneres del norte– barato el precio de la salud y el medio ambiente de sus ciudadanos, y las empresas se sienten con fuerza para generar las condiciones necesarias para maximizar sus beneficios, aunque sea a través de una gran socialización de los costes.

Conclusiones

Cada vez más el actual modelo económico afecta ambiental y socialmente al exterior de nuestro país. Para evitar los impactos negativos hace falta una reflexión crítica sobre los niveles de consumo (lo hemos ejemplificado con el papel), pero también sobre las políticas públicas que promueven la economía en el exterior, y las actuaciones de nuestras empresas más allá de nuestro territorio. Si la economía se globaliza la no actuación en estos tres aspectos lleva inevitablemente a un empeoramiento de la situación actual. El cambio, es posible si los ciudadanos asumimos la necesidad de trabajar colectivamente para conseguir un respeto hacia el medio ambiente y hacia las personas, independientemente de dónde se dé la problemática, y somos capaces de transmitir esta percepción a nuestros representantes políticos.

Miguel Muñiz

Observatorio de la deuda en la Globalización y En medio ambiente y gestión.

miquel.ortega@gmail.com

 

 

 

Notas



[i] Suma de exportaciones e importaciones en relación con el Producto Interior

Bruto.

[ii] «Nuevo Plan de Promoción de la Inversión española en el exterior», Mario

Buisán, Boletín ICE, octubre 2005.

[iii] Se puede encontrar una descripción muy detallada de la deuda ecológica española en La deuda ecológica española. Impactos de la economía española en el exterior, Miquel Ortega (c), Editorial Muñoz Moya, 2005.

[iv] Datos oficiales del 2005.

[v] Véase La deuda ecológica española. Impactos de la economía española en el

exterior, Miquel Ortega Cerda (C), Editorial Muñoz Moya, 2004.

[vi] Para ampliar la información consultar el libro El ecologismo de los pobres,

Joan Martínez Alier, Editorial Icaria, 2005.

[vii] Para ampliar la información consultar el libro: Fábricas de celulosa. Del monocultivo a la contaminación industrial. Movimiento Mundial por los Bosques Tropicales, Editorial Movimiento Mundial por los Bosques Tropicales, abril 2005.

[viii] Informe anual 2005 de ASP APEL (Asociación Española de Fabricantes de Pasta, Papel y Cartón).

[ix] Véase el informe «El túnel verde» realizado por el Observatorio de la deuda en la Globalización. www.debtwatch.org

[x] Véase el informe «El túnel verde» realizado por el Observatorio de la deuda en la Globalización. www.debtwatch.org

[xi] Más información a: Fábricas de celulosa. Del monocultivo a la contaminación industrial. Movimiento Mundial por los Bosques Tropicales, Editorial Movimiento Mundial por los Bosques Tropicales, abril 2005.

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La molesta realidad del cambio climático

La molesta realidad del cambio climático

El cambio climático terrestre, tan de actualidad en estos momentos en nuestra sociedad «de la información» en su vertiente más apocalíptica, es un problema que se arrastra hace décadas pero que se ha silenciado de forma sistemática merced a una serie de razones, la menor de las cuales no es el interés de los países ricos –y por tanto de nosotros mismos– en mantener su estatus energético.

Miguel MUÑIZ

Comenzaré por una anécdota personal. Corría el año 1989, y el que subscribe y un grupo de compañeros preocupados por el medio ambiente, participábamos en un encuentro de fuerzas de izquierda donde se debatían las problemáticas sociales a las que era necesario dar respuesta (aunque solo fuese escrita), referentes a los sindicatos, el movimiento asociativo, feminista, ecologista, etc. Nuestro entusiasmo, aún casi juvenil, hizo que la comisión en la que debatíamos aprobase un redactado sobre ecología en el que, entre otras cosas, se llamaba la atención sobre la problemática de los cambios inmediatos en la temperatura de la Tierra por la emisión a la atmósfera de gases contaminantes. Dicho redactado fue llevado a la mesa donde se leían las conclusiones de cada comisión, y la compañera que sometía las conclusiones a la aprobación de la asamblea leyó el texto. Aún recuerdo su expresión de asombro, su titubeo final y su comentario despectivo al conjunto de la asamblea a micrófono abierto: «Pero, ¡esto es milenarismo...!», fue lo que dijo.

Tal reacción no nos cogía por sorpresa. Cuando organizábamos conferencias para informar sobre los peligros de la energía nuclear (en 1989 aún quedaban restos de lo que fue el potente movimiento antinuclear de Cataluña de mediados de los ochenta, y que pronto se reactivaría a raíz del accidente en la central nuclear de Vandellós 1) y aparecía alguna referencia al incipiente trabajo de investigación sobre los impactos en el clima, las caras de los asistentes cambiaban perceptiblemente. Denunciar los peligros de las nucleares era algo creíble,.en una época en la que aún se recordaba la catástrofe de Chernóbil de 1986; pero aludir al peligro del cambio climático era ... milenarismo de ecologistas alucinados y alucinantes.

Cuando redacto este texto, el 7 de julio del 2007, las portadas en Internet de los principales diarios recogen la noticia del concierto «Live Earth». «Más de 150 artistas actuarán en nueve ciudades del mundo durante 24 horas en el evento impulsado por el Al Gore para luchar contra el cambio climático», dice el de El País. Diariamente, titulares en los que se pone de manifiesto uno u otro aspecto del irreversible proceso que estamos viviendo ocupan un lugar destacado en periódicos, revistas (incluso en la llamada «prensa del corazón») y noticiarios de televisión. Para dar algunos elementos que permitan entender el motivo de este cambio, tan espectacular como aparente, es por lo que he escrito este texto.

Breve repaso a la historia inmediata

A pesar del menosprecio de la compañera que moderaba aquella asamblea, para cualquiera que siguiera la evolución de la crisis ecológica durante los años 80 la problemática del cambio climático no era nada nuevo. Los primeros pronósticos sobre un posible cambio acelerado del clima de la Tierra surgieron de los modelos informáticos de predicción aplicados en el informe «La humanidad en la encrucijada», el Segundo Informe al Club de Roma, publicado en 1974 por los profesores Mihajlo Mesarovic y Eduard Pestel. A 33 años vista resulta impresionante releer ese informe y comprobar que no ha perdido actualidad; comprobar, por ejemplo, que algunas cosas que hoy se reivindican como novedades (como es el caso del «decrecimiento») ya aparecían enunciadas y analizadas con rigor.

De hecho, los datos venían mostrando evidencias preocupantes desde bastante antes. El observatorio de Mauna Loa, en la isla de Hawai, por ejemplo, había ido detectando un incremento continuado de las concentraciones de dióxido de carbono (uno de los gases responsables del efecto invernadero) desde 1958. Así que, cuando la Organización Meteorológica Mundial y el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) crearon el Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático (IPCC en sus siglas en inglés) en 1988, ya se partía de una base de investigación amplia. El IPCC constituye un grupo de unos 3.000 científicos (meteorólogos en su mayoría) que coordinan el estudio del cambio climático. A partir de 1988, será el IPCC quien recogerá datos de manera sistemática y preparará su primer informe, Preliminary Guidelines for Assessing Impacts of Clima te Change («Pautas preliminares para determinar los impactos del cambio del clima»), para la cumbre del PNUMA de Río de Janeiro de 1992, la que se llamará, en términos bastante melodramáticos y un tanto ridículos, la «Cumbre de la Tierra».

Aunque una visión global del problema no había llegado todavía a lo que se denomina la mayoría de la «opinión pública informada» (de hecho, tardaría aún  unos 14 años en llegar), los que sabían de su existencia y evaluaban su gravedad ya estaban tomando posiciones. La única solución consistía en reducir la emisión de los gases que intensificaban el efecto invernadero; lo que planteaba dos cuestiones importantes: cuanto había que reducir y como había que reducir. Aunque citar cifras puede resultar un tanto pesado, hay que revisar esos datos, porque es ahí donde se encuentra la clave que permite entender el paso, aparentemente espectacular, de una postura de inhibición a un protagonismo absoluto.

La eterna discusión entre datos, interpretaciones y el principio de precaución

La primera cuestión era saber cuanto se debía reducir. Resulta interesante repasar las propuestas que se plantearon de cara a la Cumbre de Río. En el informe de Greenpeace El calentamiento del planeta, publicado en 1992 y dirigido por Jeremy Legget, se muestra que el IPCC creía necesaria una reducción en torno al 60% de las emisiones de dióxido de carbono (C02) para estabilizar las concentraciones en los niveles detectados a inicios de los años 90; pero, y atención a este punto, la EPA (la agencia de medio ambiente de EE UU) apuntaba que era necesaria una reducción que iba del 50 al 80% de las emisiones para obtener el mismo objetivo. Todas estas propuestas, que surgían de la aplicación del llamado principio de precaución, implicaban contradicciones (por ejemplo, entre la EPA Y el gobierno de EE UU) y tendrán su importancia a medida de que el debate vaya subiendo de tono.

La segunda cuestión (¿cómo reducir?) era aún más conflictiva. La práctica totalidad de las actividades de las sociedades denominadas «industrializadas» (sería más propio llamarlas sociedades del Norte geopolítico, sociedades del despilfarro o sociedades de los países ricos) se basan en el consumo de ingentes cantidades de petróleo. Nuestra alimentación, nuestro ocio, nuestros vestidos, nuestros productos, y no digamos ya nuestra movilidad, significan la emisión de toneladas de gases con efecto invernadero por habitante y año. La necesaria reducción de un 50, 60 u 80 por ciento de las emisiones de CO2 , propuesta desde el IPCC o la EPA, significaba, ni más ni menos, ahorrar enormes cantidades de energía, cambiar a las fuentes de energía renovables y alterar unas pautas de consumo arraigadas por la propaganda; lo que venía a ser, en pocas palabras, como cambiar la sociedad.

Puestas así las cosas, la Cumbre de Río sería una primera muestra de lo que nos depararía el futuro. Comenzaron a aparecer coaliciones de intereses entre países ricos, países exportadores de petróleo y empresas petroleras que, lideradas habitualmente por EE UU, se dedicarán a la promoción de actividades como la negación o el cuestionamiento de los resultados de la investigación sobre el cambio climático, la creación de confusión sobre la naturaleza del problema, el silenciamiento de la mayoría de las implicaciones, y un largo etcétera que llega hasta proponer medidas que reduzcan el «precio a pagar» (¿?) por las sociedades industrializadas (lo que más adelante se conocerá como «mecanismos de flexibilidad»). Mientras tanto, y para hacer creer al sector interesado de la población que ya se hacían cosas, el documento resultante: la Convención Marco sobre el Cambio Climático, fue firmado por 154 países, acabando su proceso de ratificación en 1994.

Es importante tener en cuenta el ritmo con el que se desarrollarán los acontecimientos a partir de este momento: en general, la urgencia da paso, una vez aceptada la existencia del problema, a un ritmo pausado de intervención. Hasta 1995 no se acaban los preparativos de la organización financiera, técnica etc., de la Convención, con la creación de una serie de encuentros anuales, las Conferencias de las Partes (COP), que serán el órgano de máxima autoridad en todo lo relacionado con la Convención Marco sobre el Cambio Climático. Hasta el año 1996 no se presenta en Ginebra (COP2) el segundo informe del IPCC, que certificaba que las actividades humanas estaban afectando al clima de manera acelerada, introduciendo así el concepto de «cambio climático de origen antropogénico», para diferenciarlo del «cambio climático por evolución natural», que dura miles de años.

El ritmo ralentizado era una de las consecuencias de las resistencias que empezaban a manifestarse. Los 150 países asistentes a la COP2 no habían llegado a un acuerdo sobre cuales debían ser las medidas para reducir las emisiones, así que traspasaron todo el problema a la reunión de la COP3, que debía celebrarse en Kyoto en 1997. De allí saldrá el conocido Protocolo de Kyoto, del que tanto hemos oído hablar.

El Protocolo de Kyoto, su historia e implicaciones

La COP3 debía acordar el porcentaje de las emisiones de CO2 que habían de reducir las zonas emisoras del mundo (para entendernos, «cuantificar» la reducción de consumo de los países ricos). Para calibrar el valor de sus resultados finales, es necesario recordar que el conjunto de organizaciones sociales y ecologistas que asistieron agrupadas en la CAN (Climate Action Network), y que fueron apoyadas por la Alianza de los Pequeños Estados Insulares (AOSIS), entidad que  representaba a los países más afectados por el cambio climático, pedían una reducción del 20% de las emisiones de gases con efecto invernadero (GEl, es decir, el CO2 y el grupo de gases industriales más importantes) para el año 2005, en relación a los niveles de 1990. Se trataba de una petición realista (recordemos los 50-60-80% de la EPA y el IPCC) que intentaba una transición energética sin grandes conflictos, pero con cambios en profundidad en el consumo de energía de los países ricos.

Pues bien, el acuerdo final de Kyoto fue alcanzar una reducción media de un 5,2% mundial entre el 2008 y el 2012, en relación a los valores de 1990, para los 38 países más industrializados del mundo. A la Unión Europea, le correspondería una reducción de un 8%; a EE UU, un 7%, y al Japón, un 6%. Se había decidido el «cuanto»; para acordar el «como» deberían pasar 4 años más, y 4 reuniones de la COP sin ningún resultado. Porque ahora la confrontación se trasladaba a la decisión de si la reducción simbólica pactada en Kyoto se hacía aplicando todos los «mecanismos de flexibilidad» (compra-venta e intercambio de emisiones de GEl entre países, transferencias de tecnologías «menos contaminantes», contabilidad de los «sumideros» de cada país; es decir, de las zonas boscosas capaces de «fijar» CO2 en la vegetación, etc.) o si, por el contrario, se limitaban estos «mecanismos» para que cada Estado realizase cambios en su tecnología y en su industria.

Esta confrontación bloqueó la adopción de medidas concretas y provocó que las reuniones de la COP4, COP5 y COP6 acabasen en fracaso. Finalmente, la resistencia a abordar cambios en profundidad, y la presión combinada de las empresas y gobiernos más ligados a la economía del petróleo, forzaron un acuerdo «a la baja» (el sistema de toma de «decisiones» era, naturalmente, el consenso). En el curso de la COP7, celebrada en 2001 en Marrakech, se acordó que se aceptaban todos los «mecanismos de flexibilidad» para contabilizar reducciones de emisiones de CO2, lo que dejaba la simbólica «reducción» del 5,2%, reducida (valga la redundancia) a una nada absoluta.

Además, durante este intervalo se había producido la negativa del Gobierno de EE UU a ratificar el Protocolo. Desde la cumbre de Río, el gobierno de EE UU realizó el clásico enfoque patriótico del problema del cambio climático, presentando las propuestas de reducción de emisiones como un ataque a la libre empresa y al «bienestar», apostando directamente por eliminar el Protocolo. También se produjo una larga negociación con el gobierno ruso para conseguir la ratificación; la nulidad del Protocolo era un hecho si no era ratificado por un mínimo del 50% de los países firmantes, que contabilizasen, además, un mínimo del 50% de las emisiones de GEI.

Para entender toda esta situación hay que subrayar que las reuniones de las COP nunca se han desarrollado completamente de espaldas a la «opinión pública informada», pero sí se han rodeado de lo que se denominaría una «exquisita discreción informativa», que se fue haciendo más y más patente a medida que las reuniones acababan en fracaso. Por ejemplo, las reuniones posteriores a Kyoto no merecieron, en la mayoría de los medios de comunicación, un seguimiento diario, tan solo un resumen final, en el que no se mencionaba ni los puntos clave, ni el resultado obtenido. Se diría que la complejidad de los detalles técnicos agobiaba a los periodistas, y que el contraste entre la gravedad del problema a escala planetaria y el egoísmo de las representaciones en las reuniones de las COP (los «lobbys» energéticos siempre han enviado centenares de representantes a las reuniones de las COP para hacer de «claca») era demasiado fuerte para mostrarlo ante la sensibilidad de la «opinión pública informada».

Un aspecto importante ha sido también la presencia continuada de un discurso informativo que «negaba», parcial o totalmente, la problemática del cambio climático. En esto, las oficinas de prensa de las grandes compañías energéticas, las consultoras de publicidad contratadas por ellas, las falsas ONG organizadas en varios países (pero especialmente en EE UU, principal emisor de GEl), las fundaciones de derechas de diversos Estados y la capacidad de presión del «lobby» energético sobre los medios de comunicación vía gastos en publicidad, se han mostrado particularmente activas y eficaces. En su documental, Una verdad incómoda, Al Gore muestra claramente el contraste entre la falta de apoyo que la negación del cambio climático suscita entre los científicos (ningún científico serio ha osado cuestionar el volumen de evidencias presentado por el lPCC), y la gran cantidad de artículos, noticias, documentales, etc., que circulan regularmente cuestionando su existencia.

Lo que vino después, y así hasta hoy 2001 fue también el año en que el IPCC publicó su tercer informe científico, en que los datos sobre el carácter irreversible del cambio climático se ponían de manifiesto de manera particularmente cruda: aunque los efectos serán generalizados en todo el mundo, el informe mostraba que las principales víctimas del proceso se darán entre las poblaciones de las zonas más pobres, y los ecosistemas y especies más evolucionados y frágiles; ya que son los que se hallan situados en las zonas de mayor impacto y, además, cuentan con menos medios para hacer frente a las emergencias (especialmente a la pérdida de recursos naturales como el agua potable).

Y, como paralelamente a la ausencia de medidas reales por parte de los gobiernos, se han manifestado algunas de las consecuencias más espectaculares en los últimos cuatro años (la rotura de la barrera Larsen y el desprendimiento de grandes masas de hielo en la Antártida, la fragmentación de los hielos árticos, la desaparición o reducción de los glaciares, la subida del nivel del Pacífico con los consiguientes planes de evacuación de algunas islas, la desaparición de las nieves del Kilimanjaro, la regresión de los anfibios, etc.); consecuencias que han sido denunciadas, en la mayoría de los casos, por organizaciones ecologistas o por instituciones científicas, el resultado ha sido que se ha ido rompiendo la barrera de silencio y el problema ha quedado servido para su conversión en espectáculo: una forma particular de respuesta con la que los países ricos y poderosos reaccionan ante problemas que no podrían afrontar de verdad sin poner en cuestión su sistema de vida.

Todo ello ha coincidido con la presentación, en febrero de 2007, del cuarto informe científico del IPCC, informe que confirma y profundiza las conclusiones del tercer informe y que, como no podía ser menos, ha estado rodeado de las maniobras de descalificación y manipulación de los grupos de presión vinculados a empresas y gobiernos que ya han hecho de ese tema su forma de vida.

Porque la realidad del cambio climático tiene, entre otras, esa virtud: nos pone ante la evidencia de que muchas de las cosas que en las sociedades opulentas en las que vivimos se consideran un «derecho» son, en realidad, un privilegio. Las resistencias de los que se benefician del actual modelo energético auguran que los festivales para «Salvar la Tierra» tienen asegurado un futuro prometedor, y que las personas y organizaciones que seguimos trabajando, con la mirada puesta en el Sur, para mitigar los impactos, no podremos tomarnos vacaciones.

Miguel Muñiz es miembro de la Coordinadora TANQUEM LES NUCLEARS

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La privatización de la Naturaleza. Cerco a la vida

La privatización de la Naturaleza. Cerco a la vida

Colectivo ETCÉTERA

El proceso totalitario de la expansión capitalista, que lo convierte todo en mercancía, ha llegado, en su actual etapa de globalización, hasta el mismo corazón de la vida, por medio de las técnicas de modificación y manipulación genética, de los registros de las patentes de semillas y de cualquier otra sustancia o componente de la naturaleza de la que formamos parte. Esto sólo puede conducir o bien al total sometimiento de nuestra vida al poder de los estados y de las grandes corporaciones privadas, o bien a la extinción de la propia vida. Únicamente, rebelándonos, luchando a partir de nuestra libertad y autonomía, podremos conseguir detener la actual locura capitalista.

En el último número de la revista Etcétera (nº 38) hablamos y escribimos del expolio y destrucción de la Naturaleza por la Técnica, sobre el cerco a la vida que lleva a cabo el sistema capitalista que como fuerza totalitaria pretende abarcarlo todo, convirtiendo cualquier cosa en mercancía y en propiedad privada, y que busca y ofrece una cultura dominada por dos agentes disciplinarios: la economía de mercado y el aparato estatal burocrático; dictaminando que fuera de ellos se halle sólo la nada o lo que no debe existir y debe ser combatido. Esta sociedad cercada, universo total de mercancías, ha logrado que los seres humanos nos volvamos cada vez más extraños los unos para los otros y que sea el mercado la principal fuente de comunicación social.

A través de la Técnica se ejerce un control sobre amplias áreas de la vida. Esta forma de dominación particular sobre la Naturaleza llega al extremo de suplantarla, su poder de transformación se eleva por encima de ella como un nuevo dios que recrea el universo viviente.

La separación de la Naturaleza discurre paralela a la separación —jerarquización— entre los hombres, de la misma manera que la dominación de la Naturaleza corre pareja a la dominación de la mayoría de los seres humanos por algunos hombres. Horkheimer lo señaló acertadamente: «La historia de los esfuerzos del hombre por someter a la Naturaleza es también la historia del sometimiento del hombre por el hombre».

En el siglo XIX y principios del XX el colonialismo de los estados europeos, apoyándose en la guerra y la muerte, sirvió a los capitalistas para llenar más su bolsa (acumular) y acrecentar su poder sobre la mayor parte del mundo. Después de la Segunda Guerra Mundial, ni los gobiernos surgidos de los conflictos de independencia colonial, ni los estados creados e impuestos durante dicho proceso cuestionaron ni el modelo social ni el tipo de economía a establecer, sino que, al hilo de los sórdidos intereses que se tejían en torno a la «guerra fría», sólo prestaron atención a la gratificación o «mordida» que podían obtener.

Unos aceptaron las órdenes y créditos del FMI y del BM, burocracias adelantadas de los estados del «mercado libre», y otros las aceptaron de los burócratas del capitalismo de estado soviético; pero en ambos casos la mayor parte del dinero terminó en los bolsillos de burócratas y jerarcas locales, que como agradecimiento entregaron sus países a las grandes empresas multinacionales que iban a continuar el expolio empezado bajo el colonialismo. Las corporaciones mineras, petroleras, químicas, constructoras, turísticas, alimentarias, agrícolas, etc., han tenido a su disposición tierras y vidas, y a cambio han llevado a su paso la muerte, la guerra, el hambre y pestes varias (sida, por ejemplo). Un estado basado en el terror y la guerra ha cercado a los países de Asia, a toda África, América, a los países surgidos de la extinta URSS y al centro de Europa. Y sus secuelas, gracias a la excusa del terrorismo por ellos inducido mediante cualquiera de sus múltiples servicios secretos,[i] se han acrecentado en EE UU y en la Europa comunitaria, su objetivo es, sin duda, cercar el mundo entero.

El cerco a la vida por parte del actual sistema de civilización capitalista está llegando a unos límites que ponen en cuestión su propia pervivencia, hallándonos hoy confrontados con la pregunta, no de cómo viviremos sino de si viviremos. El proceso de mundialización del capital que lo convierte todo en mercancía ha llegado hasta la vida misma a través de la agroindustria, la industria química y nuclear, las técnicas de la modificación genética, etc. El desarrollo técnico que conocemos, enraizado en el actual sistema capitalista, transforma todas las ramas de la vida: la comunicación, la salud, la alimentación... y modifica todo el medio que la circunda: el clima, el aire, el agua, en un proceso de apropiación, rentabilización y devastación (polución química, radioactividad, deforestación, desertización...), llevando la vida a los límites de su extinción.

A la Naturaleza la sabemos más sometida, más explotada, las diversas especies que en ella vivimos y las diversas maneras de reproducirnos, han sido atacadas y alteradas. Todos los seres vivos que poblamos el planeta pasamos a ser contemplados como objetos útiles para este gran experimento capitalista[ii] que se propone conseguir, con la máxima rapidez, la transformación de todo organismo vivo y no tener que confiar en el «lento» proceso evolutivo de la Naturaleza. Este deseado cambio no evolutivo, basado en la biotecnología y la manipulación genética, es lo que nos lleva a que desde las semillas y las plantas, hasta los animales y los protozoos, estén siendo «diseñados» y patentados.

Como indicó Ivan Illich: «El cercamiento y el sometimiento del mundo está tanto en el interés de los profesionales y burócratas del estado como en el interés de los capitalistas». La vida humana está siendo cada vez más cercada y el individuo mismo, cada vez más en peligro y peligroso, esta más atomizado en esta masificada y gregaria sociedad. Ahora se ha puesto más en evidencia, cuando además de cercar la vida también se la registra en la Oficina de Patentes con el fin de obtener grandes beneficios de estas vidas patentadas.

La vida patentada

Hace apenas 50 años, millones de campesinos dispersos por todo el planeta controlaban sus propias reservas de semillas y las intercambiaban con sus vecinos. Actualmente, debido a una estrategia puesta en marcha por grandes empresas multinacionales, con ayuda de las burocracias estatales y económicas, para hacerse con el poder y el control de las semillas, la mayor parte de estas reservas semilleras han sido manipuladas, hibridizadas, convirtiéndolas en «semillas muertas» que al ser patentadas han pasado a ser propiedad de una decena de esas multinacionales que no sólo controlan el mercado de semillas, sino la comercialización del producto (grano), así como la venta de pesticidas, abonos químicos y demás insumos necesarios para la agroindustria. Los agricultores que aún se mantienen en sus tierras, pues una gran parte de éstas han sido adquiridas por empresas agrícolas ligadas a las grandes transnacionales, se ven cada vez más obligados a producir determinados productos y según los métodos de un tipo de agricultura y ganadería industrial totalmente dependiente de los intereses de esas grandes empresas.

El poder y el dominio de los grandes capitales transnacionales han propiciado la formación de una gran industria, al unirse en grandes corporaciones ramas de la producción antes separadas. Las empresas productoras de fármacos, de química, agrotóxicos, de alimentación, del comercio de semillas y granos, genéticas (biotecnología), etc., se han fusionado formando enormes conglomerados: Du Pont con Agribiotech y Don Chemical; Monsanto compró Cargill, Pharmacia, Upjohn, esto en EE UU. La suiza Novartis se hizo con Ciba Geigy, Sandoz y Sygenta. La francesa Aventis se apoderó de Rhone-Paulenc y Hoechst. A éstas hay que añadir el grupo francés Limagrain; el británico Astra Zeneca y las alemanas Bayer y Basf. Tan sólo Cargill, el gigante del grano ahora en poder de Monsanto controla el 60% del comercio mundial de cereales y sus transacciones igualaron el Producto Nacional Bruto de un estado como Pakistán.

Existe una verdadera maraña de organizaciones con siglas de nombres rimbombantes, nacidas por motivos contrarios a los que anuncian y llenas de altivos y agresivos ejecutivos que elaboran al mismo tiempo que ocultan sus propósitos: Club de Roma, G-8, OMS, FMI, BM y su Instituto de desarrollo económico, la OMC o el actual GATT (Acuerdo General de Aranceles y Comercio). Es ahí donde se desarrollan las estrategias de penetración de las grandes corporaciones, donde se compran o hunden estados, donde se aprueban y ejecutan los programas de ajuste estructural o programas de liberalización del comercio.

Los estados hegemónicos (llamados del Norte), EE UU, Canadá, la UEÖ, practican la política agrícola del dumping, subvencionando a la agroindustria en sus propios países para poder mantener artificialmente bajos los precios agrícolas internacionales, hundiendo la competencia de los países agrícolas más pobres y poder así importar los productos sobrantes a bajo precio. Mientras, a través del FMI, del BM y de la OMC presionan a los estados de los países dependientes para que eliminen ayudas y subsidios a sus agricultores y para que éstos planten sólo determinados productos (monocultivos). De esta manera, los excedentes que quedan sin vender han de ser exportados y comprados por las multinacionales a precios muy reducidos. Es así como la «globalización» está causando grandes daños en el llamado «Tercer Mundo», volviendo más pobres a los pobres, para enriquecer más a los más ricos.

En los años 1960 y 1970, la técnica de la propaganda repetía machaconamente que la (primera) «revolución verde» iba a terminar definitivamente con el hambre en el mundo mediante la introducción masiva de la química, las «semillas muertas» en la agricultura y la conversión de ésta y la ganadería en un tipo de producción industrializada. Actualmente, comprobamos que la mitad de los habitantes del planeta viven en la escasez (alimentaria) y que la situación alimentaria mundial nunca había sido tan precaria. El hambre se ha supeditado a la extracción del valor de cambio y a la obtención por parte de estas gigantescas corporaciones del máximo beneficio posible, tratando de ocultar su desmesurada avaricia tras una campaña de propaganda neomaltusiana que nos «informa» del exceso de población y de la escasez de alimentos, cuando se sabe que la producción agrícola mundial ha aumentado un 95% en los últimos 30 años y que se produce el doble de las necesidades alimentarias de la humanidad, o que se tiran toneladas de productos en buen estado al mar para provocar su carestía y el aumento de su precio.

Sin embargo, la falaz desaparición del hambre sigue siendo el objeto preferido de la propaganda y la apología del desarrollo sin límites de las fuerzas productivas agroindustriales, pretendiendo ocultar la voracidad ilimitada del sistema técnico capitalista. Ahora de nuevo nos «informan» que la «segunda revolución verde» se va a ocupar de este problema, pero para ello se les ha de permitir adueñarse, controlar y explotar la vida a través de la técnica de la ingeniería genética aplicada a la Naturaleza (patentes de la vida) y a través de la técnica de la economía política aplicada a los humanos vía FMI, BM, OMC, etc.

Se ha de contemplar desde esta perspectiva el creciente interés, por parte de los estados más poderosos y de las grandes corporaciones, de patentar el acervo génico del planeta. Para ello se ha impuesto el Acuerdo de Protección de la Propiedad Intelectual relacionado con el Comercio (conocido como Acuerdo TRIPS). Este acuerdo fue moldeado y redactado por un llamado Comité de la Propiedad Intelectual del que formaban parte representantes de las grandes compañías como Monsanto, Du-Pont, Merck, Pfizer, etc., y se presentó en la ronda Uruguay del Acuerdo General sobre Aranceles Aduaneros y Comercio (GATT). El robo patentado de plantas medicinales, semillas, animales, insectos o árboles usados por los pueblos del mundo durante siglos es tan palpable como evidente: se patentan las semillas de arroz, el frijol, el maíz, la soja y otros cereales, pero también el tejo, la quinoa, la ayahuasca, la sangre de drago, o el cordón umbilical de los recién nacidos, o los venenos y salivas de reptiles, etc. Interesa saber, como ejemplo, que el Laboratorio Nacional de Almacenamiento de semillas de EE UU, en Fort Collins (Colorado) contiene más de 400.000 semillas de todo el mundo.

Se están almacenando enormes cantidades de datos genéticos de cualquier organismo vivo en los llamados Bancos de Datos Genéticos, propiedad de unos pocos estados y unas pocas empresas, con los que esperan obtener grandes beneficios y mucho más poder en este siglo biotecnológico. El Proyecto Genoma Humano, financiado con dinero público para pasar una vez conseguido en poder de empresas privadas, ha permitido obtener el mapa genético de los seres humanos (al que por cierto, los «científicos» cada vez encuentran más similitudes con el mapa genético de la mosca del vinagre).

Mientras, el ADN Recombinante que permite la posibilidad de aislar para después combinar fragmentos de material genético de organismos no emparentados para crear un nuevo organismo, se ha convertido en la herramienta más eficaz para la transgénesis o algenia que se espera sea la «ciencia» que permita cambiar la esencia de las cosas, la creación de seres vivos en el laboratorio mediante la combinación de genes de especies diferentes. Esto ha permitido crear plantas luminosas, insertando genes de las luciérnagas a plantas de tabaco y maíz; o insertar genes de pollo en patatas; o que Monsanto patentase una planta de mostaza que produce plástico; o la creación de un animal cruce de cabra y oveja; o del ratón del super-sida; o el pollo que fabrican para la Macdonalds engendro sin plumas, sin huesos, etc.

La confluencia de diversos factores en las posibilidades de la manipulación genética, en los avances de la biotecnología, junto a las decisiones burocráticas de las patentes sobre la vida, y la mundialización del comercio y los negocios que permiten una industria mundial de las ciencias de la vida, además del uso de herramientas como los ordenadores y las técnicas infomacionales y de propaganda, permite que se de otra vuelta de tuerca a la cultura de la dominación y de la sumisión.

Nuevamente aparecen ideólogos que reclaman la puesta en marcha de una política de la eugenesia —como la que practicaron los nazis, y no sólo ellos, también en EE UU se reclamaba la eugenesia e incluso uno de sus presidentes T. Roosevelt hizo pública apología de ella—, sus voceros proclaman a gritos un futuro en el que habrá dos clases claramente diferenciadas: los «muy ricos genéticamente» —un 10% de la población mundial, que tendrán el poder— y los naturales a los que tocará «obedecer sin rechistar». Otros técnicos biólogos más pragmáticos hablan de seres con «buenos genes» y otros con «malos genes» y es evidente que tratan de fabricar un ser repleto de «buenos genes»: sumiso, trabajador, disciplinado.

El asalto a la razón ha proseguido hasta llegar a la vida misma. Vida y razón son despreciadas cuando ya no sirven a sus amos. Al capital sólo le importa su propia vida: su desarrollo, la acumulación; nuestra vida sólo le interesa como fuerza de trabajo y como capacidad de consumo, es decir, su posible transformación en dinero. A eso quiere reducirnos.

El mundo, una fábrica, un campo de concentración bajo la amenaza del terror y la guerra; la sociedad, una máquina disciplinada; este es el «mundo feliz» que intentan diseñar. Y, sin embargo, ¿podrá la vida desbordar tal encauzamiento? La rebeldía, el ejercicio de la propia libertad y autonomía, se hace presente en muchos rincones de la Tierra. Muchos son aún los actos de resistencia que se realizan en este mundo que pretende ser cercado. Van desde la quema de parcelas de OMGs, hasta acciones de los campesinos en Brasil, Filipinas, la India o Tailandia. O las huelgas generales de la población en Bolivia, en este mismo país, en Cochabamba, la lucha victoriosa contra la privatización del agua por una multinacional. Las luchas de los conocidos como pueblos indígenas, los mayas en Guatemala y México, los quechuas, o los mapuches de Chile contra los planes explotadores de Endesa y de Repsol, las luchas en Nigeria contra las petroleras Shell y Total, etc.

Bibliografía

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John Zerzan. Futuro primitivo, Etcétera, 2001.

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Ken Knaab. Misère du primitivisme. Bureau of public secrets. www.bopsecrets.org

Jacques Cauvin. Naissance des divinités. Naissance de l’agrriculture, CNRS, París.

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Jacques Ellul. La edad de la técnica, Límites-Octaedro, 2003.

Bernad Charbonneau. Le systeme et le caos, Económica, 2000.

Lewis Mumford. El mito de la máquina, Emecé, 1965. Con-otros, 2003.

Günther Anders. L’obossolescence de l’home, Enciclopedie de nuissances.

M. Horkheimer y T.W. Adorno. Dialéctica de la ilustración, Trotta, 2003.

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Joel Kovel, John Clark. Nature, Sociétés Humaines. Langages, Atelier de creation libertaire, 1999.

T.C. McLuhan. Tocar la tierra, Límites-Octaedro, 2002.

 

Publicado en Polémica, n.º 83



[i] Es público que Al Queda, al que se le responsabiliza de los atentados en Nueva York y sus jefes fueron entrenados y armados por la CIA cuando la guerra de Afganistán contra la antigua URSS y financiados por Arabia Saudita, cuyo estado es el máximo aliado de EE UU en la zona; asimismo, los talibanes fueron financiados y armados por el estado de Pakistán, también firme aliado estadounidense. A nivel más local, los explosivos y detonadores utilizados en los atentados contra los trenes de Atocha fueron fabricados por una empresa de explosivos del estado español, cuya producción y distribución de una mercancía tan peligrosa, dicen ellos mismos, está altamente controlada por la guardia civil; pero, además, el principal acusado de vender los explosivos a los terroristas es un confidente de la policía.

[ii] Como escribió Günter Anders en su libro La obsolescencia del hombre, actualmente «el laboratorio tiene la misma extensión que el globo».

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