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Polémica

La molesta realidad del cambio climático

La molesta realidad del cambio climático

El cambio climático terrestre, tan de actualidad en estos momentos en nuestra sociedad «de la información» en su vertiente más apocalíptica, es un problema que se arrastra hace décadas pero que se ha silenciado de forma sistemática merced a una serie de razones, la menor de las cuales no es el interés de los países ricos –y por tanto de nosotros mismos– en mantener su estatus energético.

Miguel MUÑIZ

Comenzaré por una anécdota personal. Corría el año 1989, y el que subscribe y un grupo de compañeros preocupados por el medio ambiente, participábamos en un encuentro de fuerzas de izquierda donde se debatían las problemáticas sociales a las que era necesario dar respuesta (aunque solo fuese escrita), referentes a los sindicatos, el movimiento asociativo, feminista, ecologista, etc. Nuestro entusiasmo, aún casi juvenil, hizo que la comisión en la que debatíamos aprobase un redactado sobre ecología en el que, entre otras cosas, se llamaba la atención sobre la problemática de los cambios inmediatos en la temperatura de la Tierra por la emisión a la atmósfera de gases contaminantes. Dicho redactado fue llevado a la mesa donde se leían las conclusiones de cada comisión, y la compañera que sometía las conclusiones a la aprobación de la asamblea leyó el texto. Aún recuerdo su expresión de asombro, su titubeo final y su comentario despectivo al conjunto de la asamblea a micrófono abierto: «Pero, ¡esto es milenarismo...!», fue lo que dijo.

Tal reacción no nos cogía por sorpresa. Cuando organizábamos conferencias para informar sobre los peligros de la energía nuclear (en 1989 aún quedaban restos de lo que fue el potente movimiento antinuclear de Cataluña de mediados de los ochenta, y que pronto se reactivaría a raíz del accidente en la central nuclear de Vandellós 1) y aparecía alguna referencia al incipiente trabajo de investigación sobre los impactos en el clima, las caras de los asistentes cambiaban perceptiblemente. Denunciar los peligros de las nucleares era algo creíble,.en una época en la que aún se recordaba la catástrofe de Chernóbil de 1986; pero aludir al peligro del cambio climático era ... milenarismo de ecologistas alucinados y alucinantes.

Cuando redacto este texto, el 7 de julio del 2007, las portadas en Internet de los principales diarios recogen la noticia del concierto «Live Earth». «Más de 150 artistas actuarán en nueve ciudades del mundo durante 24 horas en el evento impulsado por el Al Gore para luchar contra el cambio climático», dice el de El País. Diariamente, titulares en los que se pone de manifiesto uno u otro aspecto del irreversible proceso que estamos viviendo ocupan un lugar destacado en periódicos, revistas (incluso en la llamada «prensa del corazón») y noticiarios de televisión. Para dar algunos elementos que permitan entender el motivo de este cambio, tan espectacular como aparente, es por lo que he escrito este texto.

Breve repaso a la historia inmediata

A pesar del menosprecio de la compañera que moderaba aquella asamblea, para cualquiera que siguiera la evolución de la crisis ecológica durante los años 80 la problemática del cambio climático no era nada nuevo. Los primeros pronósticos sobre un posible cambio acelerado del clima de la Tierra surgieron de los modelos informáticos de predicción aplicados en el informe «La humanidad en la encrucijada», el Segundo Informe al Club de Roma, publicado en 1974 por los profesores Mihajlo Mesarovic y Eduard Pestel. A 33 años vista resulta impresionante releer ese informe y comprobar que no ha perdido actualidad; comprobar, por ejemplo, que algunas cosas que hoy se reivindican como novedades (como es el caso del «decrecimiento») ya aparecían enunciadas y analizadas con rigor.

De hecho, los datos venían mostrando evidencias preocupantes desde bastante antes. El observatorio de Mauna Loa, en la isla de Hawai, por ejemplo, había ido detectando un incremento continuado de las concentraciones de dióxido de carbono (uno de los gases responsables del efecto invernadero) desde 1958. Así que, cuando la Organización Meteorológica Mundial y el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) crearon el Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático (IPCC en sus siglas en inglés) en 1988, ya se partía de una base de investigación amplia. El IPCC constituye un grupo de unos 3.000 científicos (meteorólogos en su mayoría) que coordinan el estudio del cambio climático. A partir de 1988, será el IPCC quien recogerá datos de manera sistemática y preparará su primer informe, Preliminary Guidelines for Assessing Impacts of Clima te Change («Pautas preliminares para determinar los impactos del cambio del clima»), para la cumbre del PNUMA de Río de Janeiro de 1992, la que se llamará, en términos bastante melodramáticos y un tanto ridículos, la «Cumbre de la Tierra».

Aunque una visión global del problema no había llegado todavía a lo que se denomina la mayoría de la «opinión pública informada» (de hecho, tardaría aún  unos 14 años en llegar), los que sabían de su existencia y evaluaban su gravedad ya estaban tomando posiciones. La única solución consistía en reducir la emisión de los gases que intensificaban el efecto invernadero; lo que planteaba dos cuestiones importantes: cuanto había que reducir y como había que reducir. Aunque citar cifras puede resultar un tanto pesado, hay que revisar esos datos, porque es ahí donde se encuentra la clave que permite entender el paso, aparentemente espectacular, de una postura de inhibición a un protagonismo absoluto.

La eterna discusión entre datos, interpretaciones y el principio de precaución

La primera cuestión era saber cuanto se debía reducir. Resulta interesante repasar las propuestas que se plantearon de cara a la Cumbre de Río. En el informe de Greenpeace El calentamiento del planeta, publicado en 1992 y dirigido por Jeremy Legget, se muestra que el IPCC creía necesaria una reducción en torno al 60% de las emisiones de dióxido de carbono (C02) para estabilizar las concentraciones en los niveles detectados a inicios de los años 90; pero, y atención a este punto, la EPA (la agencia de medio ambiente de EE UU) apuntaba que era necesaria una reducción que iba del 50 al 80% de las emisiones para obtener el mismo objetivo. Todas estas propuestas, que surgían de la aplicación del llamado principio de precaución, implicaban contradicciones (por ejemplo, entre la EPA Y el gobierno de EE UU) y tendrán su importancia a medida de que el debate vaya subiendo de tono.

La segunda cuestión (¿cómo reducir?) era aún más conflictiva. La práctica totalidad de las actividades de las sociedades denominadas «industrializadas» (sería más propio llamarlas sociedades del Norte geopolítico, sociedades del despilfarro o sociedades de los países ricos) se basan en el consumo de ingentes cantidades de petróleo. Nuestra alimentación, nuestro ocio, nuestros vestidos, nuestros productos, y no digamos ya nuestra movilidad, significan la emisión de toneladas de gases con efecto invernadero por habitante y año. La necesaria reducción de un 50, 60 u 80 por ciento de las emisiones de CO2 , propuesta desde el IPCC o la EPA, significaba, ni más ni menos, ahorrar enormes cantidades de energía, cambiar a las fuentes de energía renovables y alterar unas pautas de consumo arraigadas por la propaganda; lo que venía a ser, en pocas palabras, como cambiar la sociedad.

Puestas así las cosas, la Cumbre de Río sería una primera muestra de lo que nos depararía el futuro. Comenzaron a aparecer coaliciones de intereses entre países ricos, países exportadores de petróleo y empresas petroleras que, lideradas habitualmente por EE UU, se dedicarán a la promoción de actividades como la negación o el cuestionamiento de los resultados de la investigación sobre el cambio climático, la creación de confusión sobre la naturaleza del problema, el silenciamiento de la mayoría de las implicaciones, y un largo etcétera que llega hasta proponer medidas que reduzcan el «precio a pagar» (¿?) por las sociedades industrializadas (lo que más adelante se conocerá como «mecanismos de flexibilidad»). Mientras tanto, y para hacer creer al sector interesado de la población que ya se hacían cosas, el documento resultante: la Convención Marco sobre el Cambio Climático, fue firmado por 154 países, acabando su proceso de ratificación en 1994.

Es importante tener en cuenta el ritmo con el que se desarrollarán los acontecimientos a partir de este momento: en general, la urgencia da paso, una vez aceptada la existencia del problema, a un ritmo pausado de intervención. Hasta 1995 no se acaban los preparativos de la organización financiera, técnica etc., de la Convención, con la creación de una serie de encuentros anuales, las Conferencias de las Partes (COP), que serán el órgano de máxima autoridad en todo lo relacionado con la Convención Marco sobre el Cambio Climático. Hasta el año 1996 no se presenta en Ginebra (COP2) el segundo informe del IPCC, que certificaba que las actividades humanas estaban afectando al clima de manera acelerada, introduciendo así el concepto de «cambio climático de origen antropogénico», para diferenciarlo del «cambio climático por evolución natural», que dura miles de años.

El ritmo ralentizado era una de las consecuencias de las resistencias que empezaban a manifestarse. Los 150 países asistentes a la COP2 no habían llegado a un acuerdo sobre cuales debían ser las medidas para reducir las emisiones, así que traspasaron todo el problema a la reunión de la COP3, que debía celebrarse en Kyoto en 1997. De allí saldrá el conocido Protocolo de Kyoto, del que tanto hemos oído hablar.

El Protocolo de Kyoto, su historia e implicaciones

La COP3 debía acordar el porcentaje de las emisiones de CO2 que habían de reducir las zonas emisoras del mundo (para entendernos, «cuantificar» la reducción de consumo de los países ricos). Para calibrar el valor de sus resultados finales, es necesario recordar que el conjunto de organizaciones sociales y ecologistas que asistieron agrupadas en la CAN (Climate Action Network), y que fueron apoyadas por la Alianza de los Pequeños Estados Insulares (AOSIS), entidad que  representaba a los países más afectados por el cambio climático, pedían una reducción del 20% de las emisiones de gases con efecto invernadero (GEl, es decir, el CO2 y el grupo de gases industriales más importantes) para el año 2005, en relación a los niveles de 1990. Se trataba de una petición realista (recordemos los 50-60-80% de la EPA y el IPCC) que intentaba una transición energética sin grandes conflictos, pero con cambios en profundidad en el consumo de energía de los países ricos.

Pues bien, el acuerdo final de Kyoto fue alcanzar una reducción media de un 5,2% mundial entre el 2008 y el 2012, en relación a los valores de 1990, para los 38 países más industrializados del mundo. A la Unión Europea, le correspondería una reducción de un 8%; a EE UU, un 7%, y al Japón, un 6%. Se había decidido el «cuanto»; para acordar el «como» deberían pasar 4 años más, y 4 reuniones de la COP sin ningún resultado. Porque ahora la confrontación se trasladaba a la decisión de si la reducción simbólica pactada en Kyoto se hacía aplicando todos los «mecanismos de flexibilidad» (compra-venta e intercambio de emisiones de GEl entre países, transferencias de tecnologías «menos contaminantes», contabilidad de los «sumideros» de cada país; es decir, de las zonas boscosas capaces de «fijar» CO2 en la vegetación, etc.) o si, por el contrario, se limitaban estos «mecanismos» para que cada Estado realizase cambios en su tecnología y en su industria.

Esta confrontación bloqueó la adopción de medidas concretas y provocó que las reuniones de la COP4, COP5 y COP6 acabasen en fracaso. Finalmente, la resistencia a abordar cambios en profundidad, y la presión combinada de las empresas y gobiernos más ligados a la economía del petróleo, forzaron un acuerdo «a la baja» (el sistema de toma de «decisiones» era, naturalmente, el consenso). En el curso de la COP7, celebrada en 2001 en Marrakech, se acordó que se aceptaban todos los «mecanismos de flexibilidad» para contabilizar reducciones de emisiones de CO2, lo que dejaba la simbólica «reducción» del 5,2%, reducida (valga la redundancia) a una nada absoluta.

Además, durante este intervalo se había producido la negativa del Gobierno de EE UU a ratificar el Protocolo. Desde la cumbre de Río, el gobierno de EE UU realizó el clásico enfoque patriótico del problema del cambio climático, presentando las propuestas de reducción de emisiones como un ataque a la libre empresa y al «bienestar», apostando directamente por eliminar el Protocolo. También se produjo una larga negociación con el gobierno ruso para conseguir la ratificación; la nulidad del Protocolo era un hecho si no era ratificado por un mínimo del 50% de los países firmantes, que contabilizasen, además, un mínimo del 50% de las emisiones de GEI.

Para entender toda esta situación hay que subrayar que las reuniones de las COP nunca se han desarrollado completamente de espaldas a la «opinión pública informada», pero sí se han rodeado de lo que se denominaría una «exquisita discreción informativa», que se fue haciendo más y más patente a medida que las reuniones acababan en fracaso. Por ejemplo, las reuniones posteriores a Kyoto no merecieron, en la mayoría de los medios de comunicación, un seguimiento diario, tan solo un resumen final, en el que no se mencionaba ni los puntos clave, ni el resultado obtenido. Se diría que la complejidad de los detalles técnicos agobiaba a los periodistas, y que el contraste entre la gravedad del problema a escala planetaria y el egoísmo de las representaciones en las reuniones de las COP (los «lobbys» energéticos siempre han enviado centenares de representantes a las reuniones de las COP para hacer de «claca») era demasiado fuerte para mostrarlo ante la sensibilidad de la «opinión pública informada».

Un aspecto importante ha sido también la presencia continuada de un discurso informativo que «negaba», parcial o totalmente, la problemática del cambio climático. En esto, las oficinas de prensa de las grandes compañías energéticas, las consultoras de publicidad contratadas por ellas, las falsas ONG organizadas en varios países (pero especialmente en EE UU, principal emisor de GEl), las fundaciones de derechas de diversos Estados y la capacidad de presión del «lobby» energético sobre los medios de comunicación vía gastos en publicidad, se han mostrado particularmente activas y eficaces. En su documental, Una verdad incómoda, Al Gore muestra claramente el contraste entre la falta de apoyo que la negación del cambio climático suscita entre los científicos (ningún científico serio ha osado cuestionar el volumen de evidencias presentado por el lPCC), y la gran cantidad de artículos, noticias, documentales, etc., que circulan regularmente cuestionando su existencia.

Lo que vino después, y así hasta hoy 2001 fue también el año en que el IPCC publicó su tercer informe científico, en que los datos sobre el carácter irreversible del cambio climático se ponían de manifiesto de manera particularmente cruda: aunque los efectos serán generalizados en todo el mundo, el informe mostraba que las principales víctimas del proceso se darán entre las poblaciones de las zonas más pobres, y los ecosistemas y especies más evolucionados y frágiles; ya que son los que se hallan situados en las zonas de mayor impacto y, además, cuentan con menos medios para hacer frente a las emergencias (especialmente a la pérdida de recursos naturales como el agua potable).

Y, como paralelamente a la ausencia de medidas reales por parte de los gobiernos, se han manifestado algunas de las consecuencias más espectaculares en los últimos cuatro años (la rotura de la barrera Larsen y el desprendimiento de grandes masas de hielo en la Antártida, la fragmentación de los hielos árticos, la desaparición o reducción de los glaciares, la subida del nivel del Pacífico con los consiguientes planes de evacuación de algunas islas, la desaparición de las nieves del Kilimanjaro, la regresión de los anfibios, etc.); consecuencias que han sido denunciadas, en la mayoría de los casos, por organizaciones ecologistas o por instituciones científicas, el resultado ha sido que se ha ido rompiendo la barrera de silencio y el problema ha quedado servido para su conversión en espectáculo: una forma particular de respuesta con la que los países ricos y poderosos reaccionan ante problemas que no podrían afrontar de verdad sin poner en cuestión su sistema de vida.

Todo ello ha coincidido con la presentación, en febrero de 2007, del cuarto informe científico del IPCC, informe que confirma y profundiza las conclusiones del tercer informe y que, como no podía ser menos, ha estado rodeado de las maniobras de descalificación y manipulación de los grupos de presión vinculados a empresas y gobiernos que ya han hecho de ese tema su forma de vida.

Porque la realidad del cambio climático tiene, entre otras, esa virtud: nos pone ante la evidencia de que muchas de las cosas que en las sociedades opulentas en las que vivimos se consideran un «derecho» son, en realidad, un privilegio. Las resistencias de los que se benefician del actual modelo energético auguran que los festivales para «Salvar la Tierra» tienen asegurado un futuro prometedor, y que las personas y organizaciones que seguimos trabajando, con la mirada puesta en el Sur, para mitigar los impactos, no podremos tomarnos vacaciones.

Miguel Muñiz es miembro de la Coordinadora TANQUEM LES NUCLEARS

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